Por Dante Liano
Propongo una paráfrasis de una conocida frase de El salario del miedo: «La ciudad de Guatemala no existe. Lo digo porque he estado allí». También: hay una Guatemala real y otra literaria. De la real deben ocuparse políticos y administradores, así como los trabajadores que deben recorrerla todos los días. Prefiero hablar de la otra Guatemala, presente en su literatura. Los narradores guatemaltecos se han concentrado, casi todos, en la Nueva Guatemala de la Asunción quizá porque no abunda en belleza. Todo lo contrario. Trazada con la misma cuadrícula de todas las de la colonia española, arranca desde una Plaza Mayor, ahora Plaza de la Constitución, con su clásica distribución de los espacios: Palacio de Gobierno al norte, a su izquierda la Catedral, enfrente los comercios. A la derecha del Palacio de la Cultura debía estar el Ayuntamiento y en cambio se alza la Biblioteca Nacional. Desde ese cuadrilátero, se expande en zonas numeradas, reordenamiento urbanístico que imagino hay que atribuir al ingeniero Raúl Aguilar Batres. Hasta cierto punto, esas zonas numeradas tuvieron algún orden. Luego, con la falta de un plan de regulación urbana, estalló y se multiplicó hacia todos los sitios en donde era posible edificar. Hubo una época en la que uno podía presumir de conocer toda la urbe. Hoy, imposible. Hay zonas fuera de control, en donde aventurarse puede significar poner en riesgo la vida. Caótica, desordenada y anárquica, como la pintan sus escritores. Está presente en las obras de Gómez Carrillo, de Arévalo Martínez, de Asturias, de Monteforte, de Marco Antonio Flores, de Méndez Vides, de Gálvez Suárez, de Halfon, de Rey Rosa y otros.
La ciudad relatada por Gómez Carrillo se encuentra a caballo entre el siglo XIX y el XX. Todavía es provincial, añeja y polvorienta. Ese tipo de lugar en donde se ejercía la hidalguía llevando a las damas del lado de la pared, porque del lado de la calle, cuando llovía, caballos y carrozas salpicaban a los transeúntes. En donde se tendían pequeños puentes en las esquinas, porque las correntadas de agua convertían las calles en ríos. En donde los domingos, de paseo, las familias de la incipiente burguesía recorrían la Avenida La Reforma, réplica local de los parisinos Campos Elíseos. El primer lugar icónico del Príncipe de la Crónica modernista es el Cerrito del Carmen, que quedaba muy cerca de su casa. Más que la iglesia en sí misma, al niño Gómez Carrillo interesaban los alrededores, una especie de parque o, dicho sea sin ofender, un potrero en donde los amiguitos podían desahogar su inquietud infantil. Desde París, en su reconstrucción memoriosa, y, por tanto, fantástica, de la patria, Carrillo ejerce su nostalgia al recordar la iglesia y sus alrededores. El recuerdo afectuoso pasa por la casa familiar, se extiende a las calles aledañas y luego, en su huida a El Salvador, a los paisajes campestres del país. Hay un lugar urbano sobresaliente: el Hotel Palace. No el que actualmente lleva ese nombre, sino otro anterior, el famoso hotel en donde reposaba Rubén Darío y a donde llegaban a rendirle reverencia los jóvenes poetas del país, entre ellos Arévalo Martínez. La leyenda quiere que el Presidente pusiera a disposición del bardo nicaragüense cajas de champagne y le permitiera ofrecer banquetes en el restaurante del hotel. En ese lugar se gestó «El Correo de la Tarde», periódico dirigido por Darío y que contaba, en su equipo de redacción, al cronista errante. De una de esas reuniones nace la recomendación de Darío. Consigue a Gómez Carrillo una entrevista con el general Barillas. En esa entrevista, el Presidente ofrece al joven escritor un viaje a París, que será definitivo para su formación. Tal entrevista se realizó en el Palacio de Gobierno, anterior al actual construido por Ubico. Refiere el escritor que el jefe de gobierno no lo quería enviar a la Ciudad Luz, porque estaba llena de cocottes. ¿Será verdad? La misma anécdota se cuenta del padre de Asturias, quien, en efecto, lo envió a Londres. Quizá la anécdota no sea verdadera, pero la mentalidad retrógrada sí.
Los mismos escenarios recorren El Señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias. El paisaje semirrural y bucólico ya había aparecido en el principio de Leyendas de Guatemala. Allí donde «la carreta llega al pueblo dando un paso hoy y otro mañana», es decir, en un tiempo mítico en donde está edificado el lugar de los Cucos y los Sueños. En la Nueva Guatemala de la Asunción, el Portal del Señor adquiere la función de un personaje, en donde van a ocurrir los hechos que servirán de detonador para el resto de la narración. Ese extenso portal, un auténtico mercado, estaba situado al Norte, exactamente enfrente de donde está el Portal del Comercio. Allí pasan la noche los mendigos que viven en el centro de la capital. Todos sabemos lo que sucede: uno de ellos, el Pelele, asesina al General Parrales Sonriente, que tiene la desventura de gritarle «¡Madre!», al mendigo. Ello provoca la furiosa reacción del pordiosero, quien mata al amigo del Presidente. ¿Cómo es esa Guatemala descrita por Asturias? El mismo íncipit lo aclara: es la entrada del infierno, porque la dictadura ha convertido la sociedad en un remolino de bajezas, intrigas, chismes e injusticias. Eso nos desplaza al otro espacio con que inicia la novela: la Catedral, cuyas campanas del Ángelus reproduce el primer párrafo. Esa Catedral sigue siendo la misma que podemos admirar, con su estricto estilo neoclásico, sobrio y elegante, coronado por la cúpula colorida que preside el Mercado Central. Lo que no existe más, de ese espacio fantástico, es la Plaza de Armas, que desembocaba en el Parque Centenario y la Concha Acústica, singular nombre para un pequeño anfiteatro musical. Ese parquecito era refugio de desocupados y chismosos, tanto que su apodo fue siempre «El Peladero». La Plaza de Armas era un poco un descampado con arriates.
