El avance de las ultraderechas: anatomía de una regresión global*

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Créditos: Prensa Comunitaria

“La barbarie no es el pasado que se va: es el presente que retorna.”

Walter Benjamin (adaptación).

Mario S. de León[1] y Marcelo Colussi[2]

I. Coordenadas de una época en crisis

Este texto nace de una inquietud que es, al mismo tiempo, intelectual y política en el sentido más riguroso del término: la constatación de que el mundo contemporáneo está atravesando una inflexión histórica de consecuencias aún incalculables e inciertas. Sabemos que ninguna perspectiva aislada (sociológica, politológica, histórica, psicológica, semiótica) basta para dar cuenta de la magnitud del fenómeno que se cierne sobre las sociedades del siglo XXI: el ascenso sostenido, sistemático y globalmente coordinado de la ultraderecha, en sus variantes neofascistas, ecofascistas, neoautoritarias y supremacistas.

Para entender el fenómeno, y quizá dar algunas pistas para atenuarlo y neutralizarlo, se necesita una articulación de miradas, de puntos de vista,  con una búsqueda pragmática de acción política. Lo que está sucediendo, si bien puede ser leído buscando relacionar todas esas facetas en muchos de los sistemas políticos actuales, puede ser enfrentado con alguna posibilidad de éxito solamente en el ámbito de lo político,  es decir: en el campo de los interjuegos de poder entre lo nacional, lo regional y lo global.

Se está ante un proceso que desafía los marcos interpretativos heredados. Las categorías elaboradas por la ciencia política clásica tanto de izquierda como de derecha, progresismo y conservadurismo, democracia y autoritarismo, resultan insuficientes para capturar la densidad y complejidad de lo que está ocurriendo actualmente. Ahora incluso se habla, de un proteccionismo-nacionalista versus un globalismo post-expansionista, dentro de un contexto geopolítico tripolar en transición.

No se trata simplemente de un desplazamiento del péndulo ideológico, de esa oscilación cíclica que los analistas suelen invocar para relativizar la gravedad de cada coyuntura. Lo que está en juego es algo cualitativamente diferente: una reconfiguración profunda intergeneracional de los imaginarios sociales, de los marcos de legitimidad política, de las realidades e hiperrealidades cotidianas y de los dispositivos de producción del sentido y significado colectivo sociocultural.

En América Latina, Europa, Asia, África y el Norte Global, con expresiones particulares en cada contexto, pero con un denominador común inconfundible, se asiste al retorno o a la resurrección de ideologías que los consensos de posguerra declararon moralmente derrotadas en 1945. El dato histórico es perturbador: el pensamiento que condujo a los campos de exterminio y a la devastación de Europa no fue simplemente desactivado por la derrota militar del Eje. Sobrevivió, se reconvirtió, encontró nuevas gramáticas y arquitecturas (estructuras y dinámicas) organizativas, y hoy se presenta, con una audacia renovada, como respuesta legítima a las crisis de la posmodernidad tardía, en los inicios de este siglo XXI. Vale aquí aquella frase perteneciente a Juan Ruiz de Alarcón “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.

II. El neofascismo como fenómeno sistémico: más allá de la llamada excepcionalidad

Uno de los errores analíticos más frecuentes consiste en tratar el ascenso de la ultraderecha como una anomalía, como una desviación patológica de una norma liberal que habría de estar funcionado correctamente hasta ser perturbada por líderes carismáticos y demagogos. Esta lectura, confortable para los defensores del orden neoliberal, oculta más de lo que revela. El neofascismo contemporáneo no es un accidente: es, en buena medida, un producto de las contradicciones no resueltas del capitalismo neoliberal tardío y de las promesas incumplidas de la democracia representativa que regularmente se reciclan o son recurrentes.

