Sabores Kaqchikeles que cruzan la frontera entre la vida y la muerte

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Créditos: Joel Solano

El vapor del atol recién cocido, el aroma del pino picado y el dulce de ayote inundan los hogares de San Juan Comalapa cada uno y dos de noviembre. Lejos de ser una simple costumbre, la preparación de alimentos ancestrales es un ritual sagrado: una mesa servida con esmero para guiar el camino de los difuntos de regreso a casa y asegurar que, al cruzar el umbral entre la vida y la muerte, las ánimas encuentren el abrazo cálido de su familia a través de los sabores de su tierra.

Por Joel Solano

Detrás de este despliegue de fe y memoria se encuentran las guardianas de la tradición: mujeres que han heredado de sus abuelas y madres los secretos de la cocina ceremonial y el protocolo del altar. A través de sus testimonios, historias y recuerdos, es posible reconstruir un ritual donde cada ingrediente, desde la primera taza de café hasta la última tortilla servida al mediodía, guarda un significado profundo.

En San Juan Comalapa, la conmemoración del Día de los Santos y de los Difuntos cobra vida a través del testimonio de sus mujeres, quienes mantienen encendida la memoria de sus seres queridos. Entre el aroma del café matutino, la preparación de alimentos tradicionales y el esmero en el cuidado de los hogares, la cotidianidad se teje con gestos de profunda devoción. Las tradiciones familiares y los rituales ancestrales se conservan, así como un puente indestructible entre generaciones del pueblo Kaqchikel.

El llamado de las ánimas y las enseñanzas de Doña Eusebia

Con el propósito de preservar las costumbres locales, Doña Eusebia Similox, a sus 79 años, explica cómo las familias alistan sus hogares para dar la bienvenida a las ánimas. La preparación abarca desde el meticuloso cuidado de las plantas y los patios adornados con flores de muerto, hasta mantener las puertas abiertas y elaborar platillos tradicionales como el atol, el frijol blanco, los elotes y el güisquil.

Doña Eusebia relata los detalles de su hogar y cómo organiza los preparativos y las compras dos días antes del uno de noviembre. Según recuerda, antes las familias comenzaban desde muy temprano para recibir el momento con devoción. La iglesia organizaba la solemne procesión para trasladar a la Virgen del Carmen hacia el templo del Calvario, la cual salía puntualmente a las nueve de la mañana.

Doña Eusebia Similox rememora la tradición de recibir a las ánimas. Foto de Joel Solano.

Conforme a los viejos relatos transmitidos por sus abuelos, el trayecto de la procesión guardaba un misterio profundo: se decía que las ánimas caminaban en silencio junto a los vivos, acompañando el paso de la imagen. Al ingresar la Virgen al Calvario, las almas emprendían el retorno a las casas de sus familiares, donde las esperaban las ofrendas preparadas con esmero: humeantes tazones de caldo, atol de elote recién hecho, elotes tiernos cocidos y el dulce aroma del güicoy o ayote en miel.

“Para recibir a los familiares que ya se habían ido, era indispensable trazar un camino con hojas de pino y flores de Parutz’, guiándolos con amor para que se sintieran felices de regresar a casa. Al llegar el mediodía, el aroma del incienso inundaba el ambiente mientras se les daba la bienvenida con las comidas que más disfrutaban en vida”.

Las hojas de pino y Parutz’ guían el camino de los difuntos. Cementerio adornado. Foto de Joel Solano.

En las misas, recuerda Doña Eusebia, se llevaba el tradicional ‘response’ u ofrenda para que el sacerdote lo bendijera. Al concluir la ceremonia y retornar a los hogares, la costumbre mandaba colocarlo con reverencia sobre los altares familiares. El uno de noviembre dispone en su altar: frutas, café, pan, elote y atole. El dos de noviembre, antes de que las almas concluyan su visita, preparan a mano tortillas calientes para servirlas a las 11:30 de la mañana junto a un plato de frijol blanco, manteniendo la esperanza de que sus nietos nunca olviden a quienes compartieron su vida con ellos.