Hay una tercera Guatemala imaginaria de la cual quisiera hablar. Es la de Francisco Goldman, un tipo de guatemalteco que se aleja abundantemente de las ideas preconcebidas que podamos tener de nuestros escritores. Goldman es hijo de padre estadounidense y madre guatemalteca. Nació y se educó en los Estados Unidos. Su lengua madre es el inglés y en ella escribe. A pesar de ello, sus temas principales y su inspiración son guatemaltecos. Si uno se pusiera a considerar cuál es la novela que mejor representa a la Guatemala moderna, ella sería La larga noche de los pollos blancos. Goldman ofrece anotaciones perspicaces y agudas sobre algunos aspectos de la ciudad, que probablemente escapan a los que viven en ella. Baste un ejemplo. Aparte de los afiladores, que suenan una especie de flauta para señalar su presencia, existen vendedores ambulantes que van por las calles ofrendado su mercancía. Con ironía, Goldman señala que el anuncio de esos vendedores semeja al llanto por una persona muerta: «¡Zapaaaatos!» grita el quejumbroso vendedor con inadvertida imitación de las plañideras mediterráneas. «¡Cuchiiiiilloooos!», «¡Perooooooles!», «¡Sarteeeeeenes!» y así. Es verdad: se necesitaba el ojo «extrañado» de quien no está acostumbrado a tales manifestaciones. Más adelante, El arte del crimen político, una reconstrucción del asesinato de Monseñor Gerardi, elaborado a la manera de Truman Capote, nos obliga a recorrer una urbe sórdida y llena de amenazas. Cuenta Goldman que, apenas aterrizó en el Aeropuerto La Aurora, tomó un taxi y pidió que lo llevaran al Parque de San Sebastián, lugar de la tragedia. Cuando se leen esas páginas, un escalofrío de pavor acosa a quien lee. En efecto, hay mucho de aventura y de inconsciencia en esa visita. Y mucha suerte de que no le haya sucedido nada. Frente al Parque está la iglesia y también el convento. La novela nos hace una descripción casi cartográfica del lugar. Tal descripción es necesaria, porque es el escenario del crimen, un homicidio que pronto se iba a llenar de aspectos grotescos. Otro escenario de Goldman es el Palacio de la Policía Nacional, excelente ejemplo de nuestra arquitectura cuartelaria, junto con el Palacio Nacional. Ambos son verdes, ambos son macizos y aplastados, ambos muestran almenas medievales de curioso gusto. El apodo popular del Palacio de la Cultura no deja lugar a dudas: el Guacamolón. Otro lugar importante para Goldman es el Palacio Arzobispal, sede de los investigadores católicos y, sobre todo, del REHMI, el organismo que investigó las masacres en Guatemala, y cuya publicación Nunca más, le costó la vida a Monseñor Gerardi. No hay casualidad en el hecho de que ese Palacio aparece también en una excelente novela: Insensatez, de Horacio Castellanos Moya. Gran protagonista resulta también el edificio del Organismo Judicial, en donde se desarrollará el juicio para castigar a los culpables de esa muerte, y que será también protagonista de acontecimientos políticos relevantes en los últimos años.
Como se ha recordado, otros escritores han recorrido la Nueva Guatemala de la Asunción. Señalarlos y ubicar sus lugares harían estas reflexiones demasiado largas. Quizá una conclusión ideal sería hablar de mi ciudad, aquella en la que viví mi infancia y juventud. Puedo esbozar esos lugares: la Iglesia del Guarda y, en ella, al Padre Hugo Estrada, mi maestro literario; bajando por la Avenida Santa Cecilia, el Aserradero Contenti, cuyos dueños estuvieron muy apegados a mi familia por algún tiempo; la casa de la familia Argueta, cuya historia es una novela; la Basílica del Sagrado Corazón y el Colegio Don Bosco, donde estudié y enseñé; la casa de mis padres, mi cuadra, el callejón de tierra en el que jugábamos al fútbol. Fuera de esa estrecha frontera de mi barrio, la Biblioteca Nacional, a la cual llegábamos caminando, mis amigos y yo, mientras discutíamos, como sabios ignorantes, sobre todas las materias que abarca el conocimiento. Más adelante, la Universidad de San Carlos, sus murales (en los que participaron Ramírez Amaya, Luis Rivera, Quique Noriega, Ana María Rodas, Marco Antonio Flores), su iglú, frente al cual los que pasaban gritaban, justamente, «¡Babosadas!» a los filósofos neopositivistas que predicaban un verbo contestado por Susan Sontag en esos años; su Facultad de Humanidades, que me relacionó con la vida literaria de Guatemala. Sería demasiado, sería una novela, quién sabe si afortunada, pero novela en fin. Bulliciosa, desordenada e imposible, la Nueva Guatemala de la Asunción bulle y crece y se mueve, mientras tratamos de fijarla en los recuerdos de una literatura que de ella nace y en ella se inspira.



