Demoler los museos

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

Leo, en el periódico italiano Domani, una entrevista a Françoise Vergès, cuyo nutrido currículo abraza las siguientes empresas: teórica política, activista, curadora y escritora. Las fatigas de Vergès la han convertido en una de las mayores expertas de feminismo descolonial, prácticas políticas y públicas de descolonización del museo occidental, así como expertises en políticas antirracistas y anticapitalistas. En la entrevista, la estudiosa sostiene que el museo ha contribuido a la escritura de la supremacía blanca, a la creación de nuevas competencias y disciplinas (cuales la conservación y la historia del arte) generadoras de jerarquías culturales y sociales.  Lo que está conservado en los archivos y en los museos nacionales, afirma, se basa en elecciones acerca de lo que cuenta y lo que no cuenta, basadas en una serie de normas que favorecen el poder político y religioso occidental, el patriarcado, la propiedad privada, las guerras, las colonizaciones y una narración identitaria nacional que borra las luchas y las contradicciones internas. Sostiene Vergès que debemos preguntarnos si todavía tenemos necesidad de museos en un mundo posracista y poscapitalista. Se pregunta si no deberíamos más bien invertir nuestra energía y nuestra imaginación para inventar nuevas estructuras e instituciones, para indagar cual arquitectura y cuales colecciones sirvan para repensar qué es la preservación y la conservación, qué es el arte,  para poner en práctica el posmuseo. Señala que los museos son instituciones sociales construidas para sostener el estado liberal o autoritario y que su arquitectura transmite el poder vertical, las injusticias y las desigualdades estructurales. Por tanto, concluye Vergès, la finalidad es demoler los museos. Todo ello con una finalidad última: la abolición del capitalismo racial, del colonialismo y del imperialismo. Tales consideraciones hacen recordar aquellas de Herbert Marcuse cuando señalaba que se debería abatir la estructura del estado capitalista. Cuando se le preguntaba qué construir en su lugar decía que primero hay que demoler la casa y después averiguar qué se edifica. Admitamos que Guatemala, siempre a la vanguardia en la economía, en la política y en la cultura, ha anticipado las propuestas de Vergès, en cuanto nuestros museos nacionales han sido sistemáticamente destruidos para no poner nada en su lugar. Sin contar con aquellos que se han construido al lado de las ruinas arqueológicas, destruidas para construir condominios, y sustituidas por minimuseos en los cuales se colocan algunas piezas distraídas de la demolición. 

Debo admitir que este tipo de razonamiento lo he escuchado, con abundancia, en muchos de los congresos académicos a los que he asistido. En ese ambiente privilegiado, mundos se abaten, mundos se construyen, gracias al artificio de las palabras. He oído ilustres críticos literarios disertar, con segura autoridad, acerca de la física cuántica, a pesar de que su especialidad científica no daba espacio para tanto. Mucho menos sus notas en la universidad, que aborrecían de las matemáticas y de cuanta ciencia exacta figurase en el currículo. He asistido a conferencias de estudiosos del humanismo, en las que desplegaban una explicación exhaustiva de la teoría de la relatividad, saltos al vacío respecto de los cuales el bungee jumping parecería un ejercicio infantil.  He presenciado conferencias de refinados críticos literarios, de repente transformados en sociólogos, antropólogos o politólogos, cuyas disertaciones rebasaban, con abundancia, la literatura, el arte o la historia del arte. En esos ambientes, el territorio minado de la cuestión del género (gramatical o sexual) era transitado con desprecio del peligro. 

La presencia incuestionable de los pensadores franceses en la academia norteamericana ha derivado en la presencia inobjetable de los pensadores franceses en la academia latinoamericana. Al tiempo que denuncian el imperialismo norteamericano, repiten, con docilidad, cuanta moda impera en Pittsburgh, Nueva York o Los Ángeles. De allí, una suerte de axioma respecto de la realidad, o de la idea que tenemos de la realidad. Recita ese axioma que todo lo que percibimos es una construcción cultural. El automóvil que manejamos es una construcción cultural. Los edificios en los que habitamos son construcciones culturales. El idioma que hablamos es una construcción cultural. En ese rosario de constataciones, llegamos a una definición considerable: el género sexual con el que nos identificamos es una construcción cultural. Recuerdo, entonces, que un teorema bastante aceptado es que mi definición como “hombre” o “mujer”, está condicionado por la cultura en la que me he criado. Se quiere decir, con eso, que mi percepción del género sexual al que pertenezco se debe, en gran parte, a la educación recibida. A ese respecto, déjenme contarles una historia.

