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Por Luis Ovalle

El 10 de febrero de 1982 murió el teniente Sandokán. Un oficial guerrillero de 24 años; líder nato, con gran capacidad de mando. Con su muerte dejó un gran vacío en sus subalternos, pero también la voluntad de continuar con su legado.

El Teniente Sandokán

“Compa… yo ya me voy a ir… quiero que sepan que estoy orgulloso de ustedes… no se detengan…, la lucha debe continuar…”.

Con esas palabras se le iba la vida, en febrero de 1982, a un joven oficial de 24 años: el teniente Sandokán, jefe del pelotón “Abel Mijangos” en el Regional Norte “Capítán Androcles Hernández”. Luego de concluir una campaña de operaciones que él mismo planificó y ejecutó, el campamento guerrillero donde se encontraba fue descubierto por las fuerzas castrenses. Como había sido toda su vida militar, de ejemplo y de vanguardia, no se retiró con los primeros tiros, se quedó junto a su tropa, para garantizar que todos vivieran. Una bala enemiga llevaba su nombre.

En 1967 otros jóvenes oficiales de las FAR incursionaron en Petén con el objetivo de construir un bastión guerrillero; aquella aldea, que los compañeros denominaron en aquel momento como “Plaguitas”, por la interminable plaga de mosquitos que tenía, era La Nueva Libertad, comunidad en la que ese mismo año nació Sandokán.

Sandokán llevaba en la sangre, no solo el color, que lo identificaba con la lucha, sino la herencia de sus ancestros y el legado de aquellos oficiales de la vanguardia de las FAR, que también regaron con con sangre aquella zona petenera, Androcles Hernández, Lucio Ramírez, Raúl Orantes, Abel Mijangos, Antonio Guamuch…

Quizá por la mente de Sandokán pasó en algún momento de su niñez el deseo de ser como muchos campesinos; tener una pequeña parcela, aportar a su familia y a su comunidad y seguramente construir su propio hogar… pero otro sería su futuro.

El contexto político social cambió su vida; el movimiento revolucionario ampliaba sus áreas de operaciones. En aldeas y caseríos crecían las células organizativas y el ejército reaccionaba con violencia; asesinaba a los potenciales líderes y a sus familias, además de reclutar de forma masiva a los adolescentes, para incorporarlos a sus filas.

Muy pronto, el joven soñador debió salir de su natal aldea La Nueva Libertad e irse a la montaña con los compañeros, donde tomó el nombre de Sandokán. Con el correr del tiempo, relativamente poco, obtuvo el grado militar de Teniente.

Sandokán integró el primer grupo de combatientes que recibió un curso de oficiales, en el que mostró disciplina, capacidad e integridad revolucionaria.

No todo era perfección, por supuesto. Cuentan que en aquellos días de estricta disciplina, en la escuela de oficiales, a algún travieso guerrillero se le ocurrió escribir en uno de los baños: “aquí se caga hasta el más valiente”; una frase que literalmente contenía una verdad absoluta, pero que en el fondo llevaba un doble sentido.

Al darse cuenta del hecho, los oficiales instructores reunieron de inmediato a todos los guerrilleros que recibían el curso y que estaban ahí en calidad de reclutas. Pidieron que de inmediato dijeran quién había hecho el famoso escrito, para que fuera sancionado con la rigidez del caso, de lo contrario todos recibirían la misma sanción, pero nadie dijo nada. Algunos, que no veían en aquello más que una broma, aceptaron la sanción como propia, otros, los menos, deseaban descubrir quién había sido el gracioso, para darle un escarmiento. Nunca lo supieron.

Foto: internet

“De la montaña vendrá un campesino con justa razón….”

Ocho meses después, Sandokán y el resto de compañeros que pasaron el curso de oficiales regresaron al frente y encontraron que el Teniente Vidal había caído en combate. Fue doloroso para todos, pero había que emular su lucha y continuar. La decisión de asumir el mando recayó en él.

Sandokán lo tomó con el temple que lo caracterizaba y aún más, con el deseo de combatir contra el ejército como el mejor, y más temprano que tarde alcanzar la victoria final.

De complexión fuerte, 1.80 de estatura, con barba, pelo largo y boina, no parecía lo joven que realmente era; en la comunidad se había ganado el mote de “mano de piedra”, en alusión a Roberto “Mano de Piedra” Durán, el famoso boxeador panameño.

Pero la humildad y calidad humana las demostraba en el trato a sus subordinados, así como a los colaboradores y pobladores con los que tenía contacto; predicaba con el ejemplo: iba por su leña, pedía su turno de posta y ocupaba la primera línea de fuego para enseñar a las compañeras y compañeros que se podía dar más; que había en cada quien muchas más capacidades.

