Por Wellinton Osorio
En este país hay una forma de ejercer el poder a la que casi nunca se le llama por su nombre. No es porque falten las palabras, sino porque nombrarla obligaría a algunos a voltear a ver los pueblos de la periferia; y eso les queda lejos. Sin embargo, la palabra existe desde hace siglos y sirve para lo que queda cuando una municipalidad deja de ser una institución pública y empieza a administrarse como que fuera una finca, con su patrón, sus peones, sus favores y el heredero designado, ya sea para quedarse mandando o para hacerse carrera política en otra parte, una suerte de “feudalismo municipal”.
Cualquier estudioso puede desbaratarme el término y no importa mucho, porque el nombre se puede discutir todo lo que se quiera y el municipio va a seguir funcionando igual mientras se discute. Lo que define a un feudo son las relaciones que se construyen ahí dentro, más que la crueldad del “señor”, que aparece y desaparece según la temporada. Ahí uno vive de la buena voluntad de alguien a quien le debe quién sabe qué, la gente entra a la municipalidad debiendo favores y el poder se hereda por tener cierto apellido. Y lo más incómodo del asunto es que todo esto puede pasar con elecciones cada cuatro años con múltiple oferta de partidos políticos y con una “buena institucionalidad” que organiza el proceso sin que nadie tenga que romper ninguna regla.
Aprendimos a discutir sobre la captura del Estado, el Pacto de corruptos, los magistrados, las cortes, todo el aparato nacional. Pero lo municipal casi siempre se queda afuera del análisis político, como si fuera un asunto menor y no una forma de poder con historia y un proyecto propio. Cuando lo local aparece en la conversación nacional, lo hace como una anécdota, como una nota roja, casi nunca como un analísis serio, a pesar de que estos feudos son los que le ponen estructura electoral a los partidos que se van rotando en el poder.
Y mientras no lo miramos, ahí lleva décadas funcionando. Tomo algunos ejemplos y reflexiones que he acumulado durante algún tiempo. No porque en otros municipios del país no existan estas formas, ni porque sean menos importantes, sino porque están próximas al territorio que habito.
No hay que irse muy lejos a buscar ejemplos, basta con ver los municipios que rodean la ciudad, los del norte y el oriente del departamento de Guatemala, que llevan décadas gobernados por las mismas familias sin que eso sea un secreto para nadie, o quizás lo que pasa es que ya nos acostumbramos.
En Chinautla, los Medrano estuvieron 28 años y, cuando al señor le cayeron 29 años por asociación ilícita, fraude y lavado, en el caso que la FECI llamó “Municipalidad de Chinautla: un negocio de familia”, la alcaldía pasó a manos de la sobrina; en San Pedro Ayampuc el abuelo gobernó 24 años y el nieto tomó el relevo como si fuera cuestión de apellido; en San José del Golfo el papá gobernó más de una década y hoy la alcaldesa es su hija, con el papá de jefe de campaña por si acaso; y en la montaña de Palencia, Beto Reyes gobierna desde 2004 y ahora anda moviendo todo para posicionar a su hijo.
Nada de esto es accidental, es un método bien aprendido que conviene desarmar y se puede empezar por lo raro que es, que el señor feudal se presente como parte del campesinado y no como parte de la nobleza. El mismo que tiene las grandes extensiones de tierra se sube a las tarimas, que a veces él mismo manda a hacer, a decir que él también es hombre de campo, que él también madruga antes que el sol. Y esa es la pieza que sostiene un entramado, no un desliz de campaña, porque un patrón que se asume patrón produce resentimiento, mientras que uno que se disfraza de siervo produce identificación, y de ahí sale su voto.
¿Por qué algunos políticos feudales se fuerzan e intentan llamarse a sí mismos “campesinos”?
Cuando uno de estos señores feudales o políticos se autodenomina “campesino”, usando a veces frases como “yo también soy un hombre de campo” o “vengo de raíces campesinas”, suele responder a intenciones tácticas bastante reconocibles y aunque crea que le funcionan, muchos ya nos dimos cuenta.
