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Créditos: Miguel Ángel Sandoval
Tiempo de lectura: 8 minutos

Por Miguel Ángel Sandoval  

Uno de los hechos marcantes y fundantes del último periodo del 2023, con el levantamiento nacional de octubre, encabezado y dirigido por las autoridades indígenas de Guatemala, luego del intento por desconocer la victoria electoral de Arévalo, dio como resultado reflexiones sobre lo inesperado, sobre la sorpresa, o lo inédito. Y muchas expresiones más de ese sacudimiento telúrico que sentimos todos en este país.

Y no es para menos. Si hacemos un recorrido histórico como digo a vuelo de pájaro, de los eventos políticos más relevantes del país en el último siglo, vemos con la mayor claridad, que la hegemonía política o cultural, organizativa o por el efecto de un caudillo, siempre estuvo en otros sectores sociales, culturales, y no en los pueblos indígenas.

Rápidamente

La fundación de la república en 1821 la realizan básicamente los criollos herederos de fincas y haciendas y acaso algún intelectual proveniente de ese sector social. Otros sectores como obreros o campesinos brillan por su ausencia. El movimiento indígena apenas un año antes había realizado intento de romper con el imperio español, con el levantamiento de Atanasio Tzul, derrotado por las tropas leales a la corona y los que posteriormente se instalan como los nuevos próceres.

No está demás subrayar que, en la propia declaración de independencia, hay una frase muy reveladora sobre la urgencia de declararla pues de lo contrario, “otros podrían hacerlo” No quedan muchas dudas que el texto no escrito hace referencia a los indios que recientemente se habían levantado en Totonicapán. Y ello podría ser imitado o replicado por otros. Esos son los hechos.

Cincuenta años después es la reforma liberal. En esta ocasión la historia no nos deja mentir ni da lugar a dudas. El movimiento dirigido por una nueva casta de ladinos que no criollos, impulsa varios temas que durante muchos años fueron controversiales. La persecución y expropiación de las tierras de la iglesia, el empuje a la caficultura, la fundación del ejército y el servicio militar obligatorio, y especialmente, la expulsión de los indios de sus tierras (decreto 170) para convertirlos en mano de obra casi esclava con el decreto de jornaleros (Decreto 177) de las emergentes fincas cafetaleras. Una historia que durante muchos años fue vista como un momento de progreso por el cultivo del café y la introducción del ferrocarril, pero sin subrayar que se había realizado sobre las espaldas de los indígenas, que antes de ser partícipes de un hecho “progresista”, fueron sus principales víctimas.

En otras palabras, la reforma liberal fue el segundo despojo de tierras de los pueblos indígenas, siendo el primero la conquista y a continuación el realizado por la reforma liberal. Esa es la manera que se ha construido la historia: incluso la conquista ha intentado ser presentada como un hecho progresista, portador de la cultura, o del encuentro de dos mundos. Cuando el fondo fue siempre el despojo.

Solo un episodio de naturaleza diferente existe en este recorrido. Es el proyecto de secesión del occidente, dirigido y pensado por criollos, ejecutado por ladinos, contando con carne de cañón indígena. Es el intento de fundación del sexto estado. Es un tema qué con detalle nos proporciona Arturo Taracena en su obra: “Invención criolla, sueño ladino, pesadilla indígena”. Creo que solo el titulo nos dice con creces el sentido de un proceso que durante años se convirtió en una especie de señalamiento a los indígenas por haber tenido la osadía de querer partir el país, sin saber que era parte de un proyecto criollo y de ladinos advenedizos, antes que un proyecto indígena como ya se dijo.

Y en el periodo, o un poco antes, vemos una importante literatura científica sobre los levantamientos indígenas o motines de indios. Todo de forma local, por el hartazgo ante la explotación, las formas de esclavitud, el irrespeto de su cultura, sus costumbres o sus tradiciones. Son datos que merece la pena tener presentes y analizar en momentos como los de hoy.

Y en un proceso que sirve de marco para intentar muchas explicaciones sobre el rol de los obreros en el país, y de la lucha social contra la dictadura de Cabrera, resalta la ausencia de indígenas en ese proceso. Hay eso sí, la hegemonía de un sector de la burguesía guatemalteca, acaso aliada con sectores del clero, y un incipiente movimiento obrero. Pero la hegemonía es de la burguesía y es notable la ausencia de los pueblos indígenas. Si se puede encontrar un grupo de intelectuales denominado la generación del 20, pero que acompañan el proceso bajo la dirección burguesa. Sin ánimo de menospreciar. Como ironía de la historia, de manera reciente algún proyecto político se quiso colocar invocando el unionismo de la primera parte del siglo XX.

