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Créditos: Dante Liano
Tiempo de lectura: 4 minutos

Por Dante Liano

La funesta guerra que se combate en Ucrania ha agotado la palabra y la categoría de “Occidente”, hasta vaciarla de significado. Se usa el término sin especificar qué significa y qué área geográfica abraza. Muchas veces, cuando se habla de América Latina, los europeos suelen distinguir: “Nosotros, los occidentales y ustedes…” Ironía de la historia: los países europeos sometieron a los pueblos originarios de América y la justificación ideológica fue convertir esos pueblos a los usos y maneras occidentales. Las repulsivas dictaduras del siglo XX fueron ejercidas para salvar tales valores, sobre todo la religión y la moral. Ahora resulta que América Latina no pertenece a esa privilegiada área. O, como ha dicho alguno, son los parientes pobres, la cintura de villas miseria alrededor del rico mundo que se autoproclama “Occidente”.

La primera pregunta (quizá la única) es “¿Occidente de qué?”. ¿Dónde está el centro geográfico e ideal que determina la existencia de un norte, un sur, un oriente y un occidente? El escritor norteamericano John Berger nos auxilia para definir ese “centro del mundo”. Simple y pragmático, Berger enuncia que “el centro del mundo está situado en donde yo nací”. Si esto es válido para cualquiera, confirma la impresión que todos tenemos. Según la conocida frase de Luis Cardoza y Aragón, uno ama a su patria no porque sea bella, no porque tenga una profunda cultura, no porque tenga una historia interesante; ama a su patria porque nació allí. La desconcertante definición de “centro del mundo” justifica los patriotismos, siempre insensatos; la conmoción delante de himnos ramplones o ridículos; la emoción cuando juega un equipo nacional bueno o malo que sea; la adhesión a desteñidas banderas al viento.

Recuerdo a una paisana quien, delante de la vista panorámica de los famosos bosques de Viena, exclamó: “Igual a Chimaltenango”. Nos reímos de ella, con una cierta burla condescendiente. Con los años, le concedo razón. Reíamos porque la colonización interna había hablado en nosotros: ¡atreverse a comparar un paisaje europeo con el disminuido altiplano de Guatemala! Ahora que me acuerdo, los bosques de Chimaltenango son vastos y poblados, y, desde las alturas, el encendido verde de las cercanías se va matizando con diferentes tonalidades hasta volverse azul en las montañas lejanas, de suave y dulce perfil. La brisa chispeante y casi helada tonifica la experiencia del paisaje, y cada vez que siento un aire suave y excitante, regreso a mi infancia de altos pinos que rasgan el cielo, de nubes blancas que forman figuras esotéricas, del color azul profundo del firmamento de la montaña, de volcanes en el horizonte, siempre uno al menos, soberbio y amenazante.

Mi centro del mundo es una casa señorial de adobe y techo de tejas rojas, dispuesta en forma de número siete, alrededor de un ancho patio, en cuyo fondo murmura una pila con un eterno chorro de agua helada. En esa pila, todas las mañanas me baño y el agua está congelada por el sereno de la noche. Uso un huacal para recoger el agua y aguanto la respiración para la primera oleada de hielo. Un cataclismo mínimo me sacude el cuerpo, y, paradójicamente, una oleada de calor me invade. Me enjabono con vigor, para frenar el temblor friolento, y las siguientes huacaladas parecen de agua tibia.

Al lado de la pila, la cocina, un poyo de leña ardiente, en donde las cocineras, coloradas y sudorosas, se mueven alrededor de grandes bateas de barro, en donde salsas de tomate, de achiote, de verdes misteriosos vegetales, burbujean alrededor del maíz cocido, pronto para convertirse en alimento de mediodía, porque se come fuerte a mediodía y poco en la noche, por la altura vertiginosa de la montaña. En esa casa circulan el español y el kaqchikel indistintamente, porque la mayor parte de la población del pueblo proviene de los antiguos mayas. De vez en cuando un ratón aparece por el patio y hombres y mujeres se divierten en perseguirlo armados de escobas, armas que espantan a las gallinas y a los pollos que picotean el suelo de tierra.

Mi centro del mundo es el umbral de la puerta de esa casona llena de gente, donde me siento por la mañana para recibir el sol. “Tienes mejillas de manzana”, dice mi madre, pues el sol de montaña es agudo y picante, como el chiltepe con que se sazona el caldo con arroz de mediodía. Me siento en el umbral a esperar el noticiero de las doce: “Guatemala Flash, transmite en el país de las guapas mujeres y de la marimba”. “Guatemala, flor de pascua en la cintura de América”. Años después, entiendo que esas frases eran de Miguel Ángel Asturias y de Pablo Neruda. En esa época, en cambio, me divierto con ver pasar a las señoras y a los señores, quienes, ceremoniosos incluso ante un niño, me saludan con Kirika’, tat. Yo entiendo que me dan los buenos días. Les respondo, Kirika’, tat, si son hombres y Kirika’ nan, si son mujeres. Ellas me dan envidia, porque mastican inmensas bolas de copal que me hace agua la boca.

¿Cuál es mi occidente, desde el umbral de esa puerta donde, adentro, la sombra es fría y la penumbra siempre? Está hacia Iximché, la capital del reino cakchiquel, unos prados unánimes con las pirámides blancas del antiguo esplendor; luego, más adelante, el lago de Atitlán, asombro sin aliento; y después, Xelajú, la capital de los quichés; y, arriba, Huehuetenango, la ciudad de los huehuechos, abuelos socarrones con las pieles de cuero surcado; y al final, México, inmenso e inescrutable, en donde terminan los azules altos montes. El sur es la costa, palúdica y agobiante, con sus mares furiosos. El norte, una selva inextricable, donde despuntan las crestas de las pirámides de la era clásica, furia y esplendor. Y el oriente no está en Asia, el oriente son la gente blanca y zarca, de hablar recio y violencia inmediata, tataranietos de españoles, lengua grosera y modos destemplados. En el centro del mundo: los pinos como agujas góticas, las aguas claras de los nacimientos de agua, el viento de coyotes en la noche, la infancia como mito y caverna de confusos recuerdos.

Publicado originalmente en:

El ombligo del mundo

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