Por Juan José Hurtado Paz y Paz
El pasado 9 de agosto se conmemoró el Día Internacional de los Pueblos Originarios. Con ese motivo, conviene reflexionar sobre distintas opresiones que se entrelazan y refuerzan mutuamente para fortalecer un sistema de opresión y explotación.
Quizás sea útil comenzar con definiciones sencillas al respecto. Racismo es una ideología y práctica de discriminación por el origen étnico que sirve para justificar la opresión y explotación de grupos que se asumen superiores a quienes ven como inferiores. El clasismo es la creencia de que quienes ocupan están “arriba” en la estructura social por su riqueza, apellido o posición son superiores a quienes conforman las mayorías trabajadoras. La discriminación es dar un trato desigual a quienes se consideran inferiores por distintos motivos: de género, clase, origen étnico, edad, orientación sexual, discapacidad o cualquier otro motivo.
Como herencia de su historia, Guatemala es un país terriblemente desigual, donde impera el racismo, el clasismo, el machismo y la discriminación. No se trata únicamente de actitudes individuales; es un sistema que reproduce esas desigualdades porque le es útil.
Lo peor es que no es una relación simple de victimario y víctima, sino que es mucho más complejo porque quien discrimina también deshumaniza una parte de sí mismo, mientras la víctima termina apropiándose de la ideología de quien le discrimina, lo que se ha llamado la “internalización del opresor”.
Personalmente he vivido poco estos fenómenos en carne propia pues soy hombre, mestizo, de origen urbano, de capas medias, piel llamada “blanca”, ojos claros, rasgos que me favorecen. Pero he vivido muy de cerca el racismo y la discriminación en contra de mi propia familia inmediata, amigos cercanos y en toda la sociedad.
Estudié mi infancia en un colegio bilingüe inglés-español de personas adineradas. Desde allí percibí esa discriminación pues las secciones se dividían en tres que de hecho diferenciaba entre los originarios de Guatemala con poco manejo del inglés (Sección 1), los intermedios (Sección 2) y la sección de los que dominaban el inglés y personas extranjeras (Sección 3); de manera que los últimos se asumían superiores a los primeros. Además, se hacía la diferencia entre estudiantes ordinarios (que obviamente sus padres pagaban más) y becados.
Recuerdo de entonces dos anécdotas que me sacudieron:
La primera es de una niña morenita, becada, que celebraba sus 15 años. Nos invitó a su fiesta por ese motivo en su casa de vivienda en la Colonia Carabanchel de la zona 11 de la ciudad de Guatemala, barrio de capas medias. Al entrar a la casa los compañeritos de estudio se encontraron con la familia y amigos del barrio y uno de los compañeritos dice: “Ala. ¡Qué shumada!, vámonos”. Y los demás se sumaron al rechazo y salieron de la casa para ir a un restaurant cercano, dejando sola a la quinceañera y su familia.
La otra fue con motivo de una excursión que íbamos a hacer al volcán de Agua acompañados por el papá de uno de los participantes. Pasamos a buscar en vehículo a los participantes de la excursión, incluyendo a un niño también de piel morena, ojos achinados, becado igualmente, que vivía en la zona 1, cerca del Cerrito del Carmen. El adulto que nos acompañaba, en la conversación y tratando de conocer quiénes éramos, le pregunta al niño: “¿Mirá, y qué es tu papá?” Y el niño le respondió: “Mi papá no es nada.” El adulto, con ideas progresistas, reaccionó y le dijo: “Cómo así, porque seguramente tu papá hace algo, trabaja en algo.” Entonces el niño contesta: “Sí, el tiene este oficio, pero no estudió en la Universidad y no se graduó de nada.”
Ambos niños eran mestizos, por lo que no se trataba de racismo ladino-indígena. Ambos niños eran extremadamente inteligentes, por lo cual se encontraban becados. La diferencia era su color de piel y su estatus social. Y en el segundo caso, un ejemplo claro de la interiorización del opresor y de la falsa idea de que “es” quien posee un título universitario.
Incluso esa diferenciación la percibí en las propias ONGes internacionales en las que trabajé, donde se marcaba la diferencia entre los del Norte (los canches o cheles) y los del Sur (morenitos). Recuerdo que en una ocasión que se debía hacer una evaluación de un Programa y alguien del Norte puso en duda si en Guatemala había gente capaz de hacer una evaluación de la calidad requerida.