Altar con comida para los difuntos en San Juan Comalapa. Foto de Joel Solano

Dice Doña Eusebia que sus padres también le contaban que, cuando los seres queridos retornaban al más allá tras recibir su ofrenda, conversaban entre ellos y se preguntaban qué les habían regalado en sus hogares: unos mencionaban atol de elote, otros frutas o caldo, como una forma de agradecer el cariño brindado tras dejar esta tierra.

Un camino de pino y la reconexión con la tierra: la voz de Sara Curruchich

La artista y compositora Sara Curruchich coincide en que la memoria de los abuelos se mantiene viva a través de la ofrenda compartida en el hogar con elote, güisquil, jocotes y atol, recordando que: “Es una manera de recibir su Xamanil, su espíritu”.

Sara recuerda que, tras el fallecimiento de su padre cuando ella tenía 9 años, su madre mantuvo viva la costumbre de trazar con pino y alfombras de flores de Parutz’ un sendero desde la entrada de la casa hasta el altar. La cantautora explica que este camino vegetal se elabora “justamente para que puedan ya estar aquí en el patio, en la casa y encuentren la comida”.

La artista Sara Curruchich frente a su altar en memoria de sus difuntos. Foto de Joel Solano.

Para la artista, este encuentro alrededor de la mesa fortalece un vínculo comunitario que trasciende el tiempo. Asimismo, recalca que la relación con la tierra representa “una relación de vida” heredada de los antepasados, subrayando la importancia cultivar una valorización de la naturaleza, las montañas y la milpa.

Frente a la globalización y los cambios en los hábitos alimentarios, Sara advierte sobre el riesgo de desplazar los saberes culinarios locales al priorizar comidas ajenas. Ante esta pérdida, destaca la urgencia de revalorizar los frutos y cosechas arraigados en el territorio, señalando que compartir estos alimentos renueva la esperanza de que: “Cuando nosotras retornemos, haya alguien que también pueda poner [la ofrenda] para recibir a las ánimas”.

El protocolo del altar y los desafíos del presente: testimonio de María Elena Curruchich

Para la artista Maya Kaqchikel María Elena Curruchich, el altar del Día de los Muertos es una herencia viva que conserva desde el fallecimiento de su madre. Siguiendo el ejemplo de sus antepasados, coloca los alimentos, el pan, la veladora y las frutas para honrar la memoria de sus abuelos, Andrés Curruchich y Cipriana, así como la de sus padres.

María Elena Curruchich frente a su altar. Foto de Joel Solano.

La transmisión de estos saberes sostiene una disposición ritual precisa: mientras en un plato ancestral de barro se acomodan frutas como jocotes, guayabas y el banano especial para los difuntos, en otro recipiente se disponen los güisquiles, elotes, frijol cocido, atol y tamalitos. María Elena destaca, además, la labor comunitaria complementaria, donde los hombres recolectan el pino y los elementos naturales del campo para que las mujeres los acomoden con devoción en el altar.

Sin embargo, las dinámicas actuales han introducido cambios. La transformación laboral ha llevado a que muchas familias dejen de lado la preparación de ofrendas complejas: “La ida al cementerio todavía se mantiene (con la entrega de flores), pero en cuanto a comida ya no lo preparan como antes”.

A pesar de estos cambios, la memoria comunitaria resguarda advertencias ancestrales. María Elena recuerda un testimonio transmitido por su tío Pablo sobre el dolor de las almas que regresan y no encuentran nada en sus casas, por lo que recalca la importancia de “hacer todo lo posible en poner algo, aunque sea unas flores y un vaso de agua”.

El caldo de res es uno de los alimentos que se colocan frente al altar. Foto de xxx.

A esta realidad se suma el encarecimiento de los productos en el mercado local, por el alza del combustible y la prolongada sequía que afectó a los cultivos. María Elena detalla que si bien el tomate mantiene un precio favorable, verduras como la cebolla, el güisquil y primordialmente las flores “están carísimas”. Con elotes y güisquiles cotizándose entre cinco y siete quetzales, el costo de preparar platillos ancestrales como el caldo representa hoy un desafío económico significativo para las familias.

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