Por Dante Liano
Al final de la historia, nadie recordaba de quién fue la idea. Pudo haber ocurrido en el apacible otoño de San Andrés, ese de las lluvias constantes, que llaman “temporales”, por el largo tiempo que se llevan, nada que ver con los de la costa, que duran una hora y son violentos, catastróficos y torrenciales. Al contrario, las lluvias otoñales eran constantes y suaves, regaban con una especie de cortesía los campos, y apenas si se mecían las copas de los cipreses, en los bosques montañosos. También pudo ser en las fiestas de Navidad y Año Nuevo, cuando la gente tiene más tiempo, y, como consecuencia, más fantasías. Lo cierto es que, en alguna reunión en el café cotidiano del portal de la plaza, se decidió convocar a un concurso literario, intitulado al Santo Patrón, el cual, obvio es decirlo, era el que le daba nombre al pueblo. Le encargaron al maestro de la escuela que redactara el bando del certamen, y el maestro no tuvo empacho en copiar literalmente uno que se encontró en Internet. Leído el cual, barbero, boticario y comisario declararon estar de acuerdo. Había que publicar el bando urbi et orbi, es decir, en el sitio web de la Municipalidad y en la sección departamental del mayor periódico del país. “A ver si se presentan concursantes”, dijo el barbero, pesimista. “¿A quién le va a interesar ser el cuentista galardonado en San Andrés?”. El comisario le puso una mano en el hombro: “Más de alguno. Los narradores andan por todos lados, como las hormigas. Los premios son el terrón de azúcar que, de vez en cuando, cae de la mesa”. “Vaya comparación”, comentó el boticario. “Usted no ganaría el premio ni a cañonazos”. Convinieron en no dar plazos muy largos, para poder convocar a otro premio el año siguiente, si les daba el cuero y el presupuesto. Cuando se venció la fecha de inscripción, el trío se quedó asombrado. Cien concursantes habían mandado sus composiciones y las cartas venían de todas partes del país. “Menos mal que no lo hicimos premio centroamericano o latinoamericano”, dijo el comisario. “Si no, no habría habido sitio donde guardar los manuscritos”. Sobra decir que el Jurado Calificador estaba compuesto por los tres organizadores, que se quedaron aterrorizados por la carga de trabajo que les esperaba. Puesto que se habían metido en el lío, no les quedó más remedio que ponerse a leer sin descanso.
La empresa fue menos difícil de lo que parecía.
Dieron, al fin, con la obra ganadora. Se trataba de una serie de relatos engarzados, independientes entre sí, pero de alguna manera conectados, de modo que el conjunto podría leerse como una novela. “Podríamos escribir”, dijo el barbero, “que hay una articulación estructural que construye la arquitectura de la narración”. Estaba sugiriendo qué poner en el acta de premiación. El comisario arrugó la nariz, como si fuera un sabueso que ha localizado la presa. “Vaya modo de decir las cosas”, criticó. “¿No se podría hablar de otro modo? ¿No existe una forma sencilla de decir las cosas?” “Tampoco las fórmulas matemáticas se entienden y no es que la gente esté pidiendo que las digan de otra manera”, se defendió.
Dicho lo cual y llegados a un acuerdo, procedieron a abrir el sobre sellado que contenía el nombre de quien había ganado el concurso. Comisionaron al barbero, quien sacó una tijera de su negocio, cortó con cuidado ceremonioso el sobre, lo abrió y leyó, en silencio. “Ah, caray”, exclamó. “Ganó el maestro de la escuela”. La novela alternaba largas descripciones realistas con capítulos de flujo de conciencia, en donde un dictador enloquecido preparaba masacres y fusilamientos justificados por sus delirios religiosos. No era difícil identificar a uno de los que había gobernado el país. En los pasajes realistas, el maestro había demostrado un buen dominio de los diálogos. En la parte de los monólogos internos, jugaba con el lenguaje y mimetizaba muy bien los devaneos de una mente enferma. Era la conjunción entre el compromiso político y la indagación psicológica. “Está bien”, dijo el comisario. “Vamos a premiar invención y denuncia”. Así se fueron todos contentos a sus casas, en espera de la premiación.
Lo que sucedió un par de meses más tarde habría sido el tema para otra novela y otro concurso.
