Juan José Hurtado
“Entonces hablaron entre sí, meditaron y se pusieron de acuerdo.
Unieron su palabra, su pensamiento y su corazón
para que hubiera claridad y amanecer en la creación.”
Popol Wuj
El diálogo verdadero, entendido como la comunicación en doble vía que fluye entre iguales, es indispensable para llegar a puntos de encuentro, lograr consensos, para poder crear y trabajar juntos en lo común. Sin embargo, en Guatemala no estamos acostumbrados a dialogar; lo que predomina es el monólogo unilateral, la imposición y la negación del otro y la otra.
Nos vemos con desconfianza, recelo y resentimiento. Eso nos hace cerrarnos. No escuchamos, sino que pretendemos imponer “nuestra verdad”, pensando que es la única, o, por el contrario, callamos. Y callamos no por humildad, sino por miedo, por costumbre, por la sensación de que mostrar quiénes somos en realidad nos deja vulnerables. Me atrevo a decir que las y los guatemaltecos somos terriblemente susceptibles. Además, estamos acostumbrados a actuar, a representar un personaje, para ocultar lo que realmente somos, sentimos y pensamos.
Descalificamos con mucha facilidad: lejos de argumentar desde razones, recurrimos al prejuicio; no evaluamos lo dicho sino quién lo dice. No discutimos ideas; atacamos personas. Incluso nos insultamos, profundizando heridas y ahondando brechas.
Esta forma de ser e interrelacionarnos no es casual; tiene razones históricas profundas.
Somos un país marcado por la violencia y la imposición. Desde la invasión a la fecha, hemos vivido un colonialismo feroz, más dramático que en otras partes del continente: el racismo que ha justificado el despojo y la explotación despiadada, la negación de lo indígena; la palabra que fue vigilada, prohibida y reprimida. No solo se silenciaron las voces, sino que se silenciaron las identidades. Con la colonización, se impuso la lógica de mando vertical y obediencia forzada.
Las distintas dictaduras de los siglos XIX y XX reforzaron esa estructura. La represión política y militar, la guerra interna (1960-1996) y el miedo sembrado por décadas convirtieron el hablar en un acto peligroso. En Guatemala, expresar opinión era exponerse a fichamientos, capturas, desapariciones y hasta muerte. Mientras en otros países latinoamericanos se reprimía, aquí se exterminaba; mientras en otros lugares el conflicto era político, aquí fue la contrainsurgencia con masacres, tierra arrasada y genocidio. Aprendimos a callar no solo por prudencia, sino por supervivencia. Ese miedo, aunque hoy tenga otras formas, sigue alojado en nuestra cultura.
La historia también nos dividió: ladinos e indígenas, ricos y pobres, hombres y mujeres, adultos y jóvenes y otras divisiones polarizantes. Las diferencias se convirtieron en fronteras rígidas, cargadas de resentimiento acumulado, desconfianza mutua, temor a la humillación y al engaño. Venimos de relaciones asimétricas marcadas por despojo, dominación, exclusión y sometimiento. Durante siglos, la voz indígena no fue reconocida como palabra; la voz femenina se ha entendido como resentimiento; la voz juvenil, como amenaza. Esto dejó huellas profundas: en Guatemala, para muchas personas, hablar “no es permitido”, “no corresponde”, “no se puede”.
El ladino quedó asociado a ser “superior”, mando y decisión, el indígena a obediencia y despojo. Las desigualdades de clase no son solo económicas sino también políticas y simbólicas: unos se sienten con derecho a hablar, otros sienten que no tienen derecho a hacerlo. El patriarcado estableció jerarquías de género en todos los espacios y hace que los hombres estemos en una situación de ventaja sobre las mujeres. Además, somos una sociedad adultocéntrica que subestima a las juventudes, que les niega espacios de palabra y las trata como “inmaduras”, “inexpertas” y “estorbo”. Dialogar no es fácil cuando la palabra ha sido históricamente un privilegio y no un derecho.
La oligarquía heredada de la Colonia, a la que se han sumado otras minorías y poderes emergentes, son de un pensamiento sumamente conservador y cavernario; solo saben mandar y no dialogar. A los ladinos se nos enseñó que “sabemos más”, y a la mayoría de los pueblos indígenas se les enseñó que no deben confiar en los ladinos porque solo los utilizarán, los engañarán y traicionarán. Nos rechazamos y desconfiamos mutuamente, lo que tiene un fundamento histórico que se proyecta al presente.
Además, en Guatemala nunca hemos tenido un verdadero proceso colectivo de sanación o conciliación profunda. Los intentos por que se haga justicia contra los perpetradores e ideólogos de las masacres han sido anulados. No ha habido verdaderas reformas educativas que permitan conocer la historia desde la perspectiva de los Pueblos y que promuevan el diálogo. Predominan narrativas que refuerzan las divisiones y la intolerancia. La verdad se fragmentó, la justicia fue incompleta y el trauma quedó sin ser reconocido. Los sobrevivientes cargan memorias de terror a las que no se hizo justicia y, por lo tanto, no pudieron transformarse en aprendizaje colectivo. Cuando no se sana, se transmite; y cuando el trauma se transmite, la desconfianza se hereda.
Todo esto explica por qué en Guatemala dialogar no es natural: porque la palabra fue colonizada, vigilada, castigada y despreciada. Porque el diálogo fue sustituido por órdenes, silencios, rumores, chismes, imposición o evasión. Porque nuestra historia no nos ha formado para conversar, sino para sobrevivir.
Sin embargo, el diálogo no busca borrar diferencias ni homogeneizar identidades. Se trata, más bien, de aceptarlas como punto de partida. Dialogar no es pensar igual, sino encontrarnos e intercambiar para aprender y enriquecer, procurando encontrar lo común y donde nuestras diferencias no se conviertan en barreras infranqueables, sino en aportes.
Promover una cultura de diálogo exige aprender a escuchar y reconocer lo que la otra persona nos aporta. Dialogar implica dejar de ver al otro como amenaza y empezar a reconocerlo como un sujeto con dignidad. Y esto solo se logra en espacios seguros, espacios donde no haya discriminación, miedo a ser ridiculizados, ni imposiciones, ni soberbia intelectual. Espacios donde quien habla y quien escucha se sientan valorados.
Aprender a dialogar requiere procesos, habilidades y actitudes, pero sobre todo voluntad. Implica desaprender la imposición, desarmar los prejuicios, reconstruir lo humano. Implica educar desde la niñez para que la palabra sea puente y no arma para atacar. Implica reconocer que venimos de una historia que nos entrenó para mandar, obedecer o desconfiar, pero que esa herida se puede transformar si la hacemos consciente.
Aprendamos del pasado en que las divisiones y el sectarismo nos han debilitado. Tenemos múltiples razones para encontrarnos y trabajar juntos, pero no las vemos porque nos enseñaron a concentrarnos en lo que nos separa. El diálogo requiere reconocer lo que nos une: la necesidad de vida digna para las personas y Pueblos, con justicia y paz, en donde todas y todos tengamos derechos y oportunidades; una convivencia en equilibrio entre seres humanos, Madre Naturaleza y energías del Universo; el Buen Vivir.
Dialogar es dignificar. Dar y recibir palabra es construir humanidad compartida. Y aunque no podamos resolver todos los problemas de una sola vez, podemos comenzar por acuerdos mínimos que nos permitan caminar; construir una plataforma común. El diálogo es un proceso, es un camino.
Hoy es indispensable desarrollar alianzas lo más amplias posibles para impedir que los sectores más conservadores nos regresen al pasado. “Construyamos puentes, no muros.” Si queremos un país donde todas y todos quepamos sin negar lo que somos, necesitamos superar el miedo, la soberbia, los personalismos, los sectarismos y la desconfianza. Necesitamos abrirnos, equivocarnos, reparar, insistir. Solo así podremos construir juntos la Guatemala que la historia nos ha negado, pero que necesitamos.