Janet y John Reimer, una pareja canadiense de Winnipeg, se habían casado en diciembre de 1964. Quizá sea un indicio de su ingenuidad el hecho de que fueran menonitas, una secta de la iglesia adventista famosa por la austeridad de sus costumbres. En agosto de 1965 tuvieron unos gemelos, a los que bautizaron Brian y Bruce. La vida transcurría tranquila cuando, seis meses después del parto, descubrieron que los niños padecían de una deformación que les impedía orinar con normalidad. El problema se llamaba “fimosis” y consistía en que el prepucio era muy estrecho y no podía retraerse. En general, ese problema se resuelve con el tiempo, pero los padres, alarmados, acudieron a unos médicos, los cuales decidieron realizar una circuncisión. El día de la operación, el cirujano decidió experimentar con un nuevo método operatorio: el electrocauterizador, un bisturí que iba cerrando la herida en la medida que cortaba. El primero en pasar a manos del médico fue Brian. Por desgracia, durante la operación, algo no funcionó en el aparato y el pene de Brian fue dañado para siempre. A su hermano Bruce le fue mejor. Lo operaron con el método tradicional y no hubo problemas. De todas formas, los padres de los gemelos quedaron con una gran sensación de culpa y con una gran preocupación por el futuro de su hijo.

Dos años después, la desafortunada pareja vio, en televisión, uno de esos programas de divulgación científica que prosperaban en la época. En ese programa, entrevistaban al doctor John Money, del Johns Hopkins Hospital de Baltimore. Money era un psicólogo especializado en el desarrollo sexual y en la identidad de género, y sus estudios se concentraban en pacientes intersexuales. Sostenía la teoría de la neutralidad de género. Según esta, la identidad sexual se basa en el contexto cultural de nuestra infancia: somos hombres o mujeres según lo que hemos aprendido en nuestro contexto social. Dicho de otro modo: nuestra identidad sexual es una construcción cultural. El corolario de la teoría de Money es que la identidad sexual puede ser modificada a través de una terapia adecuada. Los cónyuges Reimer creyeron que se abría una puerta a la esperanza. Fueron a Baltimore, se entrevistaron con Money y este vio, en el caso de Brian, la gran oportunidad de su carrera. Finalmente podría demostrar, con una investigación sobre el campo, la veracidad de sus teorías. El primer paso fue modificar, con una delicada operación, los órganos sexuales de Brian, de modo que el niño quedó con una especie de vagina rudimentaria, a la espera de que, con el desarrollo, se hiciera la operación final. También se le aplicó un fuerte tratamiento hormonal con estrógenos. La parte cultural del tratamiento consistió en cambiarle nombre, de Brian a Brenda, y las instrucciones a los padres para que lo hicieran crecer como una niña. De ese modo, lo vestían con trajes femeninos y lo llenaron de muñecas y juegos para nenas. Mientras tanto, el Dr. John Money escribía artículos y se exhibía en ponencias, en los congresos académicos, en donde exhibía el presunto éxito del tratamiento. Según sus palabras, Brian se había convertido en Brenda y había desarrollado una identidad femenina. En realidad, tal cosa no había sucedido. La supuesta Brenda rechazaba jugar como una niña y prefería jugar con su hermano Bruce, con entretenciones más cercanas a los intereses de un varón. Los compañeros de clase, al advertir el desasosiego de Brenda, la hostigaban diariamente. Su vida estaba signada por la infelicidad. Al llegar a la pubertad, la suministración de estrógenos aumentó, y Brenda desarrolló caracteres femeninos, pero, al mismo tiempo, su cuerpo generó testosterona, por lo que su voz fue grave, como la de un hombre. Money había creado un monstruo, y, sin embargo, seguía proclamando el éxito de su teoría en los congresos médicos. 

Cuando Brenda cumplió trece años, pensó seriamente en el suicidio y cayó con una grave depresión. A ese punto, sus padres le contaron la verdad, que le habían ocultado por todo ese tiempo. En 1980, a los catorce, Brenda decidió recuperar su identidad masculina. Una serie de dolorosas operaciones quirúrgicas cumplieron con su deseo, al punto que se casó en 1990. Sin embargo, era demasiado tarde. Los experimentos de Money habían destrozado no solo a Brian, sino a toda la familia. En el 2002, el hermano Bruce, que había sido severamente afectado por la experimentación sobre su hermano gemelo, terminó suicidándose con una sobredosis de antidepresivos. Las dificultades que experimentaba Brian, que se había cambiado el nombre, hicieron que su esposa le pidiera el divorcio. El cuatro de mayo de 2004, en el estacionamiento de un supermercado en Winnipeg, Brian Reimer se disparó en la cabeza con un fusil de cañón recortado. Tenía 38 años. 

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