Por Dante Liano
Quisiera proponer un par de reflexiones sobre Borges. La primera se refiere a la concepción de otros mundos, tan reales como este del cual certificamos la realidad. La segunda se refiere a la poesía de Borges, pues gran parte de la crítica se concentra en la narrativa.
Para la primera reflexión quisiera apoyarme en un pequeño y útil libro de Carlo Revelli. Leo, en Siete breves lecciones de física, la destrucción de las piadosas y compasivas lecciones sobre el tiempo elaboradas por San Agustín y sus secuaces. Revelli, con notable claridad, explica la revolución conceptual implícita en la teoría de la relatividad de Einstein. Si Newton, dice Revelli, había imaginado que los cuerpos se movían en el espacio como en un gran recipiente vacío, el descubrimiento del campo electromagnético, una entidad material que llena el espacio, llevó a Einstein a descubrir el campo gravitacional. En palabras simples, el espacio es un componente material del mundo. También el tiempo es una materia curva, dentro de la cual, como en el espacio, las cosas del mundo real van moviéndose (con la increíble constatación de que se mueven más rápido en alto, y menos rápido en lo bajo). El descubrimiento de la teoría de la relatividad comporta la existencia de un universo no solo tridimensional, sino de cuatro dimensiones. Además de la profundidad, de la anchura y de la largueza, los cuerpos poseen la dimensión temporal.
Lo que Einstein es para la física, Borges es para la literatura y, más extensamente, para la concepción del mundo. No se trata tanto de la negación de un movimiento literario, como el modernismo, sino de la negación de una manera de ver el cosmos, como la modernidad. Con la propuesta, que todos conocemos, de la existencia de mundos paralelos, ubicados en esa cuarta dimensión einsteniana, en esa cuarta dimensión borgesiana. Debemos a Borges, y a su profunda cultura literaria en lengua inglesa, la invención de distopías absolutamente fascinantes, como Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, El Aleph, El Zahir, La biblioteca de Babel. Pero también la conversión de realidades muy cercanas, como la ciudad de Buenos Aires, en otras realidades desdobladas, como sucede en La muerte y la brújula, en donde lugares conocidos de la ciudad se vuelven réplicas especulares, fuera de su lugar natural para colocarse en un tiempo suspendido; o como sucede en El Sur, en donde un episodio autobiográfico (el accidente con la ventana en 1943) se convierte, casi mágicamente, en otra cosa, en el atravesamiento del tiempo y del espacio que realiza Juan Dahlman hasta encontrarse, más perplejo que asustado, con un cuchillo en la mano, en la noche de la pampa, dispuesto a enfrentarse con un gaucho borracho. Esto es, distopías. Creo que la gran invención de Borges es este mundo paralelo. Por eso, se le puede atribuir a él mismo la frase que dedica a Quevedo. No se trata de un escritor, sino de toda una literatura, de una manera de manejar la literatura. Después de Borges (como él ha dicho, generosamente, de Rubén Darío), la literatura no es la misma. Por eso no es imitable, solo repetible.
Mucho se ha escrito sobre este aspecto del universo borgesiano. Mucho se seguirá escribiendo. Por eso, quisiera exponer mi segunda reflexión, que atañe a la poesía de Borges. Difícilmente se encuentra un narrador que sea, a la vez, un gran poeta. Es más fácil lo contrario, que un poeta descubra virtudes narrativas. La complejidad de Borges reside también en su total naturalidad en el pasaje de la poesía a la narrativa. Y quizá lo mejor sea escuchar su Arte poética:
Mirar el río hecho de tiempo y agua
Y recordar que el tiempo es otro río.
Saber que nos perdemos como el río
Y que los rostros pasan como el agua.
Sentir que la vigilia es otro sueño
Que sueña no soñar y que la muerte
Que teme nuestra carne es esa muerte
De de cada noche, que se llama sueño.
Ver en el día o en el año un símbolo
De los días del hombre y de sus años,
Convertir el ultraje de los años
En una música, un rumor y un símbolo.
Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
Un triste oro, tal es la poesía.
Que es inmortal y pobre. La poesía
Vuelve como la aurora y el ocaso.
A veces en las tardes una cara
Nos mira desde el fondo del espejo;
El arte debe ser como ese espejo
Que nos revela nuestra propia cara.
Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
Lloró de amor al divisar su Itaca.
Verde y humilde. El arte es esa Itaca
De verde eternidad, no de prodigios.
También es como el río interminable
Que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
Y es otro, como el río interminable.
Lo primero que emerge de esta poesía es el estilo: diáfano, imperceptiblemente preciso, reconocible. Solo Borges podía escribir con esta claridad neoclásica y solo él podía permitirse, porque se sabía dueño del arte que explicaba, que la rima de los cuartetos fuera total, más allá de la rima consonante. Quiero decir con esto que no solamente riman las últimas sílabas, sino riman las palabras: agua/agua; río/río. El milagro poético es que no se nota. Tal la alta virtud artística de Borges. Otro alarde, típico de su total dominio de la lengua castellana es el inicio cuasi anafórico de los primeros cuatro cuartetos: mirar, sentir, ver, ver. Pocos poetas se atreverían a comenzar un verso con un verbo en infinitivo, por la dureza de ese modo verbal, pero Borges lo usa con tal naturalidad y precisión que ni siquiera se advierte. La composición se desgrana por los primeros cuatro cuartetos enumerando algunas obsesiones de Borges: la metáfora de Heráclito sobre el tiempo, un río donde nunca nos bañamos en las mismas aguas. Pero va más allá de Heráclito y extiende la metáfora a la memoria: “los rostros pasan como el agua”, constatación cruel y exacta. La otra obsesión es la percepción de la realidad, o, si queremos ser más exactos, de lo real. “La vigilia es otro sueño que sueña no soñar”, dice, repitiendo una parábola de Herbert Allen Giles contenida en Cuentos breves y extraordinarios, antología compilada con Bioy Casares, “El sueño de Chuang Tzu”.
Chuang Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.
La cuarta dimensión aparece en esta duda que no sabe a juego intelectual, sino a una profunda angustia que recorre la obra de Borges (recuérdese “El inmortal”). Puesto que, mientras soñamos, tenemos la clara sensación de estar dentro de la realidad, ¿quién nos dice que este momento, en el que creemos no soñar, no es parte de un sueño? Es la profunda duda del Novecientos sobre la relatividad de la percepción, que nos lleva poco a poco a la relatividad de las verdades. Ello lo lleva a otra de sus paradojas favoritas, evocación quizá inconsciente del clásico verso de Argensola: “Imagen espantosa de la muerte/ Sueño crüel, no turbes más mi pecho”. El tema del Siglo de Oro reaparece con la novedad de los últimos descubrimientos de la ciencia. Y se remata con las reflexiones finales sobre el papel de la poesía. La poesía, dice Borges, es ubicar los símbolos en donde los demás observan simples fenómenos naturales: la noche o el día. El misterio de la naturaleza, atravesado por el lenguaje, deviene música. El misterio de la vida se convierte, entonces, en poesía, merced al lenguaje que lo transforma. Por eso la poesía es inmortal: porque se nutre del fenómeno (la aurora y el ocaso) y se interroga humildemente, pobremente, sobre lo más simple de la existencia, no sobre prodigios. Y al responderse, horadando con honestidad el misterio de la vida, investigando con el único instrumento posible, el idioma, crea el arte del idioma, el arte de convertir el idioma en música, crea la poesía.



