“Aquí estoy para contar la historia”: sobrevivientes en Pacoj y Cruz Nueva, San Martín Jilotepeque dignifican la memoria de sus desaparecidos

COMPARTE

Créditos: Joel Solano

Tras décadas de espera, silencio y una incansable búsqueda de justicia, la dignidad regresa a las comunidades de Pacoj y Cruz Nueva. En un acto de profundo respeto y memoria histórica, los restos de 68 personas que permanecían resguardados en una bóveda colectiva fueron trasladados finalmente a sus nichos individuales, cerrando un ciclo de dolor y abriendo un espacio sagrado para el descanso eterno y el duelo de sus familias.

Por Joel Solano

San Martín Jilotepeque – La jornada, marcada por el silencio y los rituales propios de la memoria histórica de la región, reflejó el espíritu colectivo de un pueblo que se unió para sanar una herida abierta. Los nuevos nichos, construidos especialmente para este momento, representan el cierre de un largo camino de trámites y un esfuerzo técnico-científico coordinado desde el corazón del territorio.

El deterioro de la antigua bóveda y la urgencia del traslado

El 29 de junio, un total de 68 osamentas exhumadas en distintos periodos entre 1998 y 2018 fueron trasladados formalmente a sus nuevos nichos en las comunidades de Pacoj y Cruz Nueva, en San Martín Jilotepeque, Chimaltenango. Los restos habían permanecido guardados durante años en una bóveda construida por la Asociación Justicia y Reconciliación (AJR) junto a víctimas del conflicto armado interno. La estructura presentaba daños severos por el paso del tiempo. 

Este deterioro acumulado amenazaba las condiciones de los féretros, lo que obligó a gestionar con urgencia su reubicación para garantizar la preservación y el resguardo digno de los cuerpos y poder ser entregados el 15 de julio a sus familiares.

Foto: Joel Solano

Coordinación comunitaria, legal y forense

El camino para lograr este descanso digno no fue sencillo. José Silvio Tay Cusanero explicó que se trató de un proceso largo que requirió una intensa gestión social y legal, la cual incluyó desde la obtención de permisos sanitarios con el centro de salud local, hasta la consulta y el consenso con los habitantes de Pacoj y Cruz Nueva para la construcción de los nichos.

Asimismo, Tay Cusanero destacó el papel fundamental de los equipos técnicos involucrados en la dignificación: “El trabajo forense es importante”, enfatizó, reconociendo la labor y el acompañamiento clave de la Asociación Justicia y Reconciliación (AJR) y del Centro de Análisis Forense y Ciencias Aplicadas (CAFCA) en cada etapa del proceso.

Al ser un cementerio que reúne a varias comunidades de la zona, el proyecto requirió una estrecha coordinación y diálogo con los Consejos Comunitarios de Desarrollo (Cocodes), alcaldes auxiliares y los catequistas de las iglesias locales, quienes han brindado un acompañamiento constante a lo largo de todo el proceso. Tras alcanzar estos consensos, se confirmó que el próximo 15 de julio se realizará la entrega formal de los nichos a los familiares de las víctimas, señala José.

De acuerdo con Tay Cusanero, el éxito de una labor tan compleja depende del trabajo coordinado entre la ciencia, el derecho y el Estado. Al respecto, detalló que la Asociación [Justicia y Reconciliación] asume el rol legal como querellante en los casos de las víctimas, mientras que el CAFCA aporta el rigor científico y técnico. Asimismo, resaltó que el Ministerio de Salud fue el encargado de otorgar las autorizaciones sanitarias correspondientes, todo bajo el constante respaldo y acompañamiento de las comunidades.

El impacto del cierre del duelo y la ausencia del Estado

El verdadero significado de este logro va más allá de los trámites: toca el corazón de la memoria y la sanación. Silvio Tay reflexionó sobre el profundo impacto que este momento tiene para los sobrevivientes: “El cierre del duelo es un paso al encontrar a sus familiares después de haberlos extraído de las fosas clandestinas”, expresó.

Tay describió el cruce de emociones que embarga a la región, donde el consuelo de la dignificación convive con la herida que dejó el pasado: “Al ser identificados, las familias tendrán dónde conmemorarlos cada año. Es emotivo para las familias y triste a la vez; si no hubiera pasado el conflicto armado interno, ellos estarían con nosotros, pero ahora ya estarán en un lugar digno”.

El nuevo espacio no solo será un camposanto, sino que se transforma desde ahora en un sitio de memoria histórica para recordar los hechos y las graves violaciones a los derechos humanos ocurridas en la región. En ese sentido, los organizadores lamentaron que el Gobierno mantenga en el abandono a las víctimas y se niegue a reconocer el derecho de las familias; una ausencia estatal que obligó a que la construcción de los nichos se financiara en su totalidad con aportes económicos de los propios familiares y el respaldo de la organización.