Una de estas estrategias es un lavado de cara político para despojarse del peso de la violencia, el despojo y la desigualdad asociados a su riqueza, para generar así una falsa empatía electoral con las mayorías subalternas.
Sin embargo, para desarmar esta estrategia es fundamental entender que el concepto de “campesino” no es un asunto geográfico ni un estilo de vida. El campesinado es ante todo un planteamiento de clase.
Reivindicar al campesinado exige reconocer su lugar dentro de las relaciones de producción. En esta estructura, el campesino se sitúa históricamente como el sujeto que trabaja directamente la tierra para la reproducción de la vida y que padece la subordinación del sistema.
Por lo tanto, el “terrateniente” o “señor feudal” que opera desde la figura del poder (político repulsivo) jamás podrá llamarse “campesino”. Su posición real es la de quien domina el territorio, silencia las demandas populares y captura los recursos del Estado para su propio beneficio. La sequía de este año lo deja claro, porque en las aldeas de Palencia hay campesinos que perdieron toda la cosecha y se quedaron sin comida y sin semilla para la siguiente siembra, mientras el que se dice campesino desde la tarima no perdió nada.
De dónde saldrían estas ideas “estratégicas” de este señor feudal, bueno, de su libro favorito, en el capítulo XVIII de El Príncipe se cita: “No es necesario que un príncipe posea todas las virtudes, pero es muy necesario que aparente poseerlas. Y hasta me atreveré a decir que si las posee y las practica siempre, le serán perjudiciales, mientras que si aparenta poseerlas, le serán útiles.”
A eso de llevar décadas en la “silla” y pasar por cinco o seis partidos sin que nadie le pregunte nunca en qué cree, la CICIG le puso un nombre más técnico cuando llegó al caso de Medrano, red político-económica ilícita a nivel municipal, y el tribunal que lo condenó lo dijo más claro todavía, que había convertido la municipalidad en su centro de operaciones. Lo que describe el expediente no es una mafia sofisticada, es un feudo. La municipalidad contrata a las empresas de la familia, la familia ocupa los cargos que deberían fiscalizar esas contrataciones y el poder político se renueva en cada elección para que la cosa siga igual. El propio expediente hizo constar que esa manera de operar no se quedó en Chinautla y se extendió a otras municipalidades. Yo lo que veo es que la vieja guardia del norte y el oriente del departamento de Guatemala lleva décadas gobernando con esa misma lógica, y cualquiera lo puede ver en San Pedro Ayampuc, en San José del Golfo y en Palencia, con distinto apellido pero el mismo oficio del señor feudal.
Todos estos regímenes municipales aprendieron exactamente lo mismo, aparentar la virtud sin tener que practicarla, aliarse siempre con el partido oficial de turno para que no falten los proyectos y las “ayudas”, convertir los favores en un método de gobierno.
Cuando reducimos todo esto a nepotismo se nos escapa lo principal, porque nepotismo suena a que el problema es el apellido. Lo que estos señores heredan no es la silla, es la estructura completa, los proveedores de siempre, las lealtades cobradas favor por favor, los COCODES amansados, la estructura de fieles al feudo. Chance esto se entiende mejor con lo que planteaba Gramsci, cuando dijo que el poder no se toma de un solo golpe sino que se va construyendo despacio, ganando posiciones y fabricando consenso hasta que gobernar ya no necesita imponerse porque se volvió parte del sentido común; solo que aquí ese consenso no se fabricó con ideas, se fabricó con favores.
Hay algo todavía peor sobre estos feudos municipales, que resultaron resistentes a las inclemencias de la coyuntura, pasó la CICIG, pasaron las investigaciones y capturas, cayó hasta el propio Medrano con condena y todo; cambió el gobierno central y los feudos siguieron ahí, cambiándose de partido con la misma facilidad con que uno se cambia de camisa. El problema entonces no son las mañas de unos cuantos, es una forma de ejercer el poder local que ya aprendió a sobrevivir cualquier cosa que pase un poquito más arriba, aunque sobrevivir no es lo mismo que significar algo, porque siguen mandando ahí adentro con el mismo control de siempre, mientras hacia afuera, de tanto esconderse, se quedaron sin nada que decir en las discusiones de hoy; lo que aguantó fue la maquinaria y lo que se agotó es su capacidad de explicarse, y aun así siguen sirviendo, porque de estos feudos sale la masa social que muchos partidos necesitan para llegar a gobernar.