En el proceso de la revolución de octubre, si se observa una nueva composición de fuerzas o de sectores de clase, en la dirigencia que encabeza el movimiento revolucionario de entonces. Como decían algunas teorías de moda, se configura un nuevo bloque de poder. Son capas medias, estudiantes de forma clara, maestros, oficiales y soldados, obreros, trabajadores. Es una composición social diferente a la observada durante los procesos de 1920, o 1871, y por supuesto de 1821.

Puede ser producto de la modernización en todo sentido del país, o de otros factores como el ideario mundial luego del fin de la segunda guerra. Es un tema de profundización y acaso de debate, pero el hecho es que se trata de una composición de clase distinta. Pero también puede ser el hartazgo de los sectores sociales oprimidos por la dictadura gobernante en el país en esos años. Lo cierto del caso, es que, en el proceso revolucionario de 1944, los pueblos indígenas están al margen, quizás no excluidos, pero no llegan a tiempo para participar como actores. En ese momento, acaso por la influencia de la revolución mexicana y sobre todo par el desarrollo de una visión nueva sobre los pueblos indígenas y sobre la herencia cultural de los indígenas, en nuestro país aparecen menciones a hechos culturales que tienen relación o que buscan, una identificación con las raíces nacionales. Es el caso del grupo cultural Sakerti que aglutina a los intelectuales y artistas vinculados al proyecto octubrista.

En la revolución de octubre del año 1944, vimos que su composición social era diferente a los procesos anteriores, pero, como siempre en una sociedad como la guatemalteca, en los afanes iniciales de esa primavera, los indígenas fueron una ausencia notable. Quizás hubo localmente algunos agraristas, o luchadores sociales que habían destacado en sus regiones, pero no como parte fundamental de la dirección revolucionaria. Es un proyecto que inicia lejos de los pueblos indígenas. Con todas las ideas progresistas en la mano, pero con la ausencia, una vez más, de los pueblos indígenas de nuestro país.

No entro en más detalles, pero quizás el tema que incluye con mucha más fuerza a los pueblos indígenas es el de la reforma agraria. Aunque no se puede dejar de lado la educación que tiene un fortalecimiento indiscutible durante el gobierno de Arévalo. Son temas que deberíamos ver con un poco de calma y, sobre todo, con una visión histórica, que más allá de señalamientos pueda ayudar a entender las razones profundas, de esa idea de hacer o impulsar procesos revolucionarios o de cambio sin la presencia y participación de los pueblos indígenas, es decir, de la mayoría de la sociedad guatemalteca.

De manera más reciente, hubo la guerra de los 36 años. En este movimiento armado iniciado en los años 60 y que finaliza en 1996 con los Acuerdos de Paz, los símbolos de esa resistencia fueron casi desde el inicio, los militares rebeldes y los estudiantes igualmente rebeldes. En ese proceso inicial, sabemos de la invitación que recibe el comandante insurgente Luis Augusto Turcios Lima, por parte de un líder de Rabinal, Emilio Román López para visitar esa región y para la sorpresa del joven insurgente, fue recibido por decenas y decenas de locales. Era el inicio de ese momento fundante, de un nuevo periodo con la participación indígena en la guerra de los 36 años. Es el reencuentro nacional, que, en pequeño, casi con nivel microscópico, da uno de los primeros anuncios de la era que ahora vemos.

No podemos dejar de mencionar que en los años iniciales del proceso insurreccional da inicio una reflexión sobre la naturaleza de la sociedad de este país, sobre el rol de los pueblos indígenas, y muchas cosas más. Es indudable que, entre las nuevas generaciones de revolucionarios, abiertos a experiencias de otros países, había la sensibilidad para entender que no se podía por más tiempo, vivir sin los pueblos indígenas de nuestro país. Había nacido una nueva etapa.

Sabemos de la barbarie que en el desarrollo del proceso conoció nuestro país. En el desarrollo de esa gesta, hubo líderes indígenas que se sumaron a la insurrección, y de manera notable, hay en medios indígenas reflexiones nuevas, luego del paso de ese movimiento telúrico, al grado que, en los años más álgidos, las fuerzas guerrilleras eran principalmente indígenas que, con una decisión inquebrantable, apostaron por el cambio de una forma decidida.

No es casual que, en el conjunto de los Acuerdos de paz, el de mayor alcance y proyección, sea el de derechos de los pueblos indígenas, conocido como AIDPI. No se explicaría de otra manera sino es por la participación masiva de pueblos enteros. Hay en ello un tema que merecería ampliarse: en varios actores de esa gesta, hay los que dicen que el movimiento revolucionario inicial, no capto a los pueblos indígenas, sino que estos fueron quienes de una forma u otra los habían invitado, llamado, convocado, para sumarse. Es de nuevo la idea de que en medio de las comunidades indígenas había la sensación que se abría una oportunidad para liberarse del peso que por generaciones y generaciones se había soportado mediante todas las formas represivas, autoritarias, excluyentes. Es lo que explicaría la invitación al joven insurgente Luis Turcios. No siempre todo se puede explicar por casualidades, las causalidades si existen.