El registro de este esfuerzo detalla que las inhumaciones originales en la bóveda colectiva se realizaron de forma paulatina desde el año 2002, concluyendo la última de ellas en abril de 2024. Del total de las 68 osamentas trasladadas, 50 personas han sido plenamente identificadas por los análisis genéticos y forenses, mientras que 18 permanecen aún sin identificar, manteniendo abierta la urgencia de continuar con los estudios científicos para devolverles su nombre.

La búsqueda de justicia penal: El Caso Kaqchikel

Ante este tipo de crímenes de lesa humanidad se abren dos caminos complementarios: el primero es el de la dignificación y conmemoración de las víctimas en su propio territorio; el segundo es la judicialización de los casos para buscar castigo penal contra los responsables. Aunque la vía jurídica representa un proceso sumamente complejo, largo y difícil, algunas comunidades han decidido dar el paso. Es precisamente bajo este esfuerzo de justicia que se mantiene abierta la investigación penal conocida formalmente como el Caso Kaqchikel, señala José Silvio.

La geografía del dolor: Registros de las fosas clandestinas

La geografía del dolor en San Martín Jilotepeque quedó documentada en los registros forenses compartidos por don José Silvio, quien señaló que Pacoj es la comunidad con mayor cantidad de cementerios clandestinos, al registrar siete fosas que van desde hallazgos mínimos de dos personas hasta una de las más grandes con 17 cuerpos, sumado a los registros en el sector de Tres Cruces y la aldea Chiulew.

Asimismo, en la comunidad de Cruz Nueva se contabilizaron tres fosas con un promedio de entre cuatro y seis víctimas. Finalmente, uno de los puntos con mayor impacto fue el antiguo destacamento militar de Chuatalún, donde se recuperaron 30 osamentas pertenecientes a víctimas que, según las investigaciones, fueron llevadas a ese sitio controlado en su momento por la Zona Militar 302 de Chimaltenango.

María Martín: el recuerdo de Rubén y una búsqueda inacabable

Entre los rostros de las familias presentes se encontraba el de María Martín, quien mostró su profundo agradecimiento por el traslado de los restos de su tío, Rubén Martín Morales, hacia los nuevos nichos donde descansará junto a las otras 67 víctimas. Con la voz de la memoria, María recordó las trágicas circunstancias en las que su familiar perdió la vida a manos de las fuerzas estatales en la comunidad de Chius.

“Se lo llevó el ejército; se lo llevaron arrastrado, y de tanto arrastrarlo, él murió. Lo dejaron tirado en un barranco de la localidad, así fue como falleció”, relató con dolor, evidenciando cómo este traslado representa, finalmente, un acto de justicia y resguardo para su ser querido.

“Uno no debe morir de esa forma, es lamentable”, expresó María Martín al reflexionar sobre la crueldad que sufrió su tío. Sin embargo, su testimonio también reveló que el dolor de su familia sigue incompleto; a pesar de haber recuperado los restos de Rubén, continúan en la incansable búsqueda de una de sus hermanas, quien tenía 23 años cuando desapareció.

Según relató María, la joven fue interceptada cuando regresaba de vender bananos en la cabecera municipal de San Martín Jilotepeque: “Fue bajada por la fuerza del bus en el que se trasladaba, y desde esa fecha no sabemos más de su paradero”, denunció, reflejando el drama de la desaparición forzada que aún golpea a su hogar.

A sus 66 años, María Martín carga con el peso de una promesa familiar que ha rebasado las cuatro décadas. “Llevamos más de 45 años buscando a mi hermana. Lo que tanto deseamos es encontrarla”, manifestó.

María explicó que esta búsqueda incansable fue iniciada originalmente por su madre, Celestina de Patzán; sin embargo, el tiempo se agota: “A su edad ella ya no puede salir, tiene 94 años y se mantiene con quebrantos de salud. Por eso estamos nosotros ahora al frente de esta lucha”, concluyó, evidenciando cómo el deber de la memoria y la exigencia de respuestas se hereda de generación en generación en las comunidades de San Martín Jilotepeque.

Santos Juan Xajil Capir: El horror de la infancia y la esperanza de hallar a Ilario

El dolor de la infancia truncada por la violencia también quedó plasmado en la memoria de Santos Juan Xajil Capir, quien apenas tenía 10 años cuando el horror del conflicto armado interno golpeó a su familia. “Me acuerdo de cómo se vivió la guerra; sufrimos por el ejército porque ellos nos perseguían y teníamos que refugiarnos”, recordó Santos, explicando que las comunidades quedaron atrapadas en medio del enfrentamiento entre las fuerzas armadas y la guerrilla.