El feudalismo político de uno de estos municipios, que durante tanto tiempo vivió a la sombra de la sombra de las sombras para evitar ser observado, hoy se está muriendo a plena luz. Con suerte es una autocracia en deterioro, con la hegemonía hecha pedazos. El culto a la imagen es ahora un velorio anunciado donde nadie acompaña, donde el café se sirve como agüita de calcetín, viejo y desgastado. Tengan cuidado todos, porque el gigante con pies de barro intenta heredar su castillo de naipes; es tan estudioso de Sun Tzu y El Arte de la Guerra que sería capaz de encarnar esa famosa frase que ni siquiera aparece en el libro, aquella que dice que el gobernante cobarde es capaz de prender fuego a su propio pueblo con tal de reinar sobre sus cenizas. Y todo esto se entiende mejor en un municipio como Palencia, no porque sea el peor ni el más escandaloso, sino porque es el único de los cuatro donde la herencia todavía no se consumó.
Empecemos por donde más les incomoda, que son los datos del propio Estado, no los míos.
En Palencia se ha vuelto demasiado cómodo hablar de “desarrollo” como si la palabra bastara para tapar 20 años de estancamiento. El problema es que los datos del propio Estado no acompañan esa narrativa. Los Mapas de Pobreza 2023 de SEGEPLAN colocan a Palencia con un 33.2% de pobreza general y 4.4% de personas en pobreza extrema. En el departamento de Guatemala es el que cuenta con mayor urbanización y con más recursos del país. Palencia aparece como el cuarto municipio con mayor pobreza, y eso no es un detalle menor, porque significa que el municipio se quedó atrás justamente en el departamento donde había más con qué avanzar. Lo que debería bajarle el volumen a cualquier discurso triunfalista es que esas cifras son prácticamente las mismas de hace 20 años.
Que el municipio quede a una hora de la capital no arregla nada por sí solo, porque un municipio puede tener mucho cemento por metro cuadrado y seguir sin empleo, sin agua y con la gente yéndose a buscar la vida a otra parte.
Por eso resulta tonto, casi ofensivo, que la discusión política local se reduzca a quién canta mejor, quién se sube al escenario, quién arma más ruido en un jaripeo o quién presume más su finca, sus siembras, su negocio o sus carros. La administración pública municipal es una responsabilidad institucional y no un palenque, una finca o una empresa familiar, y por eso requiere saber leer un presupuesto y un territorio, y entender que la pobreza no se resuelve con gestos de caridad ni con ocurrencias de campaña.
Ya sabemos en qué termina cuando se le entrega el servicio público a empresarios y finqueros que confunden gobernar con mandar. En un municipio esa mentalidad se vuelve peligrosa porque traduce los problemas colectivos en favores personales, y entonces el agua se vuelve un favor, la ayuda otro favor y el empleo se cobra con lealtad. Cuando todo se administra como propiedad privada, la ciudadanía deja de ser sujeto político y pasa a ser clientela.
Por eso hay que mirar con más seriedad a quienes ya se están promocionando, al político de TikTok, al candidato de rodeo, al empresario reciclado y al finquero con discurso de benefactor, porque no basta con que tengan carisma, plata, seguidores o un su micrófono. Hay que preguntarles qué entienden por pobreza, qué postura tienen frente a la crisis nacional, frente a la corrupción y captura de la política, cómo piensan sobre el agua, qué harán con la migración, cómo van a enfrentar la desigualdad entre comunidades, qué tipo de economía local proponen y con qué equipo técnico van a gobernar. Lo ideológico sí importa, porque una municipalidad puede servir para fortalecer derechos o para reproducir dependencia, puede planificar bien la vida en un territorio o repartir favores, puede abrir la participación o cerrarse en pactos y negocios de compadres.
