Un hombre de pie, acechando la noche en pleno día. Era la década de los ochenta, cuando la guerra le robaba la luz a las horas y dejaba al país suspendido en una penumbra sin luna. Frente a la Rectoría de la USAC, entre el murmullo de estudiantes y el silencio pesado de la época, estaba él, quieto, vigilante, como un Tecolote que no duerme, que mira de frente lo que otros apenas susurran. No pedía permiso, no buscaba compasión; sostenía un rótulo como quien sostiene su propia dignidad contra el viento. “Estaba parado frente a la Rectoría con un rótulo pidiendo que le pagaran lo que le debían”. Y en esa escena, tan mínima, como incomoda; ya estaba dibujada su vida entera, con la dignidad a la intemperie, el artista que incomoda, el hombre que resiste, la sombra que, incluso de día y aún después de la muerte, nunca deja de mirar ni de pintar.
Por Wellinton Osorio
Cuando murió, a los 81 años, El Tecolote ya era un animal doble, el ave nocturna que lo nombró de niño y el dibujante que aprendió a insomniar con la historia de Guatemala. Pero su biografía no empieza con cosas tan humanas y corrientes como el nacimiento, ni se sostiene en premios o galerías. Empieza en una pared universitaria, donde alguien escribió con una línea roja continua algo que todavía incomoda por su literalidad política: “Esto no es pintura, es sangre”. Esa frase no describe su estilo. Describe un país atravesado por la guerra.
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Arnoldo Ramírez Amaya, conocido como El Tecolote, nació el 26 de noviembre de 1944 y murió el 27 de marzo de 2026. Pero decirlo así, en orden y con fechas, apenas alcanza para ubicarlo. Lo que dejó no cabe del todo en una ficha. Fue dibujante, grabador, muralista, poeta gráfico, sí, pero sobre todo fue una forma incómoda de mirar el país.
Su trazo nunca fue neutro. Tampoco era casual. Era insistente, directo, a veces brutal. No dibujaba para explicar la realidad, la señalaba. No hacía imágenes para gustar, las hacía para quedarse molestando un rato más de la cuenta.
Por eso tampoco fue una figura fácil. Ni en su obra ni en su trato. José Manuel Chacón, “Filóchofo”, lo recuerda sin rodeos: “Yo lo conocí como uno de los mejores dibujantes que había… era un genio, de los mejores”. Y en la misma línea deja entrever lo otro, lo menos cómodo, era un personaje difícil, de esos que no se acomodan ni siquiera cuando deberían.
Su trabajo se movió entre el dibujo, la pintura, la acuarela, la escultura y el grabado. Pero más que una técnica, lo que sostuvo todo fue una intuición política bastante clara de que el problema no era solo quién mandaba, sino el sistema que hacía posible la violencia. Por eso sus figuras no son retratos individuales, son mecanismos. Militares convertidos en animales, perros con casco, cuerpos atravesados por el poder. No explicaba la guerra. La dejaba ver.
En los muros de la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC) esa intuición tomó forma directa. Ahí el arte dejó de ser contemplación para volverse intervención. Una de sus frases, todavía repetida, cierra un mural en la Facultad de Arquitectura. Está atribuida a Bertolt Brecht y dice: “El que no conoce la verdad y la niega es un tonto, pero el que conoce la verdad y la niega es un criminal”. No es una frase elegante. Tampoco lo pretende. Es una advertencia y dejarla plasmada en un mural, fue una forma de acharcarla en la cara a los estudiantes que la ven a diario. Hoy esa universidad, la única estatal, está siendo usurpada.
En 1976 publicó Sobre la libertad, el dictador y sus perros fieles, con prólogo de Gabriel García Márquez. Eso lo coloca en una tradición más amplia, latinoamericana, donde el arte no se separa del conflicto político. Para entonces ya había salido del país. México fue su refugio, pero también espacio de trabajo, de enseñanza y de circulación.
El exilio no lo volvió más dócil. Si acaso, lo afinó. Sus dibujos siguieron siendo incómodos. No miraban hacia afuera. Miraban de vuelta a Guatemala.
Mientras tanto, en Guatemala, sus murales quedaban expuestos al desgaste, a la censura o a la simple indiferencia. Algunos siguen ahí. Otros sobreviven en fotografías o en la memoria de quienes los vieron. Y en todos hay algo en común, no son piezas para contemplar, son llamados. Frases como “Otto está vivo, Rogelia está viva, Vos estás muerto” no estaban pensadas para adornar las paredes. Estaban pensadas para incomodar a quien pasara enfrente.
Su obra creció, se diversificó, se movió en distintos formatos. Pero el núcleo no cambió. Esa manera de insistir. Esa forma de no suavizar nada.
Y sin embargo, todo eso convivió con algo más terrenal. Hubo momentos en que vendía sus dibujos por necesidad, muy por debajo de su valor. “No te bajaban de 10 mil quetzales… y cuando tenía necesidad te decía: dame 300”, recuerda Filóchofo. La escena dice bastante sin necesidad de explicarla.
También hubo excesos, rupturas, momentos difíciles. Nada especialmente ajeno a su generación, pero sí parte de esa misma intensidad con la que trabajaba. Y aun así, su obra no se detuvo.
Porque El Tecolote no fue solo un artista. Fue una forma de mirar el país.
Una mirada que acecha.
Una mirada que no se acomoda.
Una mirada que sigue ahí.
Con él, dice Chacón, se cierra una época. Puede ser. Pero su obra no termina de irse. Se queda en los muros que todavía resisten, en los libros que siguen circulando, en las imágenes que no terminan de volverse cómodas.
Y en esa idea, sencilla pero persistente, que atraviesa todo su trabajo, que el arte no está para tranquilizar. Está para mirar de frente. Y no apartar la vista.
El Tecolote, un animal doble, y sus obras:






