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Créditos: Prensa Comunitaria.
Tiempo de lectura: 4 minutos

Por Dante Liano

“Antes de la pandemia, iba al gimnasio”, me dice. “Pero cuando nos encerraron a todos, decidí que me iba a comprar un tapis roulant y lo instalé en la oficina”. Recuerdo haber visto ese aparato, como un mueble viejo y herrumbroso, arrumbado en una esquina de su despacho. “Todos los días me venía caminando desde casa hasta aquí, unos 15 minutos de caminata, hacía mi ejercicio y regresaba a ducharme”. Sonríe satisfecha de su doméstica y peculiar hazaña. “Me veía entrar y salir el guardián de la entrada, don Pedro”. Alude a un amable señor que se pasa el día, y la vida, arrastrando la pesada puerta de hierro, a la izquierda y a la derecha, para cerrar o abrir el paso de los automóviles de esa cuadra. En este país, todo está bajo rejas, sobre todo las casas de la gente de clase media. Han vendido su libertad a cambio de seguridad. “Entonces, un día de esos, el señorcito me dice «Doctora, yo creo que no le conviene andar a pie por la calle». Lo miré con cara de signo de interrogación. «Es que, ¿sabe doctora? ¡Usted tiene cara de dólar!»”

Heinrich Hofmann (1824-1911), Jésus et le jeune homme riche, 1889, Riverside Church, New York

Cara de dólar. Es el rostro de los inmigrados, no solo cuando viven fuera del país, rompiéndose la espalda para ganar unos cuantos dólares, mano de obra barata y clandestina al servicio del primer explotador, sino también, y sobre todo, cuando regresan. Quizá uno de los pesos que los inmigrados arrastran y que ninguna estadística registra, es esa fantasía de bienestar y abundancia que, como una aureola, rodea a los que han dejado su país para instalarse en otro, más industrializado, más rico. No solo la nostalgia del idioma, del aire, de la comida, de la música, sino aquella de ser como los demás, sin coronas ni mitos. La nostalgia invade aquellos versos de Vallejo: “¿Dónde estará la andina y dulce Rita/ de junco y capulí…” La inmigración es saudade, cambio de cuerpo y de alma, travesía de las fronteras de sí mismo para ya no ser más la conocida imagen en el espejo.

Cara de dólar. Algunos amigos, antes de regresar por primera vez a su país, se compran un Mercedes de segunda, tercera o cuarta mano, y se van por las autopistas del sur, cada vez más abajo, atravesando ciudades que nunca van a conocer porque el turismo es lujo de otros, y suben al ferry, atraviesan el estrecho y desembarcan para otro largo camino hacia su aldea de origen, a donde llegan con el vehículo sobrecargado de chucherías del primer mundo, regalillos de baratijas que se suponen costosas, para los hermanos, los tíos, los hijos de los hijos de los sobrinos, hasta el último pariente, con el fin de certificar que su sacrificio no ha sido en vano, que han triunfado en el extranjero, y eso cambia su imagen delante de la parentela ávida: tienen cara de dólar.

Cara de dólar. La primera pregunta de los niños, famosos por su falta de recato, no es “¿cómo estás?”, sino “¿qué me trajiste?”. Dicen en voz alta lo que los adultos piensan. No saben, los adultos, que el pudor del emigrado no le deja contar las humillaciones, las penas, los maltratos, las discriminaciones, los sufrimientos que conlleva atravesar una frontera sin otro fardel que las propias manos trabajadoras. Ellos imaginan riquezas, beneficios, bienestares y abundancias que el emigrado refrenda con ese regreso pomposo y algo kitsch. Deberían leer las “Letanías del desterrado”, de Miguel Ángel Asturias: “Estar de paso, siempre de paso/ No tener casa, sino equipaje”…

Y mejor aún, los sencillos y verdaderos versos dedicados a doña María Rosales:

Madre, te bendigo porque supiste hacer

de tu hijo un hombre real y enteramente humano.

Él triunfará en la vida. Se marcha y es el caso

de hablar de su regreso. Cuando veas volver,

en un día de fiesta, un viador que en la mano

luzca preciosas joyas y haga notorios paso

y ademán —¿insolencia, dinero o buena suerte?—;

no salgas a su encuentro, puede no ser tu hijo.

Madre, si mirando el camino se acongoja tu alma

y tras la tapia asoma entonces un caminante

que trae gran renombre, espada poderosa,

ceñidas armaduras, en la frente la palma

de la victoria, y gesto de sigamos adelante,

por mucho que eso valga vale muy poca cosa

el poder de la espada, el oro y el renombre;

no salgas a su encuentro, puede no ser tu hijo.

Madre, si aspirando el aroma de una flor

en un día de otoño gris y meditabundo

oyes que alguien te llama y te dice: ¡Señora,

allá por el camino viene un gran señor

del brazo de su amada, conoce todo el mundo,

en la pupila clara trae la mar que añora

y en su copa de mieles un sabor de aventura!;

no salgas a su encuentro, puede no ser tu hijo.

Madre, si en el invierno, después de haber cenado,

estás junto al bracero pensando con desgano,

oídos a la lluvia que cae sobre el techo,

y en eso, puerta y viento… Es alguien que ha

entrado

descubierta la frente y herramienta en la mano,

levántate a su encuentro porque tienes derecho

de abrazar a tu hijo, de quien hiciste un hombre

que vuelve de la vida con el jornal ganado.

Publicado originalmente en: Dante Liano blog

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