Por Dante Liano
No siempre la historia de una palabra tiene que ver con el concepto al que alude actualmente. Por ejemplo, el término “cretino” viene del francés chretienne, ‘cristiano’. Puesto que se decía que una persona con discapacidad era un cristiano como cualquier otro, y, por tanto, digno de respeto, un significado contaminó al otro y derivó en lo que es hoy. Igual de graciosa es la contaminación que da origen a la palabra “trabajo”. Viene del latín tripalium, que era un instrumento de tortura compuesto de tres palos: según la vieja tradición bíblica, puesto que Dios condenó a Adán a ganarse el pan con el sudor de la frente, esto es, con la tortura del esfuerzo físico, el trabajo se convirtió en tortura. O al revés. También simpático, el origen de “músculo”. Viene del latín musculus, que significa “ratoncito”. Como los músculos debajo de la piel se mueven como un ratón, fueron llamados de esa manera. De esa forma, no debe sorprender que la palabra “raza” no tenga nada que ver con el uso original del término, al menos en la lengua española. En efecto, en el castellano medieval, raça daba nombre a esa odiosa raya de tejido que se deslíe en una media de mujer, preferentemente a mitad de la jornada, cuando no se puede regresar a casa para cambiarse. Tan detestable accidente tiñe de negativo a la expresión, que, por metáfora, se convierte en defecto y culpa, según lo que nos cuenta don Joan Corominas, en su inagotable Diccionario Etimológico.
La cuestión de la raza no era tan pintoresca en la Alemania nazi. En 1933, el filósofo Eric Voegelin, se dedicó a combatir el uso de tal categoría para los nefastos fines del nacional socialismo. Quizá su estudio de la etimología de la palabra no sea tan importante como las reflexiones sobre la historia del término. Dice Voegelin: “Es tremendo pensar que reconocemos a aquellos de los que descendemos y a aquellos que nos rodean no por su aspecto, por sus palabras y sus gestos sino por su índice craneal y por las proporciones de sus extremidades”. El flechazo estaba dirigido a la ideología de la imaginaria superioridad de la “raza aria”. Naturalmente, Voegelin fue duramente criticado por los ideólogos nazis y, al mismo tiempo, alabado por los críticos católicos. En sustancia, Voegelin sostiene que la idea de “raza” nace con la modernidad. Según el pensador alemán, esa idea representa la negación de la concepción cristiana del ser humano, porque abraza, en cambio, una representación postcristiana, es decir, mucho más racionalista y cientificista. Es, dice Voegelin, el triunfo de la idea de “cuerpo” para la comprensión del hombre. O sea, permanece la concepción del ser humano como de naturaleza sobrenatural e imperecedera, pero su estudio se basa en un orden natural sistemático. Y como consecuencia, el estudio de todo lo que es atípico, anormal, irracional y desordenado. Lo que Voegelin no advierte es la fecha de nacimiento de la idea de “raza”, como la usamos hoy. No es, para nada, una casualidad, que esa categoría aparezca en el s. XVI, en coincidencia con la esclavitud de los africanos en América. Antes de esa fecha, la idea de “raza” estaba destinada a los animales, no a los seres humanos. De ello se ocupará Fernando Ortiz, el gran sabio cubano.
Voegelin explora el ambiente de ideas que van a ser el caldo de cultivo de la idea de “raza” y, casi como una consecuencia, del racismo. Llama, a ese proceso, “la interiorización del cuerpo”: es decir, a la prioridad de la parte física sobre la parte espiritual: “un desplazamiento de la existencialidad del ser humano del reino trascendental a la esfera de la inmanencia”. Determinante el aporte de Caspar Wolff, quien cambia el concepto de “organismo” de “mecanismo” a “sustancia viviente que crece, se regenera y se reproduce de acuerdo a una ley inscrita en su interior”. Kant, a su vez, introduce la filosofía de las formas vivientes. De allí en adelante, comienza la degeneración del concepto, principalmente por obra de Darwin. Si Wolff y Kant concebían cuerpo y mente como unidad, Darwin se concentrará principalmente en el cuerpo. Se da una especie de paradoja: si toda la escolástica medieval privilegiaba el alma sobre el cuerpo, en el racionalismo se estudiará, preponderamente, el cuerpo sobre el alma.