La crisis orgánica del sistema capitalista global, que no ha encontrado salida estructural desde el crack financiero de 2008, ha producido un caldo de cultivo propicio para la proliferación de discursos que ofrecen identidades fuertes, jerarquías claras y enemigos reconocibles en lugar de soluciones sistémicas. Décadas de prédica neoliberal, con su exaltación del individuo competitivo, su erosión de los lazos de solidaridad comunitaria y su naturalización de la desigualdad como resultado del mérito o del fracaso personal, han preparado el terreno subjetivo para la emergencia de ese sujeto que los teóricos críticos llaman el homo oeconomicus autoritario: dispuesto a sacrificar las libertades colectivas en aras de la seguridad, el orden y la pertenencia nacional-étnica.

Contribuyen igualmente a este renacer de posiciones de ultraderecha el agotamiento de las experiencias del socialismo real, la extendida y sistemática  campaña anticomunista que se desplegó por años durante la Guerra Fría y que, con nuevas características, aún perdura, el supremacismo racista y patriarcal -nunca desaparecido- que ve en el otro distinto siempre una amenaza, un clima general, establecido ya como tendencia normalizada, que acepta acríticamente cualquier solución “mágica” que líderes carismáticos pueden proponer con un maniqueísmo exaltado, donde hay “buenos” y “malos” (que son siempre los “otros”). La compleja combinación de todo este caldo de cultivo ha venido permitiendo el surgimiento de este nuevo modelo neofascista al nivel global.

Conviene aquí recuperar la distinción gramsciana entre crisis orgánica y coyuntura política. Gramsci observó que cuando la crisis sacude no solo las instituciones sino los consensos profundos que las sostienen, cuando los viejos marcos de sentido pierden su capacidad de integrar la experiencia social, se abre un interregno en el que pueden emerger “morbosidades muy variadas”. Lo que se está presenciando es precisamente eso: un interregno, un momento en el que las certezas que organizaron el mundo de posguerra se han disuelto sin que hayan cristalizado nuevos horizontes emancipadores, y en el que las ultraderechas han aprovechado ese vacío con una eficacia que la izquierda progresista aún no ha logrado contrarrestar.

Esto debe reconocerse con total objetividad: las derechas, en el sentido más amplio del término, han sabido/podido contrarrestar el discurso de la izquierda, logrando una narrativa que, aunque es absolutamente cuestionable, se entronizó mucho más que las denuncias que hizo el socialismo desde sus albores en el siglo XIX. Esas derechas, que tienen mucho que perder. Es decir, mientras la clase dominante tiene una incalculable, monumental riqueza acumulada, que defiende a capa y espada; la clase trabajadora solo puede perder “sus cadenas”- Las oligarquías nacionales e internacionales han hecho, siguen haciendo, y harán cualquier cosa a su alcance para mantener su hegemonía, sus intereses creados, sus inversiones y ganancias, y sus exorbitantes prebendas. Si bien años atrás cuidaban las formas del discurso, hablando de lo “políticamente correcto”, y promoviendo y calificando a la “democracia formal” como el sumun del desarrollo social, económico y político, hoy esas derechas son descaradas, brutales y despiadadas en su práctica politica en el ejercicio del poder. Siguiendo a Miguel Mazzeo se puede decir que:  

A diferencia de la lengua de la derecha tradicional, la lengua de la ultraderecha [actual] no busca construir una retórica que no se exhiba como tal. No quiere disimular nada aberrante, nada escabroso, nada absurdo. La lengua de la ultraderecha pone de manifiesto su perversa aspiración al “mal común” y a la disolución social y comunitaria, mientras celebra abiertamente la codicia, la injusticia y la crueldad en todas sus formas.

El neofascismo del siglo XXI se distingue del fascismo histórico por varios rasgos que es imprescindible identificar para comprender su poder de seducción, de multiplicación y extensión.

En primer lugar, opera mayoritariamente dentro de los marcos formales de la democracia representativa: llega al poder por medio de elecciones, invoca la voluntad popular como fuente de legitimidad y se presenta como presunta antítesis del establishment, aunque sea funcional a los intereses de las élites económicas más concentradas al nivel nacional e internacional.

