Una tarde de mayo

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Créditos: Dante Liano

Por Dante Liano 

Mi barrio se llama “Ciudad de los estudios” y debe ese nombre al hecho de que, a pocos pasos de mi casa, están las Facultades de Arquitectura y de Ingeniería. Quizá por eso, en las calles adyacentes circulan jóvenes que hablan en varios idiomas, cargados de reglas de dibujo que uno creería anticuadas, a veces con maquetas de edificios imaginarios, otras con rollos de cartón que superan su estatura. La estación del metro es un hormiguero de muchachas y muchachos, de entrada y salida, y eso le da vida al barrio, poblado, por la mayor parte, de ancianos. A mediodía, los bares se llenan y hay que hacer cola para entrar a comerse un panino. Con su edad, los estudiantes llevan la vanguardia. A pocos pasos de casa hay un bar de ciclistas, cuyo nombre no podría ser otro que “Upcycle”. En ese bar sirven comida del norte de Europa, y tiene muchos clientes para sus anchoas y salmones, cosa horrenda en comparación con la gastronomía italiana. También alquilan salitas que sirven de oficina para quien no la tiene. Son cosas de metrópoli avanzada. Hubo, a dos pasos de aquí, el “Cat bar”, que estaba lleno de gatos. Cerró porque a todo hay un límite, aunque he visto que en Tokio pululan los “Pet Bar”, con cerditos, perros y serpientes. A la hora que salimos al paseo, las calles están vacías. Las clases se terminaron y los jóvenes se pierden en la ciudad. Como la playa de salvación para el naufragio, a dos pasos del “Upcycle” está un restaurante sardo, en donde dos auténticos nativos de la isla de Cerdeña honran el gusto italiano. 

Le digo a Lily: “Vayamos a comer un helado”, cuando atravesamos el umbral de casa. Ella hace un gesto, como quien dice: “no es mala idea”. Yo pienso en una heladería, ella en otra. De tal modo que cuando llegamos a la primera esquina, yo quiero cruzar a la derecha y ella desea seguir recto. Se crea, allí, el primer malentendido matrimonial. “¿A dónde estás yendo?”, me pregunta ella. “A la heladería”, le respondo, con la seguridad del que tiene la razón. “Pues estás caminando por el lado equivocado”. Con arrogancia, le digo que la equivocada es ella. Una luz atraviesa la discusión: “¿En qué heladería estás pensando?” Aclarado el punto, nos dirigimos a donde ella había pensado, para hacer el paseo más largo. Dos cuadras más adelante, otra discusión. “Ya llegamos”, le digo. “No veo la heladería”, responde ella. “Allí está escrito”, señalo el letrero: “HELADERÍA”. “Pues yo leo “CARNICERÍA”. Al final, cuando nos acercamos, verificamos que es heladería. El heladero tiene unos mostachos a la antigua, estilo Don Juan Tenorio, con las puntas levantadas hacia arriba. Cuando nos oye hablar el italiano, pasa al español. Reconoce el acento. Salimos a una banquita que está en la calle. “Comamos mucho helado antes de irnos”, le comento a Lily: “Como los italianos hacen el helado, no hay”. Llega, a la heladería, una madre con dos niños. Tiene cara de pocos amigos, se ve que la agobia el cansancio. Los niños nos miran con ojos ávidos, como queriendo nuestros helados. Les ofrecemos compartir: “¿Quieren un poco?”. No se ríen. Nos miran con extrañeza, mientras la madre gruñe algo al vendedor. Acabada la golosina, emprendemos el camino de regreso. Habíamos llegado a una iglesia construida con el estilo lombardo, sobria y elegante en su elevación de ladrillo visto. No me atrevo a calcular su edad. Como puede ser del mil seiscientos, puede ser una reconstrucción de la posguerra. Milán fue severamente bombardeada a finales de la Segunda guerra mundial. En todo caso, me parece bella. Hoy hace un día de fin de primavera, el calor comienza a llegar, el cielo está completamente azul y el sol dora la superficie de las casas. 

