En la comunidad Patzaj, de San Juan Comalapa, el Parutz’ es más que un cultivo de temporada: para las familias Kaqchikel esta flor ancestral representa un canal espiritual para recibir y guiar a los difuntos cada uno y dos de noviembre. Sin embargo, la reciente sequía de tres meses puso en riesgo no solo la continuidad de este ritual de memoria, sino también el sustento económico de los agricultores locales.
Por Joel Solano
El cultivo del Parutz’, conocida como flor de muerto en español, no es una práctica reciente en San Juan Comalapa, sino una herencia ancestral sembrada por abuelos y padres desde hace décadas y que identifica plenamente a la comunidad Kaqchikel. Esta planta de color y presencia inconfundibles forma parte viva de la memoria colectiva. Los vecinos señalan que sin ella la decoración del Día de los Santos y de los Difuntos no está completa.
Marvin David Choguix, Celestina Cutzal Cutzal y María Miza Chutá, de la aldea Patzaj, nos cuentan una historia de identidad, espiritualidad y resistencia económica frente al cambio climático.
Un aroma nostálgico para convivir con los antepasados
El agricultor kaqchikel Marvin David Choguix explica que la flor de muerto no es solo un adorno, sino una ofrenda caracterizada por un aroma nostálgico, intenso y profundo que impregna el ambiente como un perfume fuerte. Si falta el Parutz’, “sentimos que es otra ocasión y no se está conmemorando verdaderamente la fecha”, dice.
Para él, esta flor se convierte en el medio especial para detener un momento la vida diaria y convivir espiritualmente con los seres queridos que ya partieron.

“Los tonos anaranjados y amarillentos tan fuertes del Parutz’ se asemejan al sol para representar que, al trascender el cuerpo físico, el alma y el espíritu cruzan hacia otra dimensión radiante e intensa”, sostiene Marvin, recordando que, aunque la partida cause luto, el brillo de la flor encarna el tránsito luminoso de quienes ya no están.
Para doña Celestina Cutzal Cutzal, de 68 años y originaria de Patzaj, la flor sirve directamente como un puente espiritual. Explica que su fragancia actúa como un canal para que las ánimas regresen a sus hogares. Recuerda que su madre siempre le enseñaba a dejar la puerta abierta, “para que ellos, aunque sea en aire vienen pues”, permitiéndoles compartir de nuevo con sus hijos y nietos.

En los hogares se tiende un camino con hojas de pino y flores de Parutz’ adornadas con jocote de corona para guiar su camino hacia el altar familiar. Si la puerta se mantiene abierta, las almas encuentran el paso y no lloran; por ello, la familia se reúne a mediodía para orar y nombrar a cada uno de sus seres queridos. Celestina enfatiza que esta flor retoña únicamente una vez al año “exclusivamente por los difuntos, por el aroma, por las benditas almas que vienen a su casa a visitar”.

Por su parte, doña María Miza Chutá, nuera de Celestina, coincide en que la flor se cultiva especialmente para los muertos y es la que se coloca “en nuestros altares, en el cementerio, en los panteones, hasta algunos lo hacen corona también o una cruz”.
María evoca las enseñanzas de su padrastro, quien le decía que en estas fechas “los muertos por supuesto vienen, pero no personalmente, sino que en espíritu y ellos pasan en cada casa”, sintiendo solo el olor de la flor de muerto.
Tres meses de sequía y riego improvisado
La falta de precipitaciones pluviales durante este año, puso en riesgo la tradición y la economía familiar. Tras enfrentar una larga sequía de casi tres meses que dejó los campos al borde de la desolación, los agricultores tuvieron que redoblar esfuerzos para poder cosechar esta flor.
Marvin Choguix destaca que, tras diez años de trabajar la tierra cultivando la flor de muerto, el atraso en las lluvias retrasó el crecimiento de las matas, las cuales estarán en su punto quince o veinte días después de la época. Él utiliza una cuarta parte de una cuerda para sembrar esta flor.

Sin embargo, indicó que, a pesar de los desafíos del clima, hace su mejor esfuerzo y continuará luchando por preservar esta valiosa herencia. Ver nuevamente las matas floreciendo representa para él una verdadera esperanza de vida y un recordatorio urgente para cuidar el entorno, invitando a la comunidad a “dar nuestro granito de arena”.
En el terreno familiar que trabajan juntas la abuela Celestina Cutzal y su nuera María Miza, la siembra se salvó gracias al trabajo constante y al esfuerzo de los hijos de Cutzal, quienes improvisaron un riego mediante una manguera para evitar que las matas se secaran: “si no lo hizo mi hijo así, se pierde, se seca todo, no sale esta flor”.
María Miza lamenta que la sequía les impidió extender el cultivo: “iba a sembrar más, pero como no hay lluvia nos afectó bastante”. La familia sembró una cuerda (aproximadamente unos 1,118 metros cuadrados).

Aunque lograron salvar una parte de sus flores, perdieron la milpa, por lo que recalca que ahora con la venta de la flor, compran maíz. Lo que cosechan es el único sustento para comprar alimentos.
Impacto en los precios y comercialización local
La escasez generalizada afectó la disponibilidad del Parutz’ tanto en Comalapa como en municipios vecinos como Patzún, Patzicía y San Martín Jilotepeque, que tradicionalmente buscan esta cosecha.
Mientras en la cosecha pasada el manojo se vendía entre 10 y 12 quetzales según la calidad, este año el precio oscilará entre 15 quetzales el manojo y dos por 25 quetzales, indica Marvin.
Debido al retraso, su producción se limitará prácticamente al consumo familiar y al mercado local, por lo que ofreció disculpas a su clientela habitual por no alcanzar los volúmenes de distribución de otros años.

En el sector de Celestina Cutzal, el costo por manojo se elevó a ocho o diez quetzales, en comparación con los tres o cinco que costaba anteriormente.
A pesar de las pérdidas en los campos, Celestina explica que la venta de este producto representa un ingreso indispensable con el que sus nietos compran azúcar, frijol y los insumos diarios para la cocina. Si la producción no se agota en el mercado local durante el domingo, buscarán comercializar los manojos en municipios vecinos, mientras reflexiona sobre la falta de terrenos aptos para la siembra: “por el agua pues, y por el terreno, si no hay terreno, ¿dónde van a sembrar?”.
Sembrar identidad en las nuevas generaciones
Frente a la fuerte influencia de la cultura global sobre la niñez y la juventud, los agricultores de Comalapa hacen un llamado a no descuidar las raíces. Marvin Choguix insta a los padres a transmitir el valor del Parutz’, los altares y el idioma materno, exhortando a no sentir vergüenza de los orígenes.

Para la abuela Celestina y su nuera María, la continuidad de este legado reside en la enseñanza cotidiana dentro del hogar. Trabajar juntas la tierra garantiza que las costumbres de su pueblo continúen floreciendo en las manos de las nuevas generaciones de mujeres agricultoras.
“Esto lo aprendimos de nuestros antepasados y con mucho cariño lo seguimos haciendo, y así lo vamos a transmitir a nuestros hijos y a nuestros nietos”, concluye doña María Miza.



