¿Revolución o reforma?

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Juan José Hurtado Paz y Paz

Hace unos días tuve una conversación que me dejó pensando. La discusión giraba alrededor de la necesidad de una transformación profunda de la sociedad, es decir, hacer una Revolución, y de la estrategia para alcanzarla. Al responder, terminé preguntándome si, después de tantos años no me habré vuelto reformista. Quizás sí o tal vez se trata de entender los tiempos sin dejar de soñar a largo plazo, aunque esos sueños todavía deban definirse mejor.

Creo que una Revolución, entendida como una ruptura radical del orden existente, sigue siendo necesaria para transformar de raíz las estructuras de injusticia. Pero no creo que sea viable, al menos en el corto y mediano plazo. Y esa diferencia es importante.

Durante los años 60 y 70 del siglo pasado había quienes tenían la hipótesis de que si se agudizaban las contradicciones provocarían mayor radicalización y ello abriría el camino hacia una transformación revolucionaria profunda. Efectivamente se desarrolló una guerra muy profunda, aunque poco reconocida y visibilizada.

Para quienes participaron en la insurgencia, la Guerra Popular Revolucionaria no fue una aventura ni una decisión tomada a la ligera. Fue asumida como una necesidad histórica en las circunstancias de aquel momento. Las circunstancias fueron las que fueron. Pero una cosa es reivindicar la dignidad de quienes lucharon y otra muy distinta pensar que aquella experiencia deba repetirse.

Hoy no creo que una nueva guerra tenga posibilidades. Podría ser un gesto de heroísmo y de dignidad, pero el costo humano sería enorme y las posibilidades reales de alcanzar la transformación buscada serían mínimas.

Por eso ahora no acepto la idea de que agudizar las contradicciones sea, por sí misma, un camino hacia la transformación. Los costos son demasiados.

Pero tampoco creo en una adaptación resignada al sistema.

Entonces, ¿revolución o reforma? Quizás la pregunta está mal planteada. No creo que se trate de escoger entre abandonar el sueño de una transformación profunda o esperar pasivamente el momento en que las condiciones permitan una revolución. Se trata, más bien, de pensar qué podemos hacer hoy para avanzar en dirección a ese horizonte. Educación política, sí. Construcción de fuerza social y política, también. Alianzas, por supuesto. Organización desde las bases y desde los territorios.

Pero también necesitamos hacer transformación de la vida cotidiana ya.

El cambio no empieza únicamente cuando se toma el poder, mucho menos cuando sólo se está en el gobierno. Empieza en las relaciones que construimos entre nosotros, en la manera en que ejercemos la autoridad, en cómo resolvemos nuestras diferencias, en la forma en que tratamos a quienes piensan distinto, en nuestra relación con la naturaleza y en la capacidad de vivir de acuerdo con aquello que decimos defender.

Llevamos al enemigo dentro.

No lo digo como una metáfora para señalar a otros, sino como una llamada de atención sobre nosotros mismos. Reproducimos muchas veces, sin darnos cuenta, relaciones de dominación, autoritarismo, racismo, discriminación, competencia y privilegio que después pretendemos combatir en la sociedad.

Por eso la coherencia es un reto fundamental. No creo que podamos alcanzarla plenamente. Pero sí podemos ser honestos con nuestras propias contradicciones y esforzarnos por reducir la distancia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. También necesitamos reconocer nuestras posibilidades y nuestras limitaciones.

Cada quien hace lo que puede y lo que quiere.  Sé perfectamente que nadie transforma una sociedad trabajando solo. Sé también que una organización no gubernamental no sustituye la construcción de una fuerza social y política capaz de disputar el rumbo del país. Pero tampoco creo que trabajar en lo concreto sea necesariamente conformarse con lo existente.

Hay quienes asumen otros niveles de compromiso y buscan otros caminos. Es necesario que alguien lo haga. Lo importante es que ese compromiso se ejerza con integridad, convicción y coherencia. No todos tenemos que recorrer exactamente el mismo camino, ni la legitimidad de un compromiso depende únicamente de la forma que adopta.

No he dejado de soñar en grande. Lo que ha cambiado es mi manera de pensar cómo acercarnos a ese sueño. Necesitamos mantener el horizonte de una sociedad profundamente distinta, pero también preguntarnos qué es posible construir hoy, no para renunciar al futuro, sino para comenzar a construirlo desde el presente.

A veces decimos: “el cambio hay que construirlo desde abajo”. Y quizá también deberíamos dejar de pensar en nosotros mismos como “los de abajo”, no porque la desigualdad no exista, sino porque esa expresión puede terminar aceptando, sin quererlo, la misma relación jerárquica que pretendemos transformar. Prefiero hablar de construcción desde las bases, desde las comunidades y desde los territorios.

La transformación profunda no puede ser únicamente un discurso sobre el futuro. Tiene que expresarse en la manera en que vivimos hoy.

No sé si me he vuelto reformista. Tal vez sí. Pero si ser reformista significa reconocer los límites de las estrategias que ya no se corresponden con el momento actual, trabajar por cambios concretos y, al mismo tiempo, mantener viva la aspiración de transformar las estructuras de fondo, entonces acepto la etiqueta.

Soñar en grande no obliga a perder el sentido de realidad. Y pensar con realismo no debería obligarnos a dejar de soñar.

Creo que el verdadero desafío no es escoger entre revolución o reforma, sino encontrar caminos para construir, desde lo cotidiano, las condiciones sociales, políticas, culturales y humanas que hagan posible una transformación que hoy todavía parece lejana. Sin abandonar el sueño, sin repetir los errores del pasado, sin dejar de caminar.

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