Por Kajkoj Máximo Ba Tiul
Cuando los curas encomenderos y repartidores de la colonia se encontraban con un “indio letrado”[1], y que se rebelaba en contra del modelo colonial, decían: “A estos indios mejor no les hubiéramos enseñado a leer”. Porque al ser letrados y constituirse como intermediarios entre los pueblos, la corona y la iglesia[2] conocían las interioridades del poder colonial. Redactaban peticiones, memoriales, demandas para proteger tierras y derecho de las comunidades ante los tribunales. Algunos escribieron la historia, tradiciones y las denuncias de abusos del sistema colonial.
En muchos espacios y tiempos de la historia del mundo, quienes comenzaban a saber y conocer cómo se trama el poder de las élites, eran perseguidos, y “criminalizados”, condenados a la cárcel, a la hoguera, al escarmiento público, que hoy sería el equivalente al linchamiento, a sufrir la muerte social, civil y política, la tortura física y psicológica y el exilio, la muerte o la desaparición.
En América Latina, el látigo, el fuego, la marca con hierro, el aperreamiento, la violación de mujeres, la muerte de niños y niñas, la tortura, las masacres, el genocidio, encarcelamiento, han sido prácticas criminales para “escarmentar” al supuesto enemigo. Y los enemigos son quienes subvierten el orden establecido por las élites. Los enemigos son, quienes se oponen a ser llamados “normales o anormales”. Para las élites, lo “normal es que los estudiantes solo se dediquen a escuchar al profesor y no a debatir con él” o “que sean estudiantes que no cuestionen los argumentos del profesor o peor aún si es maestro o doctor, sin importar si fue de cartón o a la tortrix”, como son muchos ahora. Que los jóvenes obedezcan y que consuman licor o fentanilo y se embrutezcan. No les interesa una juventud pensante y desafiante. Peor, si la rebeldía y la búsqueda de la libertad es su consigna. Les conviene mentes colonizadas y sometidas a sus intereses y convertirlos en estudiantes, indios, mujeres, ¡permitidos!
Hoy como ayer se persigue a los jóvenes. Y lo hacen los descendientes, de quienes lo hacían antes, en las plazas, en los atrios de las iglesias, en las casas de fincas. Son los mismos que llegaron con la espada y la cruz. Quienes implementaron la inquisición. Los mismos que mataron a nuestros abuelos y abuelas, acusándolos de ser herejes y no humanos. Quienes condenaron a nuestros antepasados, solo porque conocieron y aprendieron su idioma. Son quienes nos han acusado de ser resentidos, mal educados y poco agradecidos, olvidando que fueron ellos quienes nos obligaron a aprender sus idiomas y sus costumbres. Los mismos que acusaron a nuestros pueblos de ser guerrilleros comunistas.
Estos malditos, como dice un amigo, no improvisan. Saben qué es lo que quieren. Saben por qué nos insultan y nos maltratan. ¿Por qué les enseñamos el castellano? Decían antes. ¿Por qué les permitimos entrar a nuestros centros de estudios, a nuestras instituciones? Como si nosotros les hubiéramos pedido estar ahí. Nos obligaron a abandonar nuestro sistema de enseñanza y nos dijeron que solo entrando a sus escuelas, universidades e instituciones, podríamos ser iguales.
Así como han querido obligarnos a olvidar a quienes dieron la vida por nuestra libertad. Así como persiguieron a muchos jóvenes que defendieron la democracia y el Estado de derecho. Así como asesinaron a muchos jóvenes durante el genocidio de 1960 a 1996. Así como han obligado a que muchos jóvenes migren, porque aquí no hay ninguna oportunidad de vida. Hoy, no contentos con eso, los desaparecen de los registros universitarios, les niegan a defenderse en un sistema de justicia justo.
Porque los malditos y sus cómplices tienen claro quiénes son los enemigos de su sistema, me decía un amigo, enojadísimo (por no decir la mala palabra), al saber que a Camilo la Corte de Constitucionalidad le había negado el amparo para que lo restituyeran en la Universidad. Entonces vino a mi memoria, la expulsión de un hermano, amigo y compañero, de un establecimiento indígena, solo porque se había involucrado en organizaciones revolucionaras en los años de la guerra. O la expulsión de jóvenes y señoritas indígenas de los seminarios y conventos católicos, por el hecho de haber asumido con compromiso el mandato fundamental del “tal Jesús”, ¡optar preferencialmente por los pobres!
Si, el joven siempre ha sido un problema para el sistema criminal de nuestros países. En el genocidio (1981-1996), la mayor parte de asesinados eran jóvenes. Entre 18 a 40 años más o menos. La sociedad y el sistema, no ha comprendido a la juventud. La juventud cuando se rebela por un sistema que le incomoda, lo hace con compromiso y cuando quiere defender lo suyo, lo defiende incluso a costa de perder su vida.
Camilo y los estudiantes universitarios en resistencia le gritaron a Mazariegos, “corrupto” y que “no tenían rector”, porque es así. Cómo cuando los jóvenes en la época de la colonia le gritaron al rey que no era su rey, o cuando se sublevaron contra el tributo, o en tiempos del militarismo, les gritaron a los militares… “¡generales hijos de puta!” O como aquel joven guerrillero nicaragüense, Leonel Rugama, de apenas 20 años, que grito “¡Que se rinda tu madre!”.
Pero el sistema y quienes lo soportan, como Barreto y compañía, se convierten en los nuevos inquisidores, como lo fueron Consuelo Porras, Curruchiche, Méndez Ruiz o los militares genocidas, la G2, los especialistas. Los jóvenes que se rebelan, son los enemigos que hay que acabar, como lo decía aquel general genocida; Ríos Montt, “que había que extirpar la manzana podrida”.
[1] Indígenas de América que aprendieron a leer, escribir y hablar en español o latín durante la época colonial, con apoyo de IA
[2] Atanasio Tzul, Lucas Aguilar, Tupak Amaru, Tupak Katari, etc.



