
En la cantina
Por: Dante Liano La cantina olía a caña fermentada, a zapatos sucios, a longaniza en ristre, a orines, al aserrín que cubría el suelo de tierra y a esa peste vaporosa y ácida que sueltan los que se ponen negros de tanto emborracharse. Saturnino Rustrián y el teniente coronel Sebastián Restrepo se quedaron paralizados, un momento, a causa del encandilamiento: pasar del sol acuciante de mediodía a la penumbra del local los destanteó. La cantina estaba lejos del camino, por lo que no se sentía