En segundo lugar, articula su discurso con las herramientas del espectáculo mediático y la cultura de la celebridad, produciendo líderes que encarnan el resentimiento y la promesa de restauración de un orden imaginado. De ahí que, por ejemplo, un personaje como Trump – pudo ganar dos veces la elección presidencial, con discursos insustanciales centrados solo en pomposas declaraciones, emocionales-afectivas-preteristas de “volver a ser grandes”, para recuperar el terreno hegemónico perdido -en este caso, ante China principalmente-, todo lo cual exacerbó los ánimos y “enamoró” a su electorado (base dura paranoica supremacista, e indecisos alineados(as) a este discurso demagógico-alucinante peligroso).

En tercer lugar, y esto es quizás lo más novedoso, se apoya en las infraestructuras del capitalismo de plataformas para difundir su mensaje, eludir los filtros de los medios tradicionales y construir comunidades afectivas transnacionales de seguidores. Cada vez más, en cualquier parte del mundo, la política “oficial” está mediada por el mundo digital del ciberespacio, por las inefables redes sociales, siempre con la participación más generalizada, estratégica y relevante de la inteligencia artificial (IA). Los mensajes difundidos ya ni siquiera presentan posibles plataformas electorales, sino que constituyen motivaciones afectivas, emocionales y desinformantes. “Hay que dar entretenimientos pasionales, estúpidos y rápidos, para que la gente no piense, solo se evoque  a lo afectivo primario”, recomendaba un maestro en estas lides, el austro-germano Günther Anders.

Entre algunos ejemplos de los actuales gobernantes y partidos políticos de la ultraderecha mundial en tres continentes se tiene, en Latinoamérica: Milei en Argentina, De la Espriella en Colombia, Kast en Chile y Asfura en Honduras; en Asia: Modi en la India, y Takaichi en Japón; en Europa: Meloni en Italia, Andrej Babiš en la República Checa y Petteri Orpo en Finlandia. Al nivel partidista en Europa: el SPD, haciendo cogobierno en Chequia, el Fratelli d’Italia, principal agrupación/partido en el gobierno italiano y el AfD, que podría llegar al gobierno central en Alemania en un futuro no lejano con fuerte presencia en algunas regiones del país.

Estos partidos políticos han reivindicado el supremacismo y etnocentrismo europeo “de raza, cultura e historia superior”. Todo este espectro de personajes y entes políticos, han obtenido crecientemente mayorías en las urnas. Por tanto, dentro de los marcos de la democracia representativa, son totalmente legítimos y se han ido, o se van haciendo en varios casos más fuertes.

III. Fetichismo, psicopatología social y la dimensión subjetiva del giro reaccionario

Para captar esta compleja dinámica, se propone una lectura que articula la economía política con la psicología social y la teoría cultural de masas. Esta articulación es metodológicamente indispensable, porque el fenómeno que nos ocupa no puede ser reducido únicamente  a sus determinaciones estructurales, por más que estas sean decisivas. Hay una dimensión subjetiva, afectiva e identitaria que las aproximaciones exclusivamente economicistas y sociologistas no logran capturar.

Marx, en su análisis del fetichismo de la mercancía, demostró cómo las relaciones sociales entre personas toman la forma fantasmagórica de relaciones entre cosas: la mercancía aparece dotada de propiedades que en realidad le corresponden al trabajo humano que la produjo. Esta inversión fundamental, que convierte lo producido por los seres humanos en algo que los domina, no se limita al ámbito de la producción económica. Se extiende a todo el campo de la cultura, la política, la subjetividad, sus nuevas variedades de significados y significantes. El fetichismo contemporáneo se ha ampliado hasta incluir naciones, etnias, líderes carismáticos y comunidades imaginadas que funcionan como mercancías políticas: condensan deseos, miedos y fantasías, y ofrecen identidades capaces de dotar de sentido a vidas fragmentadas por la precariedad, la soledad individual y la anomia colectiva.

