De lo que se trata es de cambiar el sistema

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Créditos: Prensa Comunitaria

Juan José Hurtado Paz y Paz

En artículos anteriores hemos abordado dos temas que, a primera vista, parecen desconectados entre sí. Uno es la dificultad de generar alternativas económicas —emprendimientos o empleos— que eviten que las personas se vean forzadas a migrar o que permitan la reinserción de quienes regresan a Guatemala. El otro son los alcances y limitaciones de la llamada incidencia política.

Sin embargo, ambos temas conducen a una misma reflexión. Con frecuencia buscamos resolver problemas estructurales mediante acciones puntuales. Esperamos que los emprendimientos compensen una economía que expulsa a su propia población. O pensamos que una buena propuesta, algunos espacios de diálogo o una campaña de incidencia bastarán para modificar decisiones que responden a intereses muy poderosos. En ambos casos, el problema no está en las acciones; el problema está en creer que, por sí solas, pueden cambiar una realidad que tiene raíces mucho más profundas.

Respecto de la migración, en alguna ocasión caricaturizaba la situación diciendo que “no se trata de poner a jugar a la gente de comidita“. Lo hacía para ilustrar que, aunque los pequeños emprendimientos pueden mejorar la economía de algunas familias y merecen todo nuestro reconocimiento y apoyo, difícilmente podrán competir con las condiciones que ofrece la migración o revertir un modelo económico que concentra la riqueza, genera empleos precarios y obliga a miles de personas a buscar oportunidades fuera del país. Lo mismo ocurre con muchas personas que retornan: necesitan apoyo para reconstruir sus vidas, pero la reinserción no depende únicamente de un proyecto productivo, sino de que existan condiciones económicas en la sociedad que les permitan permanecer dignamente en sus comunidades, además de otras condiciones.

Algo semejante ocurre con la incidencia política. Podríamos decir, también a manera de caricatura, que no se trata de desgastar a las organizaciones en interminables “diálogos de sordos”. Elaborar propuestas, sostener reuniones y participar en mesas de trabajo son acciones importantes, pero cuando las decisiones afectan intereses económicos o políticos de gran peso, los argumentos, por sólidos que sean, rara vez bastan para producir cambios. Si apostamos todo a la incidencia, corremos el riesgo de que las organizaciones concentren la mayor parte de sus esfuerzos en participar en diferentes espacios de “diálogo”, cuando el desafío principal sigue siendo fortalecer la organización de la sociedad para que cuente con la suficiente fuerza social y política para transformar las relaciones de poder.

Conviene además distinguir entre incidencia y negociación porque con frecuencia ambos conceptos se confunden. La incidencia busca influir en las decisiones de quienes tienen el poder de tomarlas, apelando a la solidez de los argumentos, la evidencia, la legitimidad de las demandas y el respaldo social que pueda construirse. La negociación, en cambio, parte de que las distintas partes poseen algún tipo de fuerza o capacidad de afectar a la otra. No se negocia únicamente porque los argumentos sean convincentes, sino porque cada actor dispone de recursos, apoyos o capacidades que hacen necesario alcanzar un acuerdo.

El ejemplo más sencillo de qué es una negociación es lo que ocurre en una compraventa en un mercado. El vendedor aspira a vender al mejor precio posible para obtener mejores ganancias y el comprador procura pagar lo menos posible. Ambos saben hasta dónde pueden ceder sin que el acuerdo deje de ser conveniente para ambos. De no lograrse, abandonan la negociación.

En la política ocurre algo semejante. Nadie negocia desde la debilidad absoluta. Siempre se negocia porque cada parte posee alguna capacidad de influir sobre la otra. Cuando una organización carece de fuerza social, capacidad de movilización o aliados suficientes, difícilmente puede negociar cambios de fondo; apenas puede presentar propuestas y esperar que sean escuchadas.

Por eso la incidencia resulta mucho más efectiva cuando forma parte de un proceso más amplio de organización y movilización social. La experiencia demuestra que una iniciativa puede ser razonable, lógica, técnicamente viable y socialmente necesaria, pero si afecta intereses económicos o políticos de grupos con gran poder, difícilmente prosperará únicamente por la fuerza de los argumentos. En esos casos entran en juego las correlaciones de fuerza, la capacidad de organización de la sociedad, las alianzas que se construyan y el respaldo social que logre generarse.

Esto no significa que la incidencia carezca de sentido. Al contrario, puede lograr avances importantes cuando las propuestas no afectan intereses estructurales o incluso ofrecen soluciones que benefician a distintos actores y ayudan a prevenir conflictos. Tampoco significa que los emprendimientos o la generación de empleo sean esfuerzos inútiles. Ambos son necesarios y pueden producir mejoras concretas en la vida de muchas personas.

Lo que ocurre es que ni unos ni otra sustituyen la necesidad de transformar las estructuras que originan los problemas. Los emprendimientos ayudan, pero no reemplazan una economía capaz de generar trabajo digno y oportunidades económicas para toda la población. La incidencia ayuda, pero no reemplaza la organización social necesaria para modificar las relaciones de poder que sostienen un sistema desigual. No es que sean inútiles. Es que ninguna acción aislada puede modificar por sí sola las estructuras económicas o políticas que producen el problema.

Se dice con facilidad que hay que cambiar el sistema, pero llevarlo a la práctica es sumamente complejo. Supone responder dos preguntas que no tienen respuestas sencillas: ¿Qué sociedad queremos construir? y ¿Cómo vamos a hacer posible esa transformación? Nadie tiene la respuesta, ni la receta y, mucho menos, la varita mágica para hacerlo. La respuesta la debemos construir colectivamente.

Ese es el gran desafío que se nos presenta: construir estrategias de corto, mediano y largo plazo que permitan atender las urgencias del presente sin perder de vista las transformaciones de fondo. Resistir es necesario, pero necesitamos verdaderas transformaciones para avanzar. Incidir también lo es, asimismo impulsar emprendimientos y generar oportunidades económicas. Pero ninguna de estas acciones, por valiosas que sean, lograrán por sí sola resolver problemas que son consecuencia de un sistema construido precisamente para reproducir la desigualdad, la exclusión y la concentración del poder y la riqueza.

Por eso decimos: de lo que se trata es de cambiar el sistema.

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