Aunque no existen razas humanas, el racismo existe

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Créditos: Prensa Comunitaria
Tiempo de lectura: 5 minutos

Por Juan José Hurtado Paz y Paz

Pese a que la ciencia ha demostrado que no corresponde dividir a la especie humana en grupos biológicamente distintos considerados como razas, aún hoy se sigue hablando de “razas humanas”. Esta idea de razas nació en los siglos XVI y XVII junto con la expansión imperialista europea pues les sirvió para justificar las invasiones, el sometimiento y despojo de los primeros pueblos, esclavizarlos y dominarlos en favor de las élites europeas.  Y aunque hoy ya casi no existan formalmente colonias en el mundo, el racismo persiste, con relaciones de poder desiguales.

La ciencia contemporánea y la sabiduría de los Pueblos Originarios han demostrado que las “razas humanas” no existen. Los estudios genéticos del siglo XX y XXI han confirmado que toda la humanidad pertenece a una sola especie: Homo sapiens. Las diferencias físicas —como el color de la piel, la forma del cabello o los rasgos faciales— son adaptaciones al entorno, producto de la diversidad natural y de la historia de las migraciones humanas, no divisiones biológicas profundas. De hecho, la variación genética dentro de un mismo grupo humano es mayor que la que existe entre grupos diferentes. Esto significa que dos personas africanas pueden ser genéticamente más distintas entre sí que una persona africana y una europea.

Si habláramos de especies animales como los perros, sí corresponde hablar de razas pues las diferencias son muy grandes.  Por ejemplo, las diferencias entre un perro chihuahua y un san bernardo son evidentes. En el caso de los seres humanos, esas diferencias son superficiales.  Por eso, hablar de “razas humanas” carece de base científica.

Además, hay que agregar que no existen mucho menos “razas puras”. Todas las personas compartimos un mismo origen; la humanidad entera proviene del continente africano. Desde allí, nuestros ancestros migraron y poblaron el resto del planeta, adaptándose a distintos climas y condiciones. Por eso, las diferencias de color de piel, estatura o forma de los ojos no son más que huellas de esas adaptaciones, no signos de separación biológica. A lo largo de la historia, los pueblos se han encontrado, mezclado y transformado mutuamente. No existen, pues, “razas puras”; todos llevamos en nuestra sangre múltiples orígenes. Pretender lo contrario es negar la historia misma de la humanidad y aferrarse a una ficción que ha servido solo para dividir y justificar la dominación.

El racismo sí existe porque sirve a un sistema de poder que jerarquiza a las personas según su color de piel, su origen y su cultura, y que mantiene y justifica desigualdades hasta hoy. Para los poderosos sigue siendo útil hablar de “razas” pues justifica una clasificación jerárquica y permite sostener que hay “razas superiores” y “razas inferiores”. Es decir que, aunque biológicamente no haya razas, en la realidad cotidiana, económica, social, política, cultural y ambiental sí hay racismo.

Las ideologías racistas más extremas se han sostenido en la creencia de una supuesta “pureza de sangre”. El ejemplo más trágico fue el del régimen nazi, que promovió la idea de una “raza aria superior” y llevó al exterminio de millones de personas consideradas “impuras”. Esa lógica de exclusión lamentablemente reaparece bajo distintas formas en el mundo actual. Cuando un grupo humano se atribuye el privilegio de ser el único “pueblo elegido” o de tener derechos sobre otros por razones de origen, religión o historia, se reaviva el mismo principio que justificó las peores atrocidades del siglo XX. Ninguna identidad, creencia o nacionalidad otorga derecho a oprimir a otros pueblos.

El racismo es una construcción de poder que persiste. Y no se trata solo de prejuicios individuales, sino de un sistema estructural que organiza el acceso a los recursos, las oportunidades y el prestigio social. El racismo clasifica a las personas según rasgos visibles y los asocia con inferioridad o superioridad, justificando así relaciones de dominación, opresión y explotación.

En América Latina, el racismo ha sido un pilar del sistema colonial que se perpetúa. En Guatemala, se impuso la idea de que las personas indígenas eran “atrasadas”, “ignorantes”, “pobres”, “haraganas”, “sucias” negando sus saberes y la riqueza de su Cosmovisión y espiritualidad. Aún en pleno siglo XX se hablaba del “problema del indio” y se atribuía que el subdesarrollo del país era porque más de la mitad de su población era indígena.  Se decía que “había que mejorar la raza”. Y se continuó con políticas etnocidas, no solo acabando con las vidas de pueblos enteros, sino también procurando destruir su cultura, promoviendo políticas asimilacionistas. 

Esta mentalidad ha servido para continuar con la apropiación de sus territorios y mantener la explotación de su trabajo. Mientras, a los pueblos originarios se les ha negado el derecho a decidir sobre su propio desarrollo.

El racismo, por lo tanto, no es un error conceptual, sino una herramienta ideológica y práctica de control económico, social y político. Destruye el tejido social y la autoestima colectiva de los pueblos oprimidos, impidiendo que la igualdad y la justicia sean realidad.

El racismo también ha penetrado en la mente y el corazón de quienes lo sufren. Por ejemplo, en Guatemala, como en muchos países marcados por la herencia colonial, se ha enseñado a asociar el color de piel clara con belleza, inteligencia o estatus social. No es casual escuchar frases como “tan bonito el nene, tan blanquito que salió” que reflejan cómo se ha interiorizado la idea de que lo valioso es parecerse al dominador.

Este racismo cotidiano hiere la autoestima individual y colectiva de las personas racializadas.  Entendemos como personas y pueblos racializadas a aquellos que han sido colocados en categorías raciales por sistemas de poder que buscan justificar la dominación. Ser “racializado” significa haber sido visto y tratado como si se perteneciera a una raza inferior. Esta racialización genera vergüenza por la cultura y rasgos propios, reproduciendo la desigualdad.

Las organizaciones mayas de Guatemala han señalado que “no somos razas o etnias, somos Pueblos”. Un Pueblo tiene historia, idioma, territorio, cultura, cosmovisión y organización. Se define por su por identidad y su relación con la vida. La noción de Pueblo expresa una realidad viva, colectiva, espiritual, cultural y política.

Hablar de Pueblos es reconocer el derecho a existir de cada cultura en condiciones de igualdad y dignidad. Por eso, en el marco de los derechos humanos, se ha avanzado hacia el reconocimiento de los derechos de los Pueblos Indígenas, como se