San Martín Jilotepeque: “De aquí no me voy, aunque me maten”

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Créditos: derecho
Foto: Por el derecho a la memoria

Por Glenda García García

14 de septiembre 2019

Esas fueron las palabras de mi abuelo paterno ante la decisión de mi padre y mi madre de dejar nuestro pueblo.

Lo vi salir a decirnos adiós, llorando, mientras el camión se alejaba de aquella casa blanca, vieja, sobreviviente. Esa es la última imagen que guardo de aquel momento. 

Mi abuelo era un hombre arraigado a su tierra, hijo de la resistencia kaqchikel y de la dominación criolla. 

Se quedó solo. Nunca le pregunté qué hizo aquellos días, aquellas noches, qué comía, si hacía su siesta por las tardes, si seguía mirando la tele durante la cena, solo. Tomó la decisión de quedarse como otras tantas familias.

Mi padre y mi madre estaban en sus cuarenta, con cinco crías menores de 15 años a quienes debían proteger y cuidar. Irse era una decisión consciente, dolorosa, devastadora, que se vieron obligados a tomar porque mi padre había sido reclutado para patrullar y él no quiso participar. Dejó sus siembras, sus animalitos, su casa recién construida con sus manos. Mi madre dejó a su madre, a su padre, al resto de su familia. 

Había que empezar todo de nuevo y así lo hicieron. Llegamos a alquilar, por contacto de una tía, una casa en la carretera panamericana, por la salida a Zaragoza, rodeada de árboles. Personas conocidas nos recibieron con café, champurradas, talvez algo más de comer que no recuerdo. Era una tarde fría de noviembre, de los noviembres de antes, de viento fresco que murmuraba siempre.

No nos hablaron de por qué nos íbamos, no era necesario, el miedo estaba instalado y eso no se explica, se siente, se vive.

Foto: Por el derecho a la memoria

Mi hermana mayor vio cómo los soldados se llevaron a uno de sus compañeros del instituto, desarmado. Vivió de cerca la muerte del padre de una de sus mejores amigas, quien fue supuestamente asesinado por la guerrilla.

Las maestras de la escuela de mis hermanas, varias veces enviaron a sus alumnas de regreso a casa por el miedo a que el ejército o la guerrilla les hicieran algo.

Mi escuelita de párvulos, que era nueva, terminó baleada, lastimada. A dos de mis compañeritas de primaria les mataron a sus mamás. A una de ellas la mató el ejército cuando realizaba su trabajo como maestra. A la otra la mató la guerrilla en una emboscada en la que murieron más miembros de su familia. También se acusó a la guerrilla del asesinato de un familiar cercano. 

Foto: Por el derecho a la memoria

Era 1981. Era San Martín Jilotepeque, que apenas se estaba terminando de recuperar del terremoto. Mucha gente del casco urbano salió huyendo en camiones hacia Chimaltenango o la capital, mientras la gente en las aldeas se escondía en la montaña. En los meses siguientes fueron masacradas decenas de familias que eran vistas como una amenaza para el Estado y no pudieron escapar. Era la guerra. Eran otros tiempos.

Mi abuelo murió de forma natural a finales de los noventa. Mi padre también volvió y retomó su tierra, sus animalitos y su vida. Así nació y así morirá, y eso es bueno. Mi madre se dedicó a criarnos, nos amó y nos cuidó desde el primer día hasta hoy y hemos correspondido a ese amor de las maneras en que nos ha sido posible. Ella no está siempre de acuerdo en lo que hago, no porque así realmente lo considere sino porque como madre sólo quisiera protegerme. A pesar de eso siempre, en toda mi vida, desde niña, me dio libertad y me dejó ser. Mi padre nos enseñó una filosofía de vida y mi madre nos apoyó siempre para que estudiáramos y fuéramos profesionales responsables. Con esa base y con las filosofías que he sumado a mi vida, así ha sido el camino forjado. Y así seguiré.

La guerra terminó hace 23 años. Los acuerdos de paz no fueron papel como muchas personas sostienen, su mayor sentido e importancia histórica está en el hecho de haber terminado una guerra que nos hizo daño a todas las personas que habitamos en este pedazo de matria, incluso a los perpetradores. 

Desde la psicología social sabemos que para sanar socialmente es preciso hablar, analizar y comprender lo que nos ha pasado. Hace falta tener la capacidad de abstracción para comprender cuánto daño social hemos vivido y dolernos por ese daño, avergonzarnos, sentirlo, rechazarlo. 

Somos una sociedad de posguerra y estamos viviendo un tiempo que nos requiere firmes en la convicción de que una mejor sociedad es posible, es la luz que siempre tendrá brillo y es bajo su amparo que debemos seguir en el camino, aunque el lado oscuro quiera imponerse nuevamente.

El silencio Nunca Más.

Fotografías tomadas por el médico David M. Rosenfeld y su viuda Sarah Greaves, quienes trabajaron en San Martín Jilotepeque entre 1973 y 1974. David murió el 25 de diciembre de 1980 y su hija nos ha compartido este juego de fotografías para las Memorias de San Martín Jilotepeque.

Autoría y edición

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