Un maya sin maíz es un maya muerto: la resistencia campesina en las tierras secas de Poaquil

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Créditos: Joel Solano

Entre hojas marchitadas de los cultivos de maíz y la amenaza de una escasez prolongada para el próximo año, los agricultores de San José Poaquil observan cómo el calor extremo consume sus milpas. Con un 30 por ciento de la población dedicada al cultivo ancestral, las familias enfrentan la urgencia de rescatar la semilla criolla antes de que el verano termine por borrar el alimento que sostiene su historia.

Por Joel Solano

En las laderas de San José Poaquil, donde las riberas del río Motagua se extienden hacia las zonas frías de la montaña, la tierra seca cruje bajo los pasos de sus 22,000 habitantes. En este municipio de Chimaltenango, los manantiales comunitarios se reducen a charcos de lodo y los viejos árboles frutales desaparecen ante el avance del calor, obligando a las familias a organizarse para defender las fuentes de agua y resguardar en sus trojes el grano nativo que sostiene la vida campesina.

En el municipio de San José Poaquil, Chimaltenango, es originario Andrés López Sis, quien combina su trabajo en las parcelas de maíz con el liderazgo comunitario dentro de la alcaldía indígena y su labor como guía espiritual maya, la función que considera más emblemática en su vida. Nos dedicamos a cuidar nuestras parcelas, señala López Sis al explicar cómo la siembra de la tierra y el resguardo de la espiritualidad ancestral caminan juntos en el día a día del territorio.

Con una población de aproximadamente 22,000 habitantes, el territorio abarca desde las riberas del río Motagua hasta la montaña, albergando variedad de climas y franjas de cultivo que hoy sufren transformaciones drásticas. En tierra cálida se daba mucho la naranja, la lima, el jocote, señala Andrés al recordar cómo las cosechas variaban según la altura de las aldeas. El líder comunitario manifiesta con preocupación que el calor va en aumento y amenaza la producción tradicional, destacando que en la franja templada donde antes abundaba el aguacate, hoy la fruta prácticamente ha desaparecido debido a las alteraciones en los microclimas locales.

San José Poaquil con 22 mil habitantes. Créditos: Joel Solano.  

A pesar de que entre el 70 por y el 80 por ciento de las familias de Poaquil trabajan la tierra, la siembra del maíz ha quedado relegada frente a otros cultivos comerciales. Ya son pocas las personas que se dedican a cultivar milpa, señala Sis al detallar cómo la producción se ha volcado hacia el café, la mora, la granadilla, el frijol francés, el tomate e incluso el corte de flores. El agricultor sostiene que apenas un 30 por ciento o 40 por ciento de la población conserva la milpa tradicional, pues existe la percepción generalizada de que implica un costo alto para la poca cosecha que rinde, olvidando que en el grano propio descansa la alimentación básica de la comunidad.

El golpe de la sequía y el temor a la escasez

La sequía está secando las milpas en los terrenos locales y la pérdida total de los cultivos presagia un panorama difícil para las familias campesinas. Para el año 2027 la comida se va a escasear, enfatiza Andrés López al observar cómo las hojas secas de su parcela auguran el encarecimiento inevitable del grano y la pérdida del sustento diario. El agricultor recuerda que la tranquilidad del hogar siempre ha dependido de almacenar la cosecha en el troje (un lugar para almacenar granos), tal como decían las abuelas al referirse al k’ujay, pero lamenta que la falta de grano obligue a consumir productos enlatados ajenos a la dieta tradicional mientras teme que algunos comerciantes se aprovechen de la crisis para subir aún más los precios.

El prolongado verano agobia los campos y deja a las familias campesinas sin margen de maniobra. Julia Sanic Cutzal, esposa de Andrés Sis, recuerda que en una ocasión anterior la sequía duró un mes y las milpas lograron recuperarse en cuanto volvió la lluvia, pero cuenta que esta vez el calor excesivo ha durado demasiados días y los tallos están marchitos al punto de no retornar a la vida. “Como estamos la situación es incierta”, señala la agricultora al advertir que la pérdida total de la cosecha presagia meses difíciles sin reservas de granos para alimentar a los suyos.

La sequía está secando las milpas en los terrenos locales y la pérdida total de los cultivos presagia un panorama difícil para las familias campesinas. Joel Solano.

A sus 56 años, Julia expresa la angustia que enfrentan las madres ante la amenaza del hambre en sus hogares. No habrá qué darles a los niños, enfatiza Cutzal al describir el temor de ver sufrir a la niñez del territorio. La lideresa comunitaria remarca que el grano comercial o el maíz transgénico no ofrece el mismo sustento ni los nutrientes del grano criollo, sosteniendo que la semilla nativa es la que rinde, llena el estómago y mantiene a las criaturas sanas. Por ello, Julia insta a las mujeres de la comunidad a resguardar con celo los pocos granos que quedan guardados en las casas. Cuiden sus granos, pide Sanic, consciente de que defender y administrar el alimento guardado es la única vía inmediata para asegurar el bienestar de las familias.

