¿Por qué se nos han ido de las manos oportunidades históricas para cambiar?

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Créditos: Prensa Comunitaria

Juan José Hurtado Paz y Paz

La Firma de la Paz el 29 de diciembre de 1996 abrió en Guatemala una posibilidad real de realizar transformaciones profundas por medios políticos y pacíficos. Por primera vez en décadas, el país tenía ante sí la oportunidad de abordar las causas estructurales que motivaron la guerra interna que vivió el país, democratizar el Estado, reconocer la diversidad de los pueblos y sentar las bases para una vida digna para las grandes mayorías.

Desde entonces, no ha sido la única oportunidad histórica. Por ejemplo, en 1999 se realizó un referéndum que buscaba darle un carácter constitucional a varios de los contenidos fundamentales de los Acuerdos de Paz pero que no logró los resultados necesarios deseados, quizás por haberse hecho a destiempo. Años más tarde, las jornadas de lucha contra la corrupción y la impunidad en 2015 crearon condiciones para retirarle la inmunidad al entonces presidente, Otto Pérez Molina y obligarlo a su renuncia y posterior captura. En 2023, se produjo la resistencia de 106 días encabezada por las autoridades indígenas ancestrales en defensa del voto y la construcción de democracia. Ahora, existe un esfuerzo por construir un Frente Amplio por la Democracia que impida que regresen al gobierno los sectores más conservadores y retrógrados.  Todas estas coyunturas demuestran la capacidad de resistencia y lucha de los Pueblos, colocando al país frente a encrucijadas decisivas.

Sin embargo, una y otra vez, estas oportunidades se nos han ido de las manos. No han producido los cambios profundos que se esperaban y, en muchos casos, han derivado en frustración, desgaste y decepción colectiva. Reflexionar por qué ocurre esto no es un ejercicio para alimentar el pesimismo, sino una tarea urgente si queremos avanzar y no seguir retrocediendo aún más, como claramente ha sucedido, sobre todo desde 2017 a la fecha.

Esta reflexión debe ser colectiva, crítica y autocrítica. No puede resumirse en pocas líneas, porque las causas son múltiples, profundas y están ancladas en nuestra historia de país y en factores internacionales. Aun así, me atrevo a señalar, con humildad sincera, algunos nudos que considero importantes y que, si no se asumen y se enfrentan con honestidad, seguirán bloqueando cualquier intento de transformación. No pretendo culpabilizar a nadie en particular, sino aportar a la reflexión. Algunos de estos nudos creo que son los siguientes:

  • Una razón fundamental ha sido y es la fragmentación y debilidad de los intentos de unidad política. En general, las fuerzas revolucionarias, populares, democráticas y progresistas nunca hemos logrado una verdadera unidad de acción de largo alcance; hemos confluido en momentos muy coyunturales, sin una visión de mediano y largo plazo. 

Siendo honestos, comenzando por la URNG, ésta no logró cuajar como verdadera unidad. Prevalecieron los intereses particulares de organizaciones y personas, manifiestas en desconfianzas, disputas internas de poder y una incapacidad para sostener estrategias conjuntas.

No hemos logrado superar una cultura política profundamente marcada por el caudillismo, el autoritarismo, el racismo, el patriarcado y el clientelismo. Incluso dentro de quienes buscamos el cambio, reproducimos prácticas aprendidas: personalismos, poca transparencia, oportunismos y escasa rendición de cuentas.

No basta con denunciar estas prácticas en el sistema dominante si no somos capaces de erradicarlas en nuestros propios espacios. La falta de ética política y de coherencia entre discurso y práctica ha erosionado la confianza ciudadana y ha alimentado el desencanto.

También en los movimientos sociales se reproducen prácticas de sectarismo y competencias, que debilitan la posibilidad de construir proyectos colectivos. No hay capacidad de diálogo franco, respeto y cumplimiento de los acuerdos a los que formalmente se llegan. Las competencias por protagonismo, recursos o legitimidad política fragmentan luchas que deberían converger. A ello se suma un proceso de onegeización del movimiento social que muchas veces lo convierte en ejecutor de proyectos, dependiendo excesivamente de la cooperación internacional y lo llevan a priorizar agendas, tiempos y lenguajes técnicos por encima de la organización popular y la movilización sostenida. 

La fragmentación ha debilitado la capacidad de incidir en el rumbo del Estado y facilitó que los sectores históricamente dominantes recuperaran rápidamente el control político e institucional. Sin una visión común y sin mecanismos eficaces para resolver diferencias internas, las oportunidades se han diluido. 

  • A las fuerzas políticas progresistas nos ha faltado cercanía mayor a las comunidades, los pueblos y las organizaciones de base.  

Por ejemplo, siguiendo el modelo centralista, URNG concentró mucha de su actividad en la ciudad de Guatemala, dejando abandonada a sus bases sociales históricas en el campo.

Asimismo, se concentró en constituirse en un partido político cumpliendo rigurosamente con cada uno de los requerimientos que establece la Ley Electoral de Partidos Políticos, incluso llegando a ser “más papistas que el Papa”, descuidando su relación con sus bases históricas, organizaciones sociales y las luchas que estas debían llevar adelante para presionar para el cumplimiento de los Acuerdos de Paz. La prioridad se centró en la lógica electoral y en la conversión en partido político, relegando el trabajo territorial, la formación política y la construcción de poder desde abajo. Las comunidades dejaron de verse como sujetas políticas centrales.  