Es una visión que señala haber visto una oportunidad en el proceso de corte insurreccional que desataron núcleos urbanos esclarecidos. Hayan sido estudiantes, obreros y militares. El AIDPI se convierte gradualmente en la línea de salida, en l base de las acciones que posteriormente tendrán lugar entre los pueblos indígenas y en sus relaciones con el poder. Hay una base distinta para las demandas, las luchas y las acciones.

Es cierto que el inicio del movimiento insurreccional no hubo la participación masiva de los pueblos indígenas, pero a medida que hubo desarrollo del mismo, hubo cuadros, lideres que se fueron incorporando al proceso que despuntaba. Es el caso de grupos achíes, ixiles, quiches, de otras etnias. Hacia el final de la guerra, hubo campamentos que tenían inscripciones en Mam, Ixil, Achí, Quiché, Cakchiquel, chuj, y muchos idiomas más. Se había ganado el derecho a expresar en su propio idioma los criterios más elaborados de esa fuerza insurreccional.

Desde la firma de la paz, de muchas formas y con diferentes intensidades, los pueblos indígenas se fueron haciendo cada día más visibles, cada día con mucha mayor presencia en la vida nacional, pero como actores, como sectores organizados, como pueblos. Poco a poco, la cosmovisión maya hizo espacio en la sociedad, los idiomas de instalaron como una realidad del ´país. La espiritualidad indígena fue gradualmente ocupando más espacios. El racismo fue condenado como delito, se habla con claridad de los derechos indígenas. Son memorables las jornadas en la consulta popular de 1999 que aun si fue derrotada, tuvo en las regiones indígenas mejores resultados, incluso ganadores, o las jornadas por el reconocimiento del derecho indígena apenas en 2016-7, y tantas luchas encabezadas o seguidas de cerca por los pueblos indígenas.

En suma, asistimos a una nueva época. Por supuesto que todo con altibajos, con recaídas, con resistencias variadas. Con luchas renovadas como son alrededor de unas 90 consultas comunitarias de buena fe, que al amparo del convenio 169 de la OIT se desarrollaron alrededor de una defensa de los territorios a las amenazas reales y concretas, del modelo extractivo impulsado desde multinacionales. Como sabemos, fue la mayor defensa del territorio, los recursos naturales y medio ambiente impulsados, en su mayoría, desde los pueblos indígenas. Por la resistencia indígena es el concepto adquirido de defensa de los territorios. A ello se podría agregar todo lo relacionado con la oposición al modelo neoliberal, etc.

Ya sabemos que las resistencias a aceptar la presencia y demandas indígenas son muchas y poderosas.  Este es el preámbulo a lo que ocurre hoy.

El 2 de octubre fue el inicio de un levantamiento nacional dirigido, inspirado por los pueblos indígenas, por sus autoridades, por líderes reconocidos, que eran desconocidos en medios urbanos. Que, sin embargo, fueron capaces de motiva la resistencia o movilización de barrios urbanos, de los mercados, de estudiantes y otros sectores incluyendo los sindicales. No es casual que, en algún momento, se haya viralizado en redes la idea que los Betania podía ser conocida como el Cantón 49. Hoy sabemos que es algo que no se detiene. Además, que Guatemala cambio para siempre. Lo cual ya se dijo en varias ocasiones.

Si antes intentaron sumarse al proceso insurreccional y tratar de dejar su sello, hoy son la dirigencia que anima un proceso en defensa de la democracia. Es la oportunidad o la coyuntura que se esperaba. La victoria electoral de Bernardo Arévalo, y la necedad de desconocer los resultados por el pacto de corruptos, crearon las condiciones que faltaban para desencadenar el levantamiento nacional que ya sabemos de que se trata.

Ahora es la lucha de los pueblos indígenas por la democracia, muchas veces negada, y la posibilidad de un gobierno que responda al apoyo político de los pueblos indígenas, que, al defender la victoria electoral y la democracia, así como oponerse al golpe de estado y derrotarlo en las calles y movilizaciones de todo tipo y tamaño, son los actores indiscutidos del periodo poselectoral. Pero, además, deben ser una preocupación central del próximo gobierno. Si se actúa en dirección a resolver y sentar las bases de políticas de estado que atiendan las demandas de los pueblos indígenas, que ahora en este levantamiento no demandan nada para ellos, sino para el rescate de la democracia en el país, entonces se estará en el camino correcto.

 

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