Memorias de escasez y nacimientos que se apagan

Las pérdidas provocadas por la falta de lluvia alcanzan no solo a la milpa, sino también a las siembras de frijol, güicoy, güisquil y varios árboles frutales en las distintas zonas del municipio. Andrés cuenta que las duras sequías que hoy golpean los campos ya dejaron huella en la historia del pueblo cuando sus abuelos tenían entre 12 y 14 años. Paso lo mismo, indica López al recordar la crisis ocurrida por los años cincuenta, época en que la gente debía viajar hasta Comalapa para vender leña y conseguir a cambio apenas 12 libras de maíz por persona. El guía comunitario enfatiza que en aquel tiempo no existían herramientas técnicas ni alertas para prever la falta de agua, por lo que la supervivencia dependía del trueque, la resistencia física y el esfuerzo colectivo.

A la falta de lluvia se suma la crisis de las fuentes de agua locales. El pozo que durante décadas abasteció a las familias López en la comunidad hoy se encuentra reducido a menos de la mitad de su nivel, cubierto por un lodo oscuro y despidiendo mal olor. Aquí alrededor de esta agua es donde muchas familias lavaron la ropa y se abastecían para consumirlo, indica López al nombrar a los antiguos pobladores don Pedro, don Saturnino, don Gregorio, don Mateo y su padre don Miguel, quienes fundaron sus hogares junto al manantial. El agricultor cuenta con tristeza que el agua ya no es apta para el consumo humano ni para las tareas diarias, mientras añade con preocupación que entre los vecinos crece el temor de que el nacimiento termine secándose por completo.

Defensa de la semilla nativa y soberanía en la mesa

Frente a la escasez provocada por el verano, los agricultores temen quedarse sin grano nativo para el siguiente ciclo y verse forzados a consumir maíz transgénico o mejorado. Es bien difícil que vayamos a tener semillas, señala Andrés al confiar en que las lluvias permitan salvar, aunque sea una porción de la parcela para intercambiarla con otras familias de la zona. El guía comunitario enfatiza que la prioridad inmediata será rescatar la semilla criolla mediante la solidaridad comunitaria antes de que la falta de agua termine por desplazar las variedades locales.

Ante la amenaza de perder el grano sagrado, la defensa del alimento originario se vuelve una lucha por la continuidad de la identidad de los pueblos mayas. Un maya sin maíz es un maya muerto, señala López Sis al recordar que la historia descrita en el Popol Wuj enseña que son mujeres y hombres hechos de este fruto, por lo que rechaza que la solución sea consumir comida rápida o bebidas gaseosas que no nutren. Por ello, el guía espiritual hace un llamado a profesionales de la agronomía y estudiosos de la cultura para buscar alternativas alimentarias propias de la tierra, como el camote o la yuca, que prevengan la dependencia de empresas extranjeras o semillas modificadas.

Para hacer frente a las pérdidas, las familias de Poaquil comienzan a plantear alternativas de cultivo enfocadas en abastecer la mesa propia y no los mercados lejanos. Lo que queremos es algo que se pueda consumir aquí adentro, cuenta Sis al marcar la diferencia con quienes siembran mora o frijol francés para exportación, explicando que junto a su esposa contemplan plantar durazno, güicoy, chilacayote y ayote en cuanto vuelvan las lluvias. El guía comunitario añade que la supervivencia de la comunidad dependerá del ensayo y error en el campo, buscando formas de alimentarse sin perder el vínculo fundamental con el sagrado maíz.

Propuestas comunitarias ante la emergencia climática

Ante la impredecibilidad del clima, las familias campesinas buscan alternativas prácticas para cosechar el agua en sus terrenos y mitigar los efectos de las sequías prolongadas. Lo que teníamos en plan es hacer reservorios de agua para que quede ahí un poco de humedad, enfatiza Andrés al detallar la propuesta de construir zanjas que permitan captar la escorrentía cuando caen tormentas fuertes y humedezcan poco a poco la parte baja de la siembra. El agricultor indica además que mantienen vivas las prácticas tradicionales como no quemar los rastrojos, logrando que la materia orgánica sobre el suelo retenga la poca agua disponible.

Como llamado urgente para sostener la vida campesina, Andrés López pide a los agricultores defender el grano propio y solicita la intervención de las autoridades locales. Usemos todavía nuestra semilla tradicional o nativa que nos han dejado nuestros abuelos, porque es a la que nuestra tierra se ha acostumbrado, indica Sis al explicar que las variedades criollas no demandan tantos venenos ni fertilizantes químicos. El líder comunitario advierte también que San José Poaquil padece el avance del Corredor Seco al encontrarse cerca del río Motagua, por lo que insta a abordar el problema en las reuniones de los Cocodes, Comudes y Codedes para coordinar acciones con la municipalidad y el gobierno, proponiendo el uso de parcelas demostrativas para ensayar respuestas ante la crisis.

Frente a un clima que trastoca los tiempos de siembra y amenaza la memoria de los abuelos, el municipio de San José Poaquil y sus comunidades sostienen su resistencia cotidiana entre la milpa marchita y la esperanza del agua. En cada surco seco, la decisión de resguardar la semilla criolla, cuidar los nacimientos y organizarse desde las familias sobrepasa el simple hecho de producir alimento; es la defensa intacta de la vida comunitaria y la dignidad de un pueblo que se niega a olvidar su raíz de maíz.

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