A esta dimensión fetichista se añade lo que se puede describir como “psicopatología social de la dominación”. Las subjetividades producidas por décadas de capitalismo neoliberal hiper-competitivas, ansiosas, narcisistas, egoístas; están centradas en el consumismo voraz y, en muy buena medida, son esclavas hoy del mundo digital, incapaces de sostener vínculos de solidaridad duradera, resultan extraordinariamente permeables a los “discursos del resentimiento”. Nietzsche identificó el resentimiento “como la moral de los débiles que se presentan a sí mismos como fuertes mediante la definición reactiva de un adversario o enemigo”.

El fascismo histórico fue en gran medida una política del resentimiento: encontró en el judío, el comunista, el gitano, el homosexual, al otro que condensaba todas las frustraciones y humillaciones de las clases medias arruinadas por la modernización capitalista. Los autoritarismos, los neofascismos y los ecofascismos contemporáneos operan con la misma lógica: el inmigrante, la/el feminista, la persona racializada, la comunidad LGBTQ+, el intelectual de izquierda, el defensor(a) de los derechos humanos, de los derechos civiles, de los derechos étnicos y de los territorios y comunidades, ocupan el lugar del otro que debe ser expulsado, masacrado, exterminado, para que el pueblo “elegido” recupere su grandeza perdida.

Una cuestión que desconcierta, se refiere a lo dicho por un joven cualquiera, de Argentina, al que se le preguntó por qué había votado por Milei: ¿cómo puede un jovencito veinteañero afirmar con orgullo que lo votó porque “es cool ser fascista”? Esto no admite una respuesta simple. No se trata de ignorancia, aunque la ignorancia sea un factor importante. No se trata únicamente de manipulación mediática; otro factor importante a tener en cuenta, es que la arquitectura/estructura comunicacional de las derechas ha sido diseñada con sofisticación monstruosa, ha sido calculada con propósitos claros y ha sido muy eficiente en sus impactos.

Se trata entonces, de una convergencia de factores en la que el desamparo subjetivo, la promesa de pertenencia identitaria, el capital estético (la satisfacción de la desviación social y/o la sociopatía de la transgresión), y la naturalización gradual de discursos supremacistas a través de la repetición y la viralización en redes del ciberespacio, han producido un nuevo sentido común que hace imaginable, e incluso deseable, lo que hace pocas décadas hubiera sido impensable.

 

IV.  La comunicación como campo de batalla: arquitecturas del odio y la desinformación

Ningún análisis del ascenso de las ultraderechas puede prescindir del estudio de los dispositivos comunicacionales que lo han hecho posible. La revolución digital no ha sido neutral: ha producido condiciones inéditas para la producción, circulación y amplificación de discursos de odio, las fobias socioculturales, la desinformación y propaganda supremacista, discriminativa y xenofóbica. Asimismo, las redes sociodigitales, diseñadas por el capitalismo de plataformas con la lógica del engagement (adherirse, darle seguimiento, e identificarse con; ¿podría decirse “adicción”?), que maximiza la atención mediante el privilegio algorítmico de los contenidos más perturbadores y emocionalmente activantes, han operado como aceleradoras de la polarización y de la radicalización, incluso a niveles arriesgados o peligrosos.

Las ultraderechas ha sido, en este terreno, sistemáticamente más ágiles, más creativas y dispuestas a romper las convenciones que la izquierda progresista. las derechas están basadas en diferentes formas de mentiras: “Si usted quiere, puede”, “todo depende de usted”, “los pobres son pobres porque no se esfuerzan”, “el próximo gobierno sí va a solucionar efectivamente las cosas”. Mientras las fuerzas críticas han tendido a privilegiar argumentos racionales, análisis complejos y discursos que apelan a la conciencia crítica-reflexiva, las derechas radicales han comprendido, intuitivamente en algunos casos, estratégicamente en otros, que la política se gana en el plano de las emociones, de los mitos y de las identidades. Han producido memes, videos virales, eslóganes simples, anuncios impactantes, posters alusivos y narrativas de restauración nacional que penetran y afectan directamente en el plano afectivo-emocional, eludiendo el filtro de la racionalidad crítica, borrándola de las mentes de las mayorías. “Personalidades magnéticas y atractivas explotarán de modo efectivo las técnicas más eficientes para manipular las emociones y controlar la razón”, pedía el ideólogo polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinski.