El maestro, cuando supo que había ganado, comenzó una fiesta que duró quince días, con gran regocijo de sus estudiantes, pues las clases se suspendieron todo ese tiempo. Al final de la farra, los familiares lo recogieron en la última cantina del pueblo y se lo llevaron cargado como a un alma en pena, a evaporar todo el alcohol que se había bebido. Emergió de ese período como el que ha sido sumergido en agua helada: hinchado, colorado, adelgazado. Regresó a sus clases, y todo volvió a la normalidad, como si literatura, enseñanza y premios fueran un incidente pasajero e insustancial. Mientras tanto, los inventores del premio se dieron cuenta de que una cosa era convocar y escoger un ganador, y otra cosa era preparar la ceremonia de la premiación. Al fin, se decidió que se haría en el Teatro Municipal, el mismo en donde se representaba, cada año, Don Juan Tenorio. Se decidió hacer coincidir las fechas: primero el premio, luego la obra dramática.
Así se hizo. El primero de noviembre, con toda solemnidad de traje y corbata, se reunió medio pueblo en la construcción neoclásica que imitaba al Teatro de Quetzaltenango. En las primeras filas estaban los notables del pueblo, comprendidos los tres jurados calificadores, y en los extremos se sentaban las diez reinas de belleza, que iban de la cultura a la feria, de la infantil a la quinceañera, de la unión centroamericana a la departamental. Luego de las palabras del Alcalde, del Cura, del representante del gobernador, del representante del Ministerio de Cultura, y, en fin, de la Presidenta de las Damas de la Caridad, se proclamó al vencedor del primer concurso literario de San Andrés. El barbero fue el encargado de leer el acta de premiación; el boticario entregó al ganador un diploma dibujado con glifos mayas y el comisario le entregó el cheque de mil pesos con que se coronaba el evento. Al fin, pues, tomó la palabra el maestro de escuela, quien dijo lo siguiente, luego de los saludos protocolarios:
“No pienso agradecer a nadie el haber recibido este premio. Si me lo han dado, es porque me lo merezco” (Murmullos estupefactos). “Sí señoras y señores, me lo merezco, porque mi obra no es la obra de un solo artista, sino es la voz del pueblo. El pueblo, que me ha prestado su voz, y yo, que le he prestado mi voz al pueblo, para denunciar las tropelías y los abusos de un dictador que todos conocemos”. (Murmullos de aprobación, porque ese dictador había caído hacía dos años). “En esa novela, para escribir esa novela, he sido poseído por el demonio del arte, que García Lorca llamaba el duende. Por eso fluye la conciencia enferma del asesino, del déspota, del carnicero que nos gobernó por tantos años”. (Silencio de espera). “Ahora bien, puesto que mi obra es una obra popular, no puedo aceptar esta limosna que me da la burguesía de este pueblo de San Andrés. Rechazo, en nombre de las masas proletarias, el mendrugo que ustedes” (señala a los miembros del jurado, desconcertados) “que ustedes pretenden humillarme” (la sintaxis se fue por el tubo), “que pretenden comprarme, que pretenden avasallarme”.
El maestro movió su joven melena negra de un lado para otro, como si fuera un director de orquesta en las notas del clímax de la obra. Luego, levantó el cheque hacia la platea, para que todos lo vieran. Y remató su performance con un gesto espectacular: rompió el cheque en muchos pedacitos. En un teatro como el de San Andrés, en el que los espectadores se sentían autorizados a participar en las obras, y más de alguna vez habían acabado con un espectáculo a causa de los bochinches que armaban, la provocación del maestro fue una invitación al desmadre y a la algarabía. Quienes chiflaban, quienes gritaban, quienes golpeaban el piso de madera con los tacones de sus zapatos. Demás está decir que no se pudo representar el Tenorio.
Al día siguiente, mientras el viento les recordaba que era dos de noviembre, el barbero y el boticario bebían un café, en el portal de la plaza. Comentaban, amargados, el resultado del concurso. “Primero y último”, dijo el barbero. “¿Cómo se nos fue a ocurrir semejante cosa?”, añadió el boticario. En eso, se les unió el comisario. Los miró despacio, acercó una silla a la mesa y ordenó un café negro. Los dejó desahogarse. “Les traigo una noticia”, les dijo, con una especie de sonrisa en la boca. Los dos lo miraron extrañados. “Después de lo de anoche”, comentó el barbero, “¿qué noticia nos puede dar?” “Agárrense”, les anunció el comisario. Y soltó: “El maestro acaba de cobrar el cheque en la agencia de la esquina”. Hubo un silencio glacial. “Pero si lo rompió anoche, delante de todos”, objetó el boticario. “Eso parecía”, dijo el comisario. “En cambio, rompió un papelito que llevaba entre la bolsa, igual a un cheque. Nos engañó a todos. Y lo peor de todo, no hay delito. No podemos hacer nada”.
Habían pasado las lluvias del otoño, y el frío hacía flotar nubes grises en el cielo amplio, siempre muy amplio, de San Andrés.



