“Ningún proyecto de país puede construirse sobre el sufrimiento, la exclusión o el destierro de quienes han luchado por hacerlo más justo”

COMPARTE

Créditos: Eddy Zeta

Compartimos el discurso de Gabriel Wer Director de Casa Centroamérica en el Palacio Nacional de la Cultura en Ciudad de Guatemala, durante el acto de entrega del informe “La verdad del exilio. Ética, criminalización y lucha por la justicia en Guatemala (2014-2025)”, el 14 de agosto de 2026 con la presencia de algunas personas que salieron al exilio y decidieron regresar a pesar de las condiciones aún de riesgo en el país y con exiliados en distintos países que dieron sus testimonios para la elaboración de este informe.

Gabriel Wer Director de la Casa Centroamérica.

Señor Presidente; distinguidas autoridades ancestrales; representantes de las instituciones del Estado; cuerpo diplomático y comunidad internacional; organizaciones de la sociedad civil; personas exiliadas y defensoras de derechos humanos; familiares, amigas y amigos:

Nos reúne un informe difícil, pero profundamente necesario: La Verdad del Exilio. Ética, criminalización y lucha por la justicia en Guatemala (2014–2025).

No puedo hablar en nombre de todas las personas perseguidas y exiliadas de esta etapa tan compleja y dolorosa de la historia de Guatemala. Muchas de sus voces constituyen el informe que hoy presentamos. Tristemente, la mayoría todavía no nos puede acompañar aquí. A ellas y ellos les saludamos, a la distancia, con profundo afecto y

solidaridad, así como a los presos políticos de Guatemala y Centroamérica.

Sí me permito hablar en nombre de lo que Casa Centroamérica representa: una apuesta por la vida, la comunidad y la dignidad humana frente a la adversidad, el destierro y el dolor.

Hoy, como en tantos otros momentos de la historia de Guatemala y Centroamérica, nos convocan el bien común, la justicia, la democracia y la paz.

Y nos convocan en una encrucijada para el mundo, un momento en que el individualismo y la crueldad ganan terreno; en que la ambición que aplasta vidas, comunidades y ecosistemas se confunde con éxito y desarrollo; y en que se pretende convencernos de que la ley del más fuerte vale más que la solidaridad.

Frente a ello, este informe nos recuerda algo elemental: ningún proyecto de país puede construirse sobre el sufrimiento, la exclusión o el destierro de quienes han luchado por hacerlo más justo.

El exilio no es una elección ni determina culpabilidad. Es una medida legítima de protección y tiene un costo difícil de medir. Significa dejar la casa, la familia, los afectos, el trabajo y proyectos construidos durante años. Significa comenzar de nuevo en lugares que muchas veces no se eligieron y aprender a vivir con una pregunta permanente: cuándo -y en qué condiciones- será posible volver.

Pero el destierro no afecta únicamente a quien se va. El país que expulsa también pierde. Con cada persona obligada a salir, Guatemala se ha visto privada de conocimientos, capacidades, experiencias y proyectos de vida puestos al servicio de la justicia, los derechos humanos, la democracia, el periodismo, la academia y la vida pública. Por eso, este informe no debe leerse solamente como un registro del daño. Debe leerse también como una oportunidad.

Hace casi tres décadas, al presentar el informe Guatemala: Nunca Más, Monseñor Juan Gerardi explicó el sentido de aquel enorme esfuerzo con palabras que siguen interpelándonos: “Queremos contribuir a la construcción de un país distinto. Por eso recuperamos la memoria del pueblo.”

Ese espíritu también acompaña este trabajo.

A pesar de la adversidad, el dolor y las injusticias que documenta, La Verdad del Exilio es también una afirmación de futuro. Es la evidencia de que quienes han sido obligados a salir no han renunciado a Guatemala. Desde México, Costa Rica, Estados Unidos, Europa y tantos otros lugares, seguimos imaginando, construyendo y defendiendo un país distinto.

Aquí seguimos.

Con empeño y con terquedad. Sosteniendo comunidades, haciendo periodismo, defendiendo derechos, creando arte, investigando, criando familias, defendiendo territorios, organizándonos y construyendo posibilidades para una Guatemala mejor para todos sus pueblos, dentro y fuera de sus fronteras.

No somos la primera generación de guatemaltecas y guatemaltecos obligada a vivir el exilio. Esa es una de las tragedias que atraviesa nuestra historia.

Pero podemos ofrecerle al país nuestra determinación para intentar ser la última.

Para ello no basta con reconocer lo ocurrido. Este informe plantea responsabilidades y recomendaciones concretas. Corresponde ahora al Estado, a sus tres poderes y todas sus instituciones, traducir sus hallazgos en acciones: avanzar en la descriminalización, garantizar derechos, reconstruir la confianza y crear las condiciones para que nadie tenga que abandonar Guatemala por defender la justicia y la democracia, y para que quienes deseen regresar puedan hacerlo con libertad, dignidad y seguridad.

Desde la sociedad civil, la comunidad internacional, los diversos colectivos y organizaciones en el exilio y quienes hemos sido directamente afectados por estos procesos, seguiremos exigiendo avances y contribuyendo a que estas recomendaciones se traduzcan en cambios reales.

Nada de esto será posible sin solidaridad. La solidaridad que ha permitido sobrevivir al destierro debe convertirse ahora en una fuerza capaz de transformar las condiciones que lo hicieron necesario.

Quiero agradecer profundamente a las personas que compartieron sus testimonios y confiaron experiencias dolorosas e íntimas con la esperanza de contribuir a algo mayor.

A Carlos Martín Beristain, Sonja Perkič-Krempl, Kelsey Alford-Jones y Liliana Rincón, por el rigor, la sensibilidad y el enorme compromiso con el que asumieron esta tarea.

Al equipo de Casa Centroamérica, y a todas las personas e instituciones que hicieron posible este proceso. Y, especialmente, a nuestras familias, amistades y colegas que nos han sostenido siempre.

Este informe llega hoy a manos del Estado y de la sociedad guatemalteca. Lo entregamos para profundizar una conversación que lleva años construyéndose de manera plural y, sobre todo, para contribuir a transformar el reconocimiento del dolor en respuestas y acciones.

Monseñor Gerardi nos dejó una convicción que conserva toda su fuerza: “Conocer la verdad duele, pero es, sin duda, una acción altamente saludable y liberadora.”

Hoy escogemos conocer y defender la verdad.

Muchas gracias.

COMPARTE

Ahorita