Por Kajkoj Máximo Ba Tiul
Hace algunos años en una reunión que se realizó en las oficinas de un organismo internacional, cuando se le cuestionó a alguien[1] la forma folclórica de cómo trataba la situación indígena dijo: “¡Ustedes no agradecen que ya hemos cambiado, yo hasta hace unos meses era racista y cuando me di cuenta que no debería ser así, cambié!”. Recuerdo que en ese momento se le respondió: “pues también esas expresiones, son racistas” y se enojó.
Cuando comenzamos a hablar de multiculturalismo e interculturalismo en el país, siguiendo los documentos de Walzer, Kymlicka, Taylor, Giménez y otros autores más, muchos de esos conocimientos sistematizados en documentos, algunos por “indígenas y no indígenas”, con financiamiento internacional, sobre todo de NN.UU, fue cuando comenzamos a hablar del multiculturalismo nominal. “Solo se manifestaba en los discursos políticos”, como los discursos indigenistas de 1940 y la incorporación de indígenas en el Estado desde el gobierno de Arzú, Portillo, Berger y Colom. Este este último fue quien lo llevó a su mayor nivel, al poner a la par de la bandera de Guatemala, la supuesta bandera maya,[2] y presentarse como el “guía espiritual kaxlán convertido a lo maya”, como una especie de blanco saliendo del clóset, es decir; “blancos no racistas”, “blancos amigos de los indios”.
Después de muchos años seguimos escuchando y viendo lo mismo. Hemos caminado y cuando volteamos a ver, vemos que hemos caminado mucho, pero nada o poco ha cambiado. Un Estado que sigue siendo instrumento de las élites y ahora también del crimen organizado. Una sociedad que sigue sin cambiar su actitud racista y discriminadora, reproduciendo lo que las élites construyen y distribuyen, acusando a los pueblos a no querer el “desarrollo” y cooptando indígenas “permitidos”, acostumbrados al folclor.
Los pueblos originarios que defienden su “sutam” y su “komon”, asediados por la “inversión” del capital, bajo la mirada complaciente y servil de gobiernos y Estado colonial. Estos pueblos asediados se niegan al modelo de desarrollo monetarista, se oponen a leyes como: la Ley Trecsa, una Ley de Aguas mercantilista, políticas públicas asimilistas, integracionistas e indigenistas, que pretenden seguir privatizando los territorios indígenas. Pueblos que viven a diario desalojos y despojos, a causa de la ambición de los dueños del capital que derraman “racismo y discriminación”.
Así como lo hicieron con los planes de electrificación, desde Arzú hasta hoy o con los planes de territorios y áreas protegidas, llamadas “reservas”. Son decisiones jurídicas, que tienen el delito de la colonia, de desconocer y no respetar el derecho que tienen los pueblos al autogobierno y a vivir dignamente en sus tierras y territorios comunales. Nada ha cambiado desde el requerimiento hasta hoy.
Los pueblos asediados, desalojados, expoliados, se levantan, intentan emanciparse o intentan dar el primer paso para su liberación, reclamando derechos, como la autonomía o libre determinación o cuando exigen, como lo están haciendo ahora, que se respete “su palabra”, porque se han sentado a platicar con el presidente, o hacer más de 700 propuestas de Ley de Aguas, en encuentros regionales, nacionales y locales. Las élites, desde todos los campos que controlan -político, económico, académico, religioso -, “simulan entender a los pueblos”, como si estuvieran convencidos que el camino es hacer lo que los pueblos demandan[3], pero solo distraen para avanzar con su modelo perverso de acumulación y expoliación.
Estas formas “hipócritas” y de “sinvergüenzas”, utilizadas tradicionalmente por los grupos de poder, han servido para que ahora hay “empresarios y empresarias mayas”; contratan a dirigentes indígenas para “puestos de expertos indígenas”, sobre todo si han liderado estructuras indígenas “supuestamente fuertes”; contratan a guías espirituales mayas para sus actividades de turismo, se reúnen a tomarse el café con “personas indígenas considerados representativos”. Hacen donaciones y becas a asociaciones indígenas[4] y fomentan el folclorismo indígena, con danzas, tejidos, ceremonias, etc., considerándolas como acciones afirmativas, pero objetivamente son acciones racistas y discriminadoras.
Dinero, leyes y puestos de consolación, son acciones de los grupos de poder y del capital, que profundizan el racismo y la discriminación hacia los pueblos originarios, aunque aparenten ser amigables con nosotros. De ahí que las palabras de Antonio Pop sigan siendo importantes, cuando dijo: “no sólo se está poniendo de moda, sino sobre todo se ha vuelto motivo de negocios, hablar, discutir, escribir, pintar, y hasta escenificar los temas de la vida indígena”[5], pero al indígena que reclama tierra, territorios y el respeto a sus derechos, “todos lo ignoran”.
[1] No digo el nombre, para no dañar susceptibilidades.
[2] Supuestamente, porque la civilización maya nunca tuvo las banderas como símbolo. Lo que hoy se conoce como “bandera maya”, es una réplica de la “Whipala Andina”, traída a estas tierras, por indígenas turistas, que comenzaron a ir a los eventos internacionales.
[3] Para comprender este, creo que es importante analizar los libros de Teun A. Van Dijk, relacionado a los discursos sobre el racismo que hacen las élites.
[4] https://www.facebook.com/photo?fbid=1517653707067729&set=pcb.1517663467066753, visto última vez el 13 de agosto de 2026.
[5] Pop, Antonio, Replica del Indio, a una disertación ladina, https://red.minedu.gob.bo/repositorio/fuente/6639.pdf visto última vez, el 16 de agosto de 2026.