A esto se suma el fenómeno de la desinformación sistémica, que ya no opera únicamente mediante la producción de noticias falsas individuales, sino mediante la saturación del espacio informativo con versiones contradictorias de la realidad que producen confusión, cinismo y desconfianza generalizada. Cuando todo parece relativo, cuando todas las fuentes son igualmente sospechosas, cuando la verdad aparece como una construcción interesada, el terreno queda abonado para los líderes fuertes que ofrecen certezas simples y verdades evidentes, que interpelan al sujeto que ya no sabe en qué creer con el lenguaje de la autenticidad y el sentido común. Es ahí donde la evidencia es manipulada, inventada y dada como una certeza bien cimentada, aunque toda ella sea falsa, hiperrealista o sesgada. Estamos en el reino de la post-verdad: la verdad se ha evaporado, no importa. Solo queda la reacción emocional. Recordemos la cita de Anders: “Entretenimientos estúpidos, que la gente no piense, evocar solo lo afectivo primario.

V. El agotamiento de las izquierdas y la crisis del proyecto emancipador

Sería intelectualmente deshonesto atribuir el ascenso de la ultraderecha únicamente a factores externos a las tradiciones emancipadoras. Corresponde examinar, con el mismo rigor crítico con que se analiza al adversario, las razones internas del agotamiento de las izquierdas y de los proyectos progresistas en el escenario contemporáneo (léase: imprescindible y urgente autocrítica constructiva).

El colapso de los socialismos reales, con la caída del Muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la URSS en 1991, tuvo consecuencias que van mucho más allá de la derrota geopolítica de un bloque. Implicó la deslegitimación generalizada de las utopías emancipadoras del capitalismo global, el triunfo ideológico del discurso que proclamaba el fin de la historia y la naturalización del capitalismo como horizonte insuperable. Las izquierdas, atravesadas por crisis profundas de identidad y de programa, no encontraron, con notables excepciones, caminos convincentes para reinventar el proyecto emancipador en las condiciones del capitalismo tardío.

A estas dificultades estructurales se añaden errores propios: discursos excesivamente técnicos y academizados, incapaces de interpelar/motivar a amplias capas de la población; fragmentación identitaria que, en algunos casos, ha privilegiado las demandas de reconocimiento sobre las de redistribución, produciendo coaliciones que resultan ajenas a sectores populares con experiencias de clase muy concretas; prácticas sectarias y disputas internas que han debilitado la capacidad de acción colectiva; y, en algunos contextos latinoamericanos, gobiernos progresistas que no lograron superar los límites del modelo extractivista y que reprodujeron, bajo nuevas formas, viejas lógicas de nepotismo, clientelismo, corrupción, opresión, subordinación y vulnerabilidad que erosionaron su legitimidad.

Esto no equivale a establecer una falsa equivalencia entre izquierda y derecha, ni a sugerir que las fallas del progresismo justifican el avance del neofascismo. Equivale, en cambio, a señalar que la respuesta al fenómeno que está siendo analizado requiere también una autocrítica honesta y un trabajo de renovación del pensamiento y la práctica emancipadores. ¿Cómo oponerse a los algoritmos tendenciosos, sesgados y manipuladores? ¿Cómo organizar sindicatos con población que hace trabajo en línea, para aclarar las falsedades y las desinformaciones e informar con veracidades y evidencias comprobables?

VI. Tecnología, deshumanización y el sujeto sobrante e innecesario

Entre los factores que contribuyen a la emergencia del malestar social que las ultraderechas capitalizan, debe prestarse especial atención al papel de las nuevas tecnologías y a la experiencia de desplazamiento e inutilidad que generan en amplias capas de la población. La automatización, la inteligencia artificial y la robotización de procesos productivos no son fenómenos neutrales: dentro de las relaciones sociales capitalistas, producen una creciente masa de trabajadores(as) cuyas habilidades quedan obsoletas, que experimentan de manera visceral la sensación de ser prescindibles o innecesarios(as), de no tener un lugar en la economía de la información y el conocimiento. Por supuesto, apurémonos a aclarar que desde una ética progresista nadie, absolutamente nadie, puede “sobrar”. Pero el avance tecnológico -implementado solo a favor de la tasa de ganancia y no del bienestar general- logra esa sensación.