A finales del siglo XIX y principios del XX, la hegemonía de las ciencias dará lugar a una obsesión clasificatoria. Para catalogar a los seres humanos, entonces, se usará la categoría de “raza”. Tal sistematización se basa en el aspecto físico, el llamado “fenotipo” y redundará en la división de la gente por colores: blancos, amarillos, cobrizos, negros… En realidad, se trata de pura arbitrariedad, nacida de la necesidad de justificar la esclavitud. En efecto, para menguar la conciencia sobre los abusos que se estaban cometiendo, se inventó la “raza negra”, que equivalía a ignorante, salvaje e inferior. Por contraste, la “raza blanca”, formada por europeos, equivalía a civilización, superioridad y cultura. Y con razón, pues lo clasificadores se colocaban cómodamente en ese sector de la humanidad. La clasificación alcanzó grados de delirio. Para Klarus, existían tres razas: la del alba, la del mediodía y la de la noche. Para Cuvier, las razas también eran tres, pero derivantes de los hijos de Noé: los jafetitas, los semitas y los camitas. Para Linneo, cuatro: europeus albus, asiaticus luridus, americanus Rufus, afer niger). Para Buffon, cinco: raza polar, asiática, europea, etiópica y americana. También cinco para Blumenbach: caucásica, mongólica, etiópica, americana y malaya. Y así sucesivamente. Hay quien propone doce razas, quien treinta, quien treinta y cuatro, quien sesenta y quien sesenta y tres. A ese punto, hemos llegado a la entropía: el exceso de clasificación produce ninguna clasificación. Y se comprende que la división en razas es pura justificación ideológica para tratar de sentirse superiores a los demás. La verdad es que no hay razas. Somos todos seres humanos, con diferente aspecto.
Sin embargo, no podemos negar la existencia de la palabra “raza”. Y ello nos lleva de regreso a Fernando Ortiz. Al elaborar la etimología de ‘raza’, Ortiz es muy claro al afirmar que “La voz raza no se usó en el lenguaje general hasta los siglos XVI y XVII”. Antes de esa época, para hablar de los seres humanos, no se usaba la palabra. Tal constatación, que parecería banal, resulta en cambio de gran importancia delante de los diferentes esencialismos, no solo del siglo XX, a los que estamos llamados a enfrentarnos. Como señala Ortiz, los seres humanos usaron diferentes modos para diferenciarse. Recuerda que los judíos distinguían entre sí mismos y los “gentiles”; recuerda que los griegos llamaron “bárbaros” a los extranjeros; recuerda que se usó la palabra “nación”, por nacimiento, y que en Sevilla se decía lo mismo “negros de nación” que “flamencos de nación”; recuerda que a los musulmanes se les llamó “islamitas”, “mahometanos” y “moros”, si venían de Mauritania. Enfoca, luego, su atención, a España y recuerda que, para los animales, se utilizó “casta”, que indicaba “pureza” (aún hoy se dice “toro de casta”) y que para indicar la condición genética se usaba “naturaleza” o “natural” (por ende, bien hacen los indígenas al rechazar la denominación de “natural” para su condición). Cuando Ortiz enfrenta la etimología de “raza”, repite básicamente lo que el diccionario indica. Sin embargo, su aporte más significativo es cuando declara que existe una etimología semítica de la palabra, que sería la voz arábiga ra’s , ‘cabeza, origen’, de la cual deriva la palabra castellana res y raza de ganado. Los filólogos románicos, dice Ortiz, rechazan tal etimología por un principio (que puede ser también un prejuicio) según el cual no se acude a idioma orientales para palabras románicas. Tal principio no se podría aplicar al español, que contiene multitud de palabras de origen árabe, desde almohada a ojalá. En resumen, para Fernando Ortiz, la etimología de “raza” es árabe. En síntesis: la verdad es que no hay razas, repito. Somos todos seres humanos. El resto es ideología, invención, pura creencia equivocada.