Pero también puedo hablar del racismo por origen étnico. En una oportunidad, conversando con una compañera de trabajo, le digo: “en general, las personas guatemaltecas somos amables”. Y me responde firmemente: “Depende, Juan José. Cuando voy vestida de ladina me tratan de una manera, distinto a cuando porto mi indumentaria maya.”
Otra imagen que guardo del racismo asumido ocurrió en los años setenta del siglo pasado en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Caminaba por la avenida Insurgentes cuando vi que, en la misma acera, se encontraron en direcciones opuestas una señora ladina coleta y una mujer maya tzotzil. Al cruzarse, la mujer indígena se bajó de la banqueta para ceder el paso a la mujer ladina, quien continuó su camino sin siquiera mirarla. Nadie dijo una palabra. Parecía un gesto natural. Sin embargo, aquel pequeño acto revelaba cómo siglos de dominación colonial habían sido asumidos como parte del orden cotidiano.
Recuerdo también cuando se puso de moda entre algunas mujeres mestizas usar güipiles mayas, así como aretes y collares utilizados por mujeres indígenas. En una ocasión escuché conversar a dos mujeres acomodadas. Una le contaba a la otra: “Fíjate que fui al mercado y vi a una mujer indígena con unos aretes lindísimos. Le pregunté si me los vendía y aceptó.” La otra le respondió: “¿Y te los pusiste?” “Claro, pero primero los lavé y desinfecté muy bien.”
Esta anécdota resume algo muy arraigado: se admira la belleza de los tejidos y del arte maya, pero se desprecia y se teme a las personas que las crean y las usan cotidianamente. Es la misma lógica que convierte la cultura Maya en objeto de admiración mientras invisibiliza o discrimina a los pueblos originarios. Es la misma lógica que presenta a los mayas como una gran civilización del pasado, mientras invisibiliza a los pueblos mayas vivos, a quienes, a lo sumo, folkloriza.
No es casual que el racismo sea particularmente profundo en sociedades donde las estructuras coloniales y esclavistas, con fuertes jerarquías étnicas, se consolidaron durante siglos. Guatemala, Chiapas, Yucatán y otras regiones de Mesoamérica y América Latina comparten esa herencia histórica, cuyos efectos siguen presentes hasta nuestros días.
El machismo forma parte de esa misma lógica de dominación. Se expresa en la idea de que los hombres son superiores a las mujeres o tienen más derechos que ellas; en la desvalorización de su palabra, en la distribución desigual de las responsabilidades de cuidado, en la violencia cotidiana y, en sus formas más extremas, en las agresiones y los femicidios.
También afecta a los propios hombres, a quienes desde niños se nos enseña que no debemos llorar, mostrar miedo o expresar ternura porque eso ‘es cosa de mujeres’ y, por tanto, signo de debilidad. Como el clasismo y el racismo, el machismo no es un hecho natural, sino una construcción social que se aprende y se reproduce.
Si el clasismo, el racismo, la discriminación y el machismo son aprendidos, también pueden desaprenderse. Ninguna niña o niño nace creyéndose superior a otra persona por el color de su piel, la riqueza de su familia, el idioma que habla o por haber nacido hombre o mujer. Esas ideas se transmiten en el hogar, en la escuela, en los medios de comunicación, en las iglesias y en la sociedad. Por eso, la educación es indispensable: allí pueden comenzar a transformarse las formas de pensar, de relacionarnos y de reconocer la dignidad de las demás personas.
Pero educar para la igualdad no es suficiente si las estructuras económicas, sociales y políticas continúan reproduciendo privilegios para unos y desigualdades para otros. No basta con cambiar las ideas si permanecen intactas las condiciones que sostienen y reproducen esas desigualdades.
El desafío, por tanto, es transformar simultáneamente nuestras relaciones cotidianas y las estructuras que organizan la sociedad, para construir un país donde el origen étnico, el color de la piel, el apellido, la riqueza, el género o cualquier otra diferencia no determinen las oportunidades ni el valor que se reconoce a una persona. Una sociedad justa no es aquella en la que aprendemos simplemente a tolerar nuestras diferencias, sino aquella en la que esas diferencias dejan de ser utilizadas para establecer jerarquías, privilegios y desigualdades.
Nuestro compromiso debe ser, entonces, construir una sociedad donde la diferencia nunca sea motivo de desigualdad; donde toda persona sea reconocida con la misma dignidad y el mismo respeto; y donde las estructuras económicas, sociales y políticas dejen de reproducir los privilegios de unos a costa de los derechos de otros.



