Guatemala: poder, memoria y la búsqueda de dignidad

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Eguizel Morales Ramírez 

Hablar de Guatemala es hablar de una historia marcada por disputas de poder, profundas desigualdades y la resistencia permanente de sus pueblos que, en mi opinión, son la referencia necesaria para la democracia. Desde la independencia en 1821, el país ha transitado por distintas corrientes políticas que, más que un proyecto nacional incluyente, han respondido a intereses de una minoría: élite económica, militar o ideológica1. Durante el siglo XIX, siempre hubo enfrentamientos entre liberales y conservadores y sus disputas definieron el rumbo del Estado. Los conservadores defendieron el orden colonial, eran férreos aliados de la oligarquía de la Iglesia católica y del poder concentrado en pocas manos; los liberales, por su parte, impulsaron la modernización económica, la privatización de las tierras comunales y la expansión del café2. Si bien estos últimos promovieron reformas “modernizadoras”, lo hicieron despojando las tierras de los pueblos indígenas sistemáticamente y consolidaron un modelo profundamente excluyente3.

Un breve pero luminoso paréntesis tuvimos en nuestra historia: la Primavera Guatemalteca (1944–1954)4. Durante diez años, con los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz, se impulsaron derechos laborales, se garantizó la educación pública, la participación política y una reforma agraria que buscaba dignificar a las grandes mayorías del país. Ese proyecto fue truncado por el golpe de Estado de 1954, respaldado por intereses extranjeros, con el apoyo de locales (“lacayos”), marcando el inicio de décadas de dictaduras militares5.

El período militar, especialmente entre los años sesenta y ochenta, dejó una herida abierta: una “guerra interna” (guerra asimétrica donde el ejército de Guatemala se pertrechó, con ayuda extranjera y tomó un control autoritario de la población civil) que derivó en políticas de exterminio contra los pueblos indígenas mayas, hoy reconocidas como actos de genocidio. Comunidades enteras fueron arrasadas, no sólo por razones militares y el uso indiscriminado de la violencia, sino por un racismo histórico que consideró a los pueblos originarios como prescindibles – que se pueden desechar. A esto se sumó un proceso continuo de asimilación forzada, clasismo, discursos de odio, negación de las identidades indígenas, que aún persiste en las estructuras del Estado y en la sociedad. Se creó el fantasma del comunismo o socialismo, que sirvió muy bien como pretexto para la aniquilación de poblaciones indígenas, por ejemplo, en el área Ixil.

De acuerdo con algunos estudios antropológicos, se concluyó que fue más bien una limpieza étnica6.

Con la firma de los Acuerdos de Paz, en 1996, Guatemala entró en una nueva etapa formalmente “democrática”. Sin embargo, los últimos años han estado marcados por gobiernos civiles débiles, corrupción estructural (desde lo individual hasta lo nacional), cooptación del Estado y con una democracia más electoral que sustantiva. Por ejemplo, se nos recuerda cada cuatro años que existe esa democracia, cuando se requieren los votos de la población (ya sean votos libres o comprados). Las tendencias políticas han oscilado entre discursos conservadores, populismo y autoritarismo encubierto, sin resolver las causas profundas de desigualdad. Y hoy en la actualidad aparecen y están vigentes las cantaletas liberales o de libertarios, que ya llegan a ser conocidas, con un concepto de “libertad” abstracta, metafísica y cliché.

Hoy, Guatemala enfrenta desafíos enormes. Un porcentaje significativo de la población sigue siendo analfabeta, especialmente en las áreas rurales e indígenas7. La religión juega un papel central en la vida social de la población: el país se divide principalmente entre católicos y evangélicos pentecostales. Estos últimos con creciente influencia política y social. Esta realidad, lejos de ser negativa en sí misma, se vuelve problemática cuando sustituye el pensamiento crítico por dogmas y se instrumentaliza para poder ejercer un control social.

Ante este panorama, las preguntas son inevitables: ¿hacia dónde nos dirigimos como país? La respuesta no se puede esperar únicamente de quienes nos gobiernan y de las burocracias privadas que también dirigen el destino del país desde las sombras. Existe un compromiso ético y ciudadano, especialmente de nosotras y nosotros como guatemaltecos, de educarnos, de leer, de preguntar, de informarnos y de cuestionar. Apagar la televisión y educarse en la forma de usar redes sociales, que están manipuladas e intoxican a la población, se usan bots para llenar de odio, división; en general, se ve a los otros como enemigos a quienes hay que desaparecer y se separa el mundo entre buenos y malos. Donde los buenos son los que tienen el poder de los medios de comunicación, las armas y concentran la economía a su favor (vemos como la riqueza producida socialmente se sigue acumulando en pocas manos). Es importante resistir, no dejar que nos adormezcan las conciencias, pues debemos abrir espacios para el diálogo informado, como un acto político y revolucionario en sí mismo.

1 (ver: La patria del criollo, un clásico y Guatemala como hacienda).

2 Casaús Arzú, M. E. (1992). Guatemala: Linaje y racismo. San José, Costa Rica: FLACSO.

3 Taracena Arriola, A. (1993). Liberalismo y poder político en Centroamérica (1870-1929). En V. H. Acuña Ortega (Ed.), Historia general de Centroamérica (Vol. 4, pp. 167-253). Madrid, España: FLACSO

/ Comisión Quinto Centenario.

4 Grandin, G. (2000). The Blood of Guatemala: A History of Race and Nation. Duke University Press.

5 Comisión para el Esclarecimiento Histórico – Naciones Unidas. (1999). Guatemala: Memoria del Silencio. Informe final de la CEH.

6 Robert M. Carmarck (compilador), Guatemala: cosecha de violencias. San José, FLACSO, 1991.

7 Painter, J. (1987). Guatemala: False Hope, False Freedom: The Rich, the Poor and the Christian Democrats. Catholic Institute for International Relations / Latin America Bureau. ISBN 9780906156315.

Quiero resaltar también que en Guatemala NUNCA ha gobernado el comunismo, ni el socialismo (nunca, maj k’ul, ma ruk’, never, jamais, mai, niemals, никогда). Repito Guatemala ha sido gobernada por liberales, por conservadores y por gobiernos serviles a los dueños del país, que les financian las campañas políticas8.

La unidad que Guatemala necesita no es hegemónica, sino implica el reconocimiento y el respeto de nuestra diversidad de pueblos, lenguas e historias. Solo así podremos construir un país donde la dignidad no sea un privilegio de unos pocos, sino un derecho garantizado para cada ciudadano que habita el país de la eterna primavera – no el país de la eterna robadera, como dicen, ni el de la eterna tiranía9 como ha sido históricamente.

La historia no está escrita en piedra. Con memoria, conciencia, participación y organización, Guatemala aún puede imaginar —y construir— un presente y un futuro distinto.

8 Rubio Castañeda, E. (2025). Guatemala: Narcoestado y Oligarquía. Ciudad de Guatemala: F&G Editores.

9 Simon, J.-M. (1987). Guatemala: Eternal Spring, Eternal Tyranny. W. W. Norton & Company. ISBN 0393305066. Publicación original en inglés sobre el conflicto armado interno en Guatemala con fotografías y texto.

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