El día que su padre desapareció, la familia huía de un operativo militar en la comunidad de Tioxya cuando quedaron bajo fuego cruzado: “En medio de la balacera que se registró, nos separamos”, relató. Su padre buscó refugio con otros familiares en la comunidad de Chuatalún, un sector que sufrió cruentas masacres a manos del ejército.

“Había muchas familias fallecidas, entre ellas la esposa de mi hermano. Mi papá les llevaba comida cuando a él lo desaparecieron”, detalló Santos, concluyendo con una de las realidades más crudas de la época: Muchos desaparecieron porque fueron devorados por animales. Lamentamos que no pudiéramos sepultarlos; en ocasiones, el mismo ejército obligaba a la gente a escarbar las fosas para dejarlos ahí enterrados.

“Mi papá se llamaba Ilario Xajil”, compartió con nostalgia don Santos. El sobreviviente confesó que el terror sembrado durante la época del conflicto paralizó sus esfuerzos por décadas: “Desde que desapareció dejamos de buscarlo por miedo”.

Sin embargo, los recientes procesos de identificación genética han encendido una luz de esperanza para su hogar. “Ahora que escuchamos que hay personas que están siendo identificadas, decidimos volver a buscarlo. Esperamos encontrarlo si logramos los medios; él se dedicaba a la agricultura”, concluyó Santos, reflejando cómo este acto comunitario inspira a otras familias a romper el silencio y reclamar la memoria de sus seres queridos.

María Francisca Tay: Cuatro familiares recuperados y el éxodo para sobrevivir

Entre las familias que finalmente encontraron paz se encuentra la de María Francisca Tay, quien expresó su profunda gratitud hacia las organizaciones que hicieron posible la reubicación debido al deterioro del antiguo espacio: “Sentimos agradecimiento por el apoyo de las instituciones para realizar el trabajo de traslado, ya que la bóveda donde estaban ya tiene daños”, señaló.

Con una mezcla de alivio y nostalgia, María Francisca compartió la satisfacción de ver el nuevo destino de sus seres queridos: “Me siento feliz, ya los vi donde se quedarán”, expresó, al recordar a su madre, Juana Tay; a su padre, Antonio Us; a su cuñada, Teodora Tun; y a su sobrino, German Tun. “Ellos realizaban trabajos de campo y de vez en cuando iban a la costa a trabajar”, relató, describiendo la vida trabajadora de su familia antes de ser alcanzada por la violencia.

El alivio de haber dignificado a cuatro de sus seres queridos no borra la ausencia que aún marca la vida de doña María Francisca Tay. A sus 70 años, su mayor anhelo sigue intacto: “Mi esposo German Us sigue desaparecido y lo sigo buscando. Espero encontrarlo aún, si la vida me lo permite”, manifestó con profunda esperanza.

El testimonio de Francisca guarda los pasajes más oscuros de la violencia en la región; entre sus recuerdos más dolorosos está el día en que el ejército ejecutó a su madre dentro de su propia casa en la comunidad de Estancia de la Virgen. Tras esa atrocidad, se vio obligada a huir para salvar a su familia: “Tuve que salir con mi bebé de dos años a la espalda hacia la comunidad de Chuatalún, y de ahí hacia San José Las Rosas”, recordó. Llevando consigo a sus otros dos hijos y a una niña, Francisca logró protegerlos en medio de la persecución militar, permitiendo que hoy, después de tanto sufrimiento, ellos estén vivos para contar la historia.

El paso del tiempo ha dejado huella en su salud. A sus 70 años, doña Francisca confiesa sentirse cansada y aquejada por diversas enfermedades; sin embargo, el alivio de este logro alivia parte de su carga. Con profunda gratitud, resaltó que, gracias a este nuevo espacio de reubicación, las familias tendrán finalmente un lugar digno donde “traerles flores o encender una candela”, manteniendo siempre encendida la esperanza de encontrar algún día los restos de su esposo, quien en vida se dedicaba a la agricultura.

Oswaldo Cul Patán: El ensañamiento contra su hogar y la exigencia de no impunidad

El alivio de la dignificación actual contrasta con la brutalidad de los recuerdos que guarda don Oswaldo Cul Patán. “Me siento muy contento porque ellos se quedarán en un lugar donde poder visitarlos”, expresó, al recordar a su padre Justiniano Cul, a su madre María Lucrecia Patán, y a sus hermanas Felisa (la mayor), María Siriaca y María Martina Cul.

