
Un viaje en tren
Max pasó temprano, precavido como siempre, pues tenía miedo de que el tráfico de Los Ángeles los hiciera llegar tarde. Ambos detestaban esa ciudad porque no se podía caminar a pie, excepto en algunas calles del centro. En las reuniones familiares, evocaban la lejana Frankfurt, en donde paseaban en la Palmengarten y, paseando, discutían con énfasis sobre las investigaciones del Instituto. Ahora, exiliados en los Estados Unidos, viajaban con su Alemania a cuestas, y podían decir, con Thomas Mann: “Allí donde yo estoy, allí está