Esta experiencia de la prescindibilidad que los sociólogos del trabajo describen como la producción de una nueva “clase sobrante”, genera un terreno subjetivo propicio para las narrativas de la ultraderecha. Si el sistema me hace sentir sobrante, si la economía globalizada me vuelve innecesario(a), la promesa de restaurar un orden en el que yo, como miembro del pueblo elegido, vuelva a tener un lugar, resulta poderosa, edificante y hasta “trascendental”. El supremacismo no es solo un error cognitivo: es también una respuesta, perversa y reaccionaria, a una experiencia real de exclusión, pobreza y degradación socioeconómica y sociocultural que el capitalismo neoliberal tardío ha producido y produce masivamente.

El endiosamiento de la tecnología como solución a todos los problemas humanos, la ideología del solucionismo tecnológico que impregna los discursos de las élites del Silicon Valley y sus equivalentes globales funcionan, paradójicamente, como aceleradores de ese malestar social. Cuando la tecnología se presenta como sustituta del pensamiento, como facilitadora de una vida sin esfuerzo cognitivo, no solo promete un empobrecimiento enajenante, también debilita las capacidades analítico-críticas que serían necesarias para resistir la penetración de los discursos autoritarios y supremacistas. ¿Cuánto tiempo diario se dedica a la lectura, y cuánto a las redes sociales?

VII. Patriarcado, misoginia y supremacismo: las dimensiones de género del neofascismo

El análisis del ascenso de la ultraderecha sería incompleto sin atender a su dimensión de género. El neofascismo contemporáneo en sus formas es, de manera constitutiva, profundamente patriarcal, machista y misógino. No como una característica accidental o secundaria, sino como elemento estructural de su proyecto político: la restauración del orden deseado es inseparable de la restauración del dominio masculino, de la derrota del feminismo y de la relegación de las mujeres al espacio doméstico y reproductivo. De ahí el auge de lo que podría denominarse “movimiento de mujeres sumisas”, conocido popularmente hoy como el fenómeno de las tradwives (esposas tradicionales, en inglés). Es decir: tendencia ideológico-cultural en la que mujeres jóvenes promueven y adoptan roles de género estrictos, tradicionales y conservadores (atención de lo doméstico, crianza de los niños), cediendo la autoridad económica y el liderazgo del hogar a sus esposos o parejas heterosexuales.

Los movimientos de ultraderecha han identificado el feminismo como uno de sus principales adversarios ideológicos, y no sin razón; el feminismo es en sus múltiples vertientes, una de las tradiciones de pensamiento crítico que más profundamente ha cuestionado las “jerarquías naturales” en las que se basa el orden que las derechas radicales quieren restaurar. La violencia retórica y física contra las feministas, la deslegitimación de los estudios de género, la demonización de la llamada “ideología de género”, constructo polémico que las derechas han diseñado estratégicamente para movilizar a sectores religiosos conservadores son, en definitiva, componentes centrales de la ofensiva ultraderechista.

El pensamiento crítico comparativo actual, con una perspectiva multidimensional, no puede sino situarse, en este punto de la realidad, junto a las tradiciones feministas decoloniales e interseccionales que han demostrado la articulación indisoluble entre dominación de género, dominación racial y dominación de clase. La lucha contra el neofascismo es indisociable de la lucha por la igualdad de género y de la despatriarcalización de las instituciones, los discursos y las subjetividades.