Don Oswaldo narró cómo las fuerzas armadas operaron con engaños antes de la masacre ocurrente entre los años 1981 y 1982, cuando él tenía 30 años: “Cuando vino el ejército, ocho días antes pasaron y pidieron que se les diera de comer. Pensamos que la segunda vez que pasarían pedirían lo mismo”, relató.

Sin embargo, la realidad fue trágica. Sus hermanas se encontraban tejiendo en el hogar cuando los soldados irrumpieron: “Los agarraron, los llevaron a la escuela, los regresaron y de ahí los terminaron matando en la casa, dejando tirados los accesorios que usaban para tejer”, recordó con dolor. Don Oswaldo detalló el nivel de ensañamiento contra su familia: “A ellos los masacraron ya que los pusieron en fila, los amarraron, los machetearon y los balearon con la cabeza deshecha por las balas; no solo los torturaron, sino los balearon y los machetearon”.

Como parte de las actividades finales de dignificación, los organizadores anunciaron que el próximo 15 de julio se celebrará una misa conmemorativa en los cementerios de Pacoj y Cruz Nueva. “Ahí tendremos dónde traer flores o una veladora; ahora ya sabemos dónde están y podremos compartir con ellos”, expresaron los familiares, reflejando el consuelo colectivo de saber que sus seres queridos ya no están en el olvido de una fosa clandestina, sino en un lugar sagrado.

El legado de su padre sigue vivo en el día a día. “Mi papá era igual que yo”, compartió don Oswaldo con una sonrisa nostálgica. Él era muy carismático y una persona amable; yo hago lo mismo, soy muy amigable. Recordarlo me llena de nostalgia por todos los recuerdos hermosos que dejó en mi vida.

Conmovido, el sobreviviente evocó aquellos días de paz familiar antes de que la violencia irrumpiera en su hogar: “Recuerdo mucho cuando los visitamos y ellos nos atendían siempre con muchísimo cariño”, concluyó, resaltando la calidez de su memoria familiar.

La dignidad no solo se alcanza con el sepelio, sino con la justicia. Yo esperaría que existiera justicia para nuestros familiares, porque lo sucedido no debería quedar impune, señaló enfático don Oswaldo. El sobreviviente recordó que los autores intelectuales y materiales de estas masacres aún son identificables: Sé que hay algunos jefes que aún viven y esperaría justicia para ellos.

Finalmente, con una fuerza que trasciende el dolor, concluyó: “Ellos pensaron que nos eliminaron, pero aquí estoy yo para contar la historia”.

El entierro digno ofrece un alivio colectivo, pero el plano íntimo guarda sus propias leyes. Llegó este momento para que se cierre todo el proceso, pero mis recuerdos no se cerrarán; en mi memoria están ellos, reflexiona don Oswaldo. A sus 74 años, la nitidez de lo vivido permanece intacta: Yo tenía 30 años y dos hijos cuando ellos fallecieron por la guerra. A veces se me viene la nostalgia y empiezo a llorar, ya que fueron personas buenas conmigo y nos tratábamos muy bien, concluyó, evidenciando el lazo de amor que el tiempo no ha podido desgastar.

Un llamado a la persistencia y al relevo generacional

Con la autoridad que le dan décadas de resistencia, don Oswaldo Cul Patán dirigió un mensaje solidario a quienes todavía no han encontrado respuestas: “Mi mensaje para los sobrevivientes es que sigan luchando en la búsqueda de sus familiares, porque no va a venir el responsable a decirles dónde está o a dónde se lo llevaron”, enfatizó.

Para el líder de la memoria, la persistencia es la única vía para romper el olvido: “Luchen por ellos para encontrarlos y darles una digna sepultura”, concluyó, transformando su dolor familiar en una bandera de lucha colectiva para toda la región.

El traslado de las 68 osamentas a los cementerios de Pacoj y Cruz Nueva no sólo marca el fin de un largo y complejo proceso de gestión comunitaria y forense, sino que enciende una luz de esperanza para todo San Martín Jilotepeque. 

Mientras las familias se preparan para la misa conmemorativa del próximo 15 de julio, las voces de los sobrevivientes resuenan como un recordatorio de que la memoria es el arma más poderosa contra el olvido. En cada flor ofrendada, en cada veladora encendida y en cada historia compartida, las comunidades demuestran que, a pesar de las décadas de abandono estatal y el dolor arraigado en la montaña, el deseo de verdad y la exigencia de una justicia plena siguen más vivos que nunca.

COMPARTE

Ahorita