En el 2023 todavía vimos ideas de algunos candidatos que parecían sacadas desde la ocurrencia y no desde el análisis. Hubo propuestas que resumían la “ayuda a los pobres” en talar un bosque para luego regalar cajas de muerto, como si la pobreza fuera solo tragedia, carencia y asistencia. Ese tipo de mirada no entiende que la pobreza también es no tener cómo salir de ahí, ni tierra propia, ni escuela cerca, ni agua que llegue todos los días. En Palencia hay personas pobres con cierta estabilidad material, pero atrapadas en múltiples dimensiones de vulnerabilidad. Esa es precisamente la parte que el populismo no entiende.
Porque la pregunta no es quién “ayuda” sino quién comprende, y eso se nota en quién reconoce que el municipio no le pertenece.
Este no es un pleito de aldea. La municipalidad es, para la mayoría de la gente, el único pedazo de Estado que alcanza a tocar en toda su vida, el único lugar donde uno va a pedir algo y le responde alguien con cara. Si ese pedazo de Estado está privatizado, repartido como herencia familiar, entonces la ciudadanía nunca llega a existir de verdad, porque uno no se para frente a un señor feudal a exigir derechos, uno va a pedirle un favor con el sombrero en la mano. Y ese daño no se mide en quetzales desviados, se mide en generaciones que crecieron creyendo que así funciona la política y que no hay otra manera.
El silencio dice más que los discursos, porque los que hoy andan promocionándose para heredar este feudo no solo no responden ninguna de esas preguntas, tampoco abren la boca para hablar de lo que está pasando en el país. Ninguno está a la altura de esas discusiones.
Estamos a las puertas de las elecciones de Contralor General, se implantó, por sugunda ocasión, un fraude en la rectoría de la USAC, se desarrollaron las elecciones de magistrados del TSE y de la CC. Ninguno de los señores que frecuentemente sueltan verborrea política para promocionar sus candidaturas y campañas anticipadas (aunque le llamen formación, que de formación quizás solo tienen las filas que ponen a hacer a la gente para darles alguito en sus reuniones), ninguno dijo nada. Escribir, que se llame escribir, tampoco.
Hay discusiones de país que cercan y atentan contra lo local: la Contraloría y el TSE les pueden truncar sus sueños húmedos de querer ser alcaldes y retorcerse en la silla de rueditas de la municipalidad. Algunos se llenan la boca de propuestas de mejora, pero nada dicen de la CC, que puede bajarse cualquier proyecto municipal o de gobierno; nada dicen de la USAC, que tiene silla en muchas de las decisiones nacionales y que es la única universidad pública que podría recibir y formar a los cientos de jóvenes campesinos, rurales y empobrecidos de Palencia, para darles una formación que permita un verdadero desarrollo y no maquilar el conocimiento como hoy lo hace.
Así, hay cientos de discusiones de país que nos competen en lo local: el proyecto de ley de aguas, la seguridad y prevención que muchos por ahí atizan con discursitos bukelistas, los programas sociales y los modelos de desarrollo económico y de participación social, las reformas constitucionales. Tantas cosas realmente políticas de las que muchos podrían estar hablando en esas sus disque jornadas de formación y capacitación, pero prefieren escribir “digital” con jota…
No están compitiendo por gobernar un municipio, están compitiendo por el puesto de próximo señor feudal, y para eso no hace falta tener postura sobre nada.
Pero el tiempo se les está acabando y ellos lo saben perfectamente, aunque hagan como que no, y de ahí viene todo el ruido de estos meses, las ferias pagadas con fondos municipales, los micrófonos, las fotos con la gente, las jornadas de formación donde no se forma nadie, que no es fuerza sino prisa, y la prisa siempre se les nota.
Así que la pregunta para Palencia no es quién gana la próxima elección, esa es la pregunta superficial, la de fondo es si vamos a quedarnos viendo cómo el señor feudal que todavía le queda al oriente del departamento usa el feudo de trampolín para subir a su heredero a donde alcance.
Yo creo que no, que esta vez no tiene por qué ser así, porque un señor feudal sin siervos que le crean no es señor de nada, y eso es lo que le está empezando a pasar… a muchos “señores feudales”.