VIII. Pensamiento crítico como resistencia: horizontes de un proyecto emancipador renovado

El título de este texto recoge una preocupación central de sus autores: el pensamiento crítico, esa tradición intelectual que en el siglo XX articuló el marxismo, el psicoanálisis, el feminismo, el anticolonialismo y la teoría social de los movimientos reivindicativos, aparece hoy como una especie pretendidamente en vías de extinción, condenada al recuerdo negativo y al rechazo estigmatizado. La pregunta que se impone es: ¿condenada por quién? La respuesta es política antes que epistémica: es el discurso dominante, con su capacidad para colonizar el sentido común, el que ha construido la imagen de un pensamiento crítico obsoleto, peligroso o simplemente irrelevante.

Frente a esa operación de deslegitimación, afirmamos con total convicción la vigencia y la urgencia del pensamiento crítico. No del pensamiento crítico como ejercicio académico desconectado de la práctica social, sino como instrumento de comprensión y de transformación de la realidad. En tiempos en que la complejidad es oscurecida por la simplificación demagógica, la razón crítica es un acto de resistencia. En tiempos en que la emoción manipulada desplaza el análisis, la insistencia en el rigor conceptual y la honestidad intelectual tiene un valor político indiscutible. En tal sentido coincidimos con Jaén Urueña:

Frente a la desvalorización del humanismo y la destrucción de la Tierra, frente a la exaltación del odio y el nihilismo moral, podemos volver a la Ilustración. Podemos proponer que solamente un socialismo democrático, feminista y ecologista; es la base para espantar a los demonios del pasado.

Esto no significa propugnar por un intelectualismo elitista que renuncia a dialogar con la experiencia vivida de las mayorías. Significa, por el contrario, trabajar por una articulación entre el rigor del pensamiento y la fuerza de los afectos (recordemos a Gramsci), entre la complejidad del análisis y la claridad de las propuestas, entre la crítica radical y la construcción de alternativas concretas.

El horizonte que se esboza en escrito no es el del catastrofismo ni el del optimismo voluntarista. Es el de un realismo crítico que reconoce la gravedad de la situación sin resignarse a ella; que toma en serio la fuerza del adversario sin sobreestimarla; que identifica las contradicciones del orden autoritario, neofascista y ecofascista como puntos de apertura para la acción emancipadora. Las coaliciones sociales que han resistido el avance autoritario en distintos contextos, desde el feminismo latinoamericano hasta los movimientos climáticos, desde las organizaciones de trabajadores migrantes hasta las comunidades indígenas en defensa del territorio y la naturaleza, muestran que la resistencia es posible y que puede producir transformaciones reales.

IX. Una trinchera intelectual para tiempos de urgencia

Esta metáfora de la “trinchera”, merece ser recuperada y precisada. Una trinchera no es un fortín, no está pensada para la defensa pasiva ni para el repliegue. Es un punto de apoyo desde el que se impulsa el avance. La trinchera cultural del pensamiento crítico tiene esa función: no conservar un patrimonio del pasado, sino producir las herramientas conceptuales que permitan comprender el presente y abrir caminos hacia un futuro diferente.

“José Martí dijo “Las  trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”. En esa lógica surge el presente texto, entendiendo que la lucha por una perspectiva no capitalista neoliberal-neocolonial globalizada, impone forzosamente diversos escenarios, diversas vías de resistencia y lucha constante en los planos de la realidad material; y ahora abarca, se extiende y profundiza en la realidad virtual, en la tecno-info-cibercracia: que comprende las plataformas de redes sociales, la media digital ampliada, la inteligencia artificial y la tecnología cuántica, entre otras.


* Este texto forma parte del libro “Autoritarismos, neofascismos y ecofascismos: la ultraderecha y el pensamiento crítico en el siglo XXI. Anatomía de una regresión global”, de próxima aparición. Dicho libro, segundo volumen que presenta el grupo Perspectivas, reúne el trabajo de más de 20 investigadores sociales y artistas de la plástica, y antes de fin de año estará disponible en versión electrónica y física. Para el año próximo está prevista su edición en inglés.

[1] Doctor en Salud Global y Desarrollo, Docente Universitario, Consultor, Analista y Ensayista Internacional.

[2] Psicólogo, Filósofo y Psicoanalista, Docente Universitario; Escritor, Analista, Ensayista Internacional.

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