La lucha política se redujo a la lucha electoral. Y peor aún, aunque a momentos pareciera que se avanza en alianzas políticas alrededor de puntos programáticos, al momento en que debe definirse las candidaturas a los puestos de elección popular, éstas se rompen. Se desata una lucha feroz por las candidaturas. Prevalece el interés individual o de grupo por encima de los intereses comunes. 

  • Uno de los factores clave que explica la escasa presión social para el cumplimiento de los Acuerdos de Paz fue la incapacidad de difundirlos, explicarlos y lograr que amplios sectores de la población se apropiaran de su contenido. Difícilmente se defiende aquello que no se conoce ni se comprende como propio. Los Acuerdos quedaron, en muchos casos, circunscritos a élites políticas, sin traducirse en mensajes claros y cercanos a la vida cotidiana de la gente. Esto revela lo fundamental que son estrategias de comunicación efectivas; no basta con tener razón, es indispensable comunicar de manera adecuada, con lenguajes comprensibles, en los idiomas propios de los pueblos y con narrativas que conecten con las aspiraciones populares. A ello se suma la debilidad de la formación política y de la capacidad de propuesta, sin las cuales resulta difícil sostener procesos de movilización consciente, articular demandas y convertir las oportunidades históricas en cambios reales y duraderos.
  • A su vez, nos ha faltado capacidad de adaptarnos a los nuevos contextos. Debemos reconocer que no vivimos un tiempo favorable para transformaciones revolucionarias profundas; los contextos históricos no son los mismos que en el siglo pasado. Por lo tanto, las estrategias de cambio deben adecuarse a las condiciones reales del país. Reitero, en el momento actual, no es viable una revolución radical que transforme profundamente las estructuras. Lo que sí es posible y urgente es construir, ampliar y defender espacios democráticos, promover políticas públicas que favorezcan verdaderamente a los Pueblos, mejorar condiciones económicas, sociales, políticas y culturales de las mayorías, y fortalecer la organización social. Debemos construir nuevos modelos.

Con frecuencia, hay quienes sostienen un discurso principista que, aunque valioso en cuanto a que fija una posición clara frente a las causas estructurales de por qué estamos como estamos, resulta poco realista respecto a lo que es posible construir en los tiempos actuales y, sobre todo, si no contamos con la fuerza necesaria para que los resultados sean positivos. 

No hemos sido suficientemente capaces de atraer a amplios sectores, por ejemplo, a las juventudes, desarrollar verdaderos diálogos que tiendan puentes para alcanzar alianzas, ni la construcción de correlaciones de fuerza reales. 

Cuando el discurso se desconecta de las condiciones concretas del país, corre el riesgo de volverse testimonial, perdiendo eficacia para transformar la realidad.

  • Tampoco puede ignorarse que las élites económicas y políticas nunca asumieron de buena fe las transformaciones planteadas en los Acuerdos de Paz. Desde el inicio, trabajaron para bloquear reformas clave y, con el tiempo, capturar las instituciones del Estado.

Cada avance democrático ha provocado una reacción conservadora fuerte, que ha utilizado diversos aparatos ideológicos como los medios de comunicación, las iglesias conservadoras y a políticos con discursos regresivos para desinformar y promover el miedo como instrumentos de control. La represión continúa de otras formas, sin excluir los asesinatos de liderazgos locales. Los sectores poderosos más corruptos han copado espacios en el mal llamado Sistema de Justicia, el Congreso y la Universidad de San Carlos. Subestimar esta capacidad de reacción ha sido otro error recurrente. Además, debemos asumir que en general, la sociedad guatemalteca es conservadora.

Reconocer estas limitaciones no implica renunciar a la esperanza. Al contrario, es una condición para reconstruirla sobre bases más sólidas, aprendiendo las lecciones que la historia reciente nos ha dejado. Guatemala sigue siendo un país con una enorme riqueza humana, cultural, organizativa y tradición de lucha. Las comunidades y pueblos indígenas, las juventudes, las mujeres, la comunidad LGTBIQ+ y otros segmentos de la población explotados, oprimidos y excluidos continúan generando alternativas de vida y de organización, muchas veces invisibilizadas.

Aprender de nuestras propias fallas, fortalecer la unidad en la diversidad, volver al territorio, cuidar la ética política y asumir que la disputa por la democracia es larga y compleja son pasos indispensables para no volver a desperdiciar las oportunidades que, sin duda, volverán.

La historia no ha terminado. Cada generación tiene la responsabilidad de abrir caminos nuevos, con memoria, pensamiento crítico, sencillez y compromiso. El diálogo intergeneracional y entre los pueblos es indispensable. Lo que en estas notas se señala en negativo, debemos transformarlo en positivo. Solo así podremos transformar las oportunidades históricas en procesos reales de cambio para una vida mejor para todas y todos. Lejos de ser una renuncia a los principios, esta apuesta implica comprender que los cambios duraderos se construyen paso a paso, acumulando fuerza social y política, creando nuevas correlaciones de poder y preparando el terreno para transformaciones más profundas en el futuro.

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