Conforme pasaba el tiempo se ganaba más el respeto de su gente y de la misma población, a la que llegaban comentarios sobre un valeroso guerrillero que además enseñaba a sus combatientes a resguardar la integridad de la población, a proteger los bienes de los campesinos y a pagar lo que en algún momento consumían: frutas, elotes, miel, frijol y maíz.

Su forma de actuar con el pueblo era consecuente lo que pensaba y creía. Su segundo al mando era el sargento Maximiliano, a los que seguían Rudy, Jaime “Yegüita”, Gary, Orantes y el Wilo.

El teniente Sandokán diseñó una campaña de operaciones, entre las que se propuso dar saltos de calidad, a pesar de no contar con buen armamento. La primera acción fuerte fue el ataque al destacamento ubicado en la aldea Las Cruces, en los primeros días de septiembre de 1981.

Turcios y Johny fueron enviados a explorar el destacamento, aunque ninguno de los dos sabía realmente lo que estaba haciendo. Ingresaron a la zona con el mayor cuidado posible y a su regreso el Teniente los puso a dibujar lo que habían visto. Era mejor a nada.

Sin embargo, el verdadero problema fue cuando entraron de noche a buscar el lugar y no encontraban nada. Antes habían dejado sus mochilas escondidas en un potrero.

Cuando al fin se acercaron a los alrededores del destacamento dispuso a los combatientes en dos contenciones y al menos 15 se dirigieron con él a ejecutar el ataque; en total eran unos 25 guerrilleros, armados con rifles, revólveres y escopetas. El combate duró más de tres horas, pero el poder de fuego del enemigo era superior y fue necesario retirarse.

Cuando llegaron al punto donde habían dejado las mochilas, o mejor dicho las “costalías”, a eso de las 6 de la mañana, ya no había ninguna: las vacas habían acabado con todo; pedazos de hamacas y uniformes estaban esparcidos en los alrededores.

A pesar de todo la moral no disminuyó. Poco tiempo después, luego de la evaluación y análisis de los errores, se dispuso la siguiente acción, esta vez el objetivo era el puesto de la Guardia de Hacienda, destacado en la cabecera de Sayaxché, al sur de Las Cruces, entre el Subín y las Pozas.

“De la montaña vendrán, mil campesinos con justa razón…”

La operación en Sayaxché tenía al menos dos importantes objetivos. El primero, hacer presencia en una cabecera municipal y lograr la movilización del ejército a la selva, donde sería más factible colocar emboscadas; el segundo, recuperar armas y vituallas, y en consecuencia elevar la moral de las y los combatientes.

El pelotón Abel Mijangos solo tenía en ese momento tres fusiles G3, de los que había recuperado el capitán Androcles Hernández en la emboscada de Yaltutú y dos M16; los demás eran rifles e incluso escopetas hechizas, a algunas se les desprendía el cañón con cada tiro y era necesario arreglarlas. Había una escopeta histórica, una 410 belga, que tenía un tubo largo de aluminio; era tan vieja que se le había colocado una gota de plomo, como punto mira y el percutor era un clavo que se jalaba con un hilo de pescar.

En la toma del destacamento de la Guardia de Hacienda, en Sayaxché, la 410 la llevaba el sargento Walter, que entró junto a Sandokán, al frente. La actitud del jefe impregnaba fuerza y valentía en el resto de la tropa.

La operación fue exitosa; no hubo bajas y se recuperaron al menos 17 carabinas M1, pistolas 38 y uniformes.

El ejército reaccionó e inició la persecución; pero cuando estaba cerca del grupo guerrillero se detuvo, al considerar que estaban en una posición de debilidad. La población rumoreaba que era una columna de más de 300 guerrilleros; que el jefe era un hombre alto y barbado, que seguramente era europeo y que además iban cubanos, argentinos y chilenos. Nada más alejado de la verdad.

A finales del 81 Sandokán y su tropa se tomaron un descanso, en los alrededores de la aldea Nueva Libertad; su terruño querido. En otras comunidades empezaban las masacres del ejército. El Teniente decidió planificar una emboscada en las cercanías de los destacamentos de El Subín y Sayaxhcé.

Ese día se tuvo información que el ejército se estaba movilizando en dos camiones que cargaban maíz, con el fin de no llamar la atención y evitar ser atacados. Sandokán colocó a un pequeño grupo de combatientes en el cruce del Subín, con la orden de dejarse ver y enviar un mensaje al ejército en el que se indicaba que ahí los estaban esperando. El enemigo intentaría aniquilar a ese pequeño grupo insurgente y para ello irían en los dos camiones civiles.