Todo parece hermoso, menos un señor panzón que está en la puerta de la relojería, en donde, dos semanas antes, yo había consignado mi reloj automático porque comenzaba a retrasarse mucho. El señor panzón es el relojero. No es muy frecuente ver hombres con la panza, aquí. Desde que llegamos, hace muchos años, notamos que los varones se cuidan mucho, en su aspecto físico. A veces, más que las mujeres. No me sorprende, entonces, saber que un asistente universitario se echa, en la cara, una buena dosis de maquillaje. Debe ser un rasgo antiguo en la cultura italiana, si la palabra “chulo”, de profunda estirpe madrileña, proviene de la lengua toscana: “fanciullo”. Eran los jóvenes italianos que llegaban a la capital de España, y se distinguían por elegancia y cuidado de la persona. Eran “fanciullo” (s) y de allí, “chulos”. Nos paramos. “¿Ya está mi reloj?”, le pregunto. El relojero me mira con cara de signo de interrogación. No me ha reconocido. “Soy el que le dejó un Seiko automático, hace dos semanas”, le recuerdo. “Ah”, me dice. “Todavía lo estoy reparando. Eso quiere tiempo. Primero lo reparo y después lo pruebo”. Me resigno. En estas sociedades industriales, los artesanos son lentos, rogados y carísimos. “Le voy a cobrar ochenta y cinco euros”, me advierte. Cuando oye la cantidad, Lily interviene: “¡Ochenta y cinco euros! ¡Carísimo!”. El relojero la mira, estupefacto. Es un hombre alto, de antigua, larga e importante nariz. Los pocos pelos blancos en la cabeza son hirsutos. Tiene un poco de dificultad al hablar, porque le faltan todos los dientes de la mandíbula inferior. “No es caro, señora”, responde. “Se trata de un reloj automático, sin pilas. Son complicados”. Lily se envalentona: “Con esa cantidad me compro tres relojes”, exagera. La estupefacción del relojero aumenta. La mira como quien dice “pero qué está diciendo”. “Señora, solo que me hable de relojes del mercado”. Ella se divierte en pincharlo: “En efecto, me compro tres relojes del mercado”. Él se da cuenta de la provocación y corta por lo sano. Se dirige a mí: “Entonces, lo llamo cuando esté listo”. Seguimos camino, ya de regreso. “Tengo que pasar a la farmacia”, digo a Lily. Pasamos frente a la verdulería, arreglada como si fuera una boutique. El dueño envía, a sus clientes, videos que ofrecen fruta y verdura recién llegadas. También vende quesos y chorizos. Echamos una mirada hacia dentro. “No está”. En efecto, el local parece vacío, con toda la mercancía a la vista. Siempre que pasamos por allí, lo saludamos. A veces, las más peligrosas, nos paramos a conversar y salimos cargados de alimentos. Ahora no. Ahora pasamos de largo, superamos el semáforo y entramos a la farmacia. Hay una cola que llega a la puerta. Casi todos viejos, menos una mujer joven a la que se le está cayendo el pelo. Cuando falta una cuadra para llegar, encontramos, en un zaguán, una venta de productos de los que llaman “a kilómetro cero”. Lo que allí venden no se produce a mayor distancia de un kilómetro. De alguna manera, eso garantiza la frescura. Nos paramos un segundo y la señora nos ofrece probar algo de lo que venden. Un pedazo de queso. Un palito de pan. Como el helado me ha llenado el estómago, me detengo allí. Lily pide probar otras cosas y otra señora, que acompaña a la primera, frunce el ceño. Lily le dice a la primera: “Como que a su mamá no le gustó que pidiera más”. “No es mi mamá”. El ambiente se tensa un momento. Luego, Lily prueba otra muestra. Satisfecha, me invita a regresar a casa. El calor ha aumentado de un día para otro. Bandadas de pájaros migratorios se alborotan en el cielo. Hemos llegado de regreso. La luz persiste y uno se acuerda de las tardes de invierno cuando el sol se iba a las cinco. Está entrando la noche: la magnolia del patio se ondea con un poco de viento, y las llaves de la entrada resuenan con escándalo, como saludando, de regreso, a los paseantes de esa tarde de mayo.

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