Por Dante Liano
En febrero de 2026 se cumplieron cincuenta años del terremoto que devastó Guatemala. Ignoro si hubo conmemoraciones, pues de festejos no se podría hablar. Siempre tiembla la tierra en Guatemala; y, cuando no tiembla, retumba. Al recordar esa fecha, me acuerdo, casi por fuerza, de mi primo Pancho, quien me acompañó por largos años de mi infancia. De niño, yo no tenía muchos amigos. Quizá por eso, la amistad con mi primo Pancho fue una especie de bendición. Antes casi no nos hablábamos. Pero, ese año, mi tía lo inscribió en el colegio, y Pancho fue a parar a mi misma clase. De allí, andábamos juntos por todas partes. Pancho era bajito, bastante gordo y tenía la cabeza espinuda, como si en lugar de gorra tuviera un cactus picante. Era pésimo para los estudios y, como yo sacaba buenas notas, siempre se me pegaba para copiarme en los exámenes. Como le tenía afecto, dejaba que me copiara. Por pequeño, por gordo, por espinudo, los compañeros comenzaron a bulizarlo. Le pusieron un montón de apodos, desde «Bola de sebo», general y común, hasta «Güisquil», descontado y genérico. Entonces, asumí su defensa, y en un par de ocasiones agarré a pescozadas a los aspirantes a bulo, por lo que dejaron de molestarlo. Eso nos unió mucho. Yo ya me había hecho a la idea de que mi primo iba a ser siempre gordito, espinudo y fracasado en la vida como en los estudios. Lo que pasó después me enseñó que el mundo gira, la vida gira, todo cambia y nada queda. Dos o tres años después, Pancho cambió colegio, porque la familia no estaba en condiciones de pagar las generosas cuotas mensuales del colegio religioso. Y allí fue donde el destino dio su primera caravuelta.
Pasaron los años. Mi vida siguió los carriles previstos: bachillerato, carrera técnica, fundación de una pequeña empresa. Eso no importa. Importa que crecí, quiero decir, crecí físicamente, como todos. Del niño que fui no quedó nada: se me endurecieron los rasgos, me dejé la barba, no superé el metro y setenta (pero en mi país no importa), me encontré, de repente, mayor de edad y con varias responsabilidades. Esas cosas que pasan y de las que uno apenas se da cuenta. Solo al encontrar a alguien, después de muchos años, sobre todo a los amigos de nuestros padres, que hacen ceremonia de asombro al ver al nene: cómo ha crecido y ya está hecho un hombrecito. Bueno, debe haber sido en una fiesta familiar cuando encontré a Pancho, también él adulto y con traje. No fue esa la sorpresa, no lo podía ser. La sorpresa fue que Pancho había crecido de manera inverosímil: medía como uno ochenta. No solo, sus cabellos lisos castaños, largos y sedosos, caían con gracia por encima de las orejas, dándole un aire trasnochado y bohemio. Las facciones eran finas y bien dibujadas, con una sonrisa enigmática y contagiosa, que declaraba complicidad y misterio. Quiero decir con esto que mi primo Pancho parecía, en todo y por todo, un actor de Hollywood. Él lo sabía, y tenía gestos de antiguo actor de blanco y negro, qué se yo, un Clark Gable o un Rock Hudson. La novia que yo tenía en ese entonces no se pudo reprimir: «¡Pero qué guapo es tu primo!», me comentó. Un mes después nos dejamos. He dicho: «mi vida siguió los carriles previstos». La de mi primo, no. Todos creíamos que iba a terminar como actor de cine, pero, en cambio, postuló para miembro de la tripulación de American Airlines y cuando apreciaron su belleza latina, lo asumieron de inmediato. Para envidia de todos, Pancho (al que imagino habrán llamado con nombres mejores), vivía en todas partes, rodeado de bellas y efímeras compañeras de trabajo, en una especie de ambiente internacional, con su envidiable inglés fluido y la no menos envidiable ciudadanía estadounidense. Pero lo que parece óptimo puede dar vuelta como un iceberg, y la fortuna puede volverse carroña y malestar. Eso le pasó a mi apuesto primo Pancho.
Las incontables ventajas otorgadas por la ciudadanía norteamericana se desvanecieron una mañana calurosa de Los Ángeles, cuando Pancho recibió una carta certificada del gobierno. Es cosa sabida que el imperio necesita mover guerras, en todas partes del mundo, para afirmar su potencia. Y también es cosa sabida que los norteamericanos mandan a la batalla a los pobres, a los negros y a los latinos. Los más pendencieros son los blancos, anglosajones y protestantes; son los que menos vienen convocados. De modo y manera que la carta recibida por el primo Pancho lo convocaba de inmediato a Fort Knox, para un entrenamiento previo a ser mandado a Viet Nam. La primera reacción de mi primo fue la de buscar toda suerte de estratagemas para evitar la vida militar, en cuenta esconderse en Guatemala. Enseguida se resignó, preparó sus maletas y se fue al cuartel. Allí realizó un entrenamiento de dos meses, idéntico al que se ve en las películas hasta en el hecho de que un par de compañeros se pegaron un tiro a la mitad del período. Lo único bueno fue que se le bajó la panza y se le endurecieron los músculos. Por lo demás, Pancho maldecía a todos los dioses porque detestaba la vida militar. Cuando llegó a Saigón, lo mandaron a una provincia perdida de la cual nunca memorizó el nombre. Para él, era el infierno y eso le bastaba para ubicar el lugar a donde lo habían mandado. Su misión vietnamita duró poco, un par de meses. Terminó con un episodio espantoso. Después de que la aviación había peinado con napalm el territorio de una aldea, el pelotón de Pancho fue mandado a capturar a los sobrevivientes. Estaban atravesando una especie de pantano cuando, de la nada, de entre los árboles y debajo de la tierra, surgieron incontables vietcongs que los sometieron a fuego cruzado. Pancho vio como a sus compañeros les volaban la cabeza, los brazos, las piernas, se les salían las tripas, caían con un gesto de estupor como incrédulos ante la muerte cierta. Cuando cesó el fuego, Pancho descubrió que no tenía un solo rasguño, mientras que todos sus compañeros habían sucumbido. Enloquecido de terror, de pánico y de rabia, corrió hasta el poblado, y lo encontró lleno de mujeres y niños. Los ametralló sin piedad, hasta que llegó una patrulla de rescate y se lo llevó delirando. De regreso, pasó varios meses en un centro psiquiátrico, acosado por alucinaciones en las que caía repetidamente en emboscadas sangrientas. Salía corriendo, a gritos, y destrozaba lo que tenía enfrente. Los médicos lo atosigaron de medicinas y lo mandaron a la vida, como si estuviera curado.
La compañía de aviación ya no lo aceptó, por lo que se tuvo que inventar otra forma de ganarse la existencia. Se volvió contrabandista. Llenaba un camión de todo tipo de mercaderías y se largaba por los caminos, sobornando a cuanto policía se le ponía enfrente. De ese modo, atravesaba México y llegaba a Guatemala, en donde feriaba los chunches de contrabando. Alquilaba una casita en un barrio de malencarados, y su fama de peligroso le servía de seguro contra los ladrones. No dormía porque, apenas le entraba el sueño, se encontraba otra vez en la selva, con vietcongs que le disparaban desde todas partes. Despertaba aullando. Cuando oía, desde la calle, las voces de los niños que jugaban, le daban ganas de coger una ametralladora y salir a barrerlos a balazos. Durante ese período, nos veíamos poco, casi nada. De la complicidad de la infancia no quedaba nada y las escasas veces que nos reunimos descubrimos que el tiempo se había vuelto una suerte de barranco infranqueable. Él hablaba de la política de Estados Unidos, del drama de la migración y también de sus correrías en las autopistas. Se había vuelto prolijo, y para cada historia que contaba, se demoraba en detalles, de modo que uno perdía el hilo y la atención. Yo, por mi parte, tenía poco que contar. Sabía que mi vida era aburrida, pero me sentía cómodo con ella. Nos fuimos alejando hasta que el desenlace de la historia de Pancho tocó a mis puertas.
Una apacible mañana, durante un templado mes de febrero, Pancho se encontraba en San Diego, como podría haber estado en Sacramento. Se desplazaba por California siguiendo su destino de nómada insomne. Era pues, de mañana, y estaba en San Diego, cuando supo que un terremoto había arrasado Guatemala. Como era amigo del cura del lugar, que, a su vez, era amigo de desheredados, migrantes y hasta de malhechores, hizo una colecta en la parroquia, llenó uno de sus camiones y se llevó todo para el país. Poco pudo hacer, porque el Ejército le requisó lo que llevaba. Fatigado por el viaje, se fue a dormir a la casita de la zona 3. Como cosa rara, el sueño le entró sin pesadillas y, por primera vez desde su regreso de Vietnam, cayó profundamente dormido.
Mientras dormía, se le paró el corazón.
Cuando, a los tres días, los bomberos derribaron la puerta de su casa, le encontraron, en un bolsillo, un papelito con mi nombre y mi número de teléfono. Recibí la llamada de número desconocido como si me llegara desde el otro lado del universo. «¿Es usted el primo del señor Francisco Siani?» me dijeron. Lo que siguió no tiene importancia. Me queda, de esa experiencia de burocracia y de funerales tristes y solitarios, la costumbre de que, cada vez que se cumple un aniversario de ese terremoto, no puedo más que acordarme de mi primo Pancho.