Sin embargo la emboscada había sido colocada a unos 300 metros de la aldea donde se encontraban los soldados; cuando ingresaron al área de la acción fue detonada una mina 30, que volcó completamente a uno de los camiones y de inmediato inició el fuego de la fusilería. Era la guerra, el olor a pólvora y a muerte.

El teniente ordenó la retirada para no poner en riesgo a su gente. A pesar que había armas y cuerpos regados por todos lados, los soldados del otro camión hacían resistencia. Habían sufrido un número considerable de bajas, mientras que en la tropa guerrillera se reportaba un compañero con una herida superficial.

Sadokán mantenía al pelotón en las cercanías de El Subín, Sayaxché, Bethel y el Naranjo; pero cada vez era más peligroso permanecer en el área. El ejército capturó a un desertor, que fue forzado a entregar todo lo que conocía: buzones y campamentos.

Ese día Sandokán escuchaba el parte de una patrulla que había salido a revisar algunos buzones que aún quedaban. Terminó de recibir la información y llamaron a comer; había arroz y frijoles, un gran platillo en ese momento.

Comían todos tranquilos cuando se escuchó un tiro y luego una detonación más fuerte. Ya nos cayeron estos cabrones, dijo el Teniente, en el mismo momento en que mandó a formar filas.

Sandokán se llevó a tres compañeros hacia el punto de la posta; su objetivo era rescatar al compañero que se encontraba en aquel lugar.

Gary y otros combatientes permanecían en sus posiciones de fuego. En un claro que tenía enfrente apareció un soldado al que aniquiló de inmediato. Otro, que iba atrás gritó ¡cayó uno!, ¡cayó uno!, pero también cayó, por las balas guerrilleras.

En esa posición se mantuvieron Gary y Belarmino. A los pocos minutos apareció el compañero Fidel, también conocido como “el Chante”. Agitado y nervioso les dijo: ¡mucha, retírense!, ¡hirieron a Sandokán! Todo cambió en aquel momento. La prioridad era salvar la vida del jefe.

Roberto, el Chante y Gary sacaron a Sandokán, mientras que Belarmino, el Wilo y Adrián se quedaron conteniendo al enemigo. Posteriormente se dirigieron al lugar acordado, como a una hora de camino. La herida que tenía el Teniente era grave. Había ingresado por el hombro, pero de una bala de Galil se podía esperar cualquier cosa. Es un tiro diseñado para cambiar de trayectoria al tocar con una superficie dura.

La situación era delicada y había que ir a buscar urgentemente medicamentos para curar al jefe. Maximiliano, el segundo de Sandokán, pidió voluntarios para aquella tarea. Jaime “la Yegüita” fue el primero y Gary de inmediato dijo que él también iba.

Debían entrar a la aldea Las Cruces, con ropa civil, sólo portando pistolas y granadas, y pasar en medio de los comandos. No pudieron entrar esa noche. El ejército tenía copadas las entradas.

Muy temprano pudieron meterse, disfrazados entre un grupo de campesinos. Gary fue a la farmacia de un conocido e inventó que un familiar suyo se había herido un en la montaña y no podía moverse. Iniciaron el regreso nuevamente y cuando se acercaban al campamento, donde habían dejado a Sandokán escucharon otro combate…

Unas 12 horas después de haber acampado en aquel lugar y que Jaime y Gary salieron en busca de medicina se le apagaba la vida a Sandokán. Rudy llegó donde estaban Wilo, el Chante, Aroldo y Belarmino y les dijo: Compas, Sandokán quiere hablarles.

Era el momento más triste que vivieron muchos de ellos. Fue entonces que les dijo: Compas, yo ya me voy a ir, pero quiero que sepan que estoy orgulloso de ustedes, por favor, sigan adelante, la lucha no debe detenerse.

Aquellos duros guerrilleros se quebraron con esas palabras. Sabían que tenían a un gran hombre enfrente, que se estaba muriendo y que aún así les quería inyectar valor y confianza en la lucha y en el proyecto revolucionario. Algunos de ellos no pudieron hablar; un nudo en sus gargantas les impedía decir cualquier cosa.

A eso de las 5.30 de la mañana uno de los compañeros del servicio médico les llevó la noticia: Sandokán ha muerto.

Salieron todos con el deseo de encontrarse con el ejército y morir combatiendo. Pero la mejor decisión que encontraron fue retirarse de ahí y buscar el mejor sitio para depositar el cuerpo del teniente. Fue en un lugar entre el Subín y las Cruces, donde enterraron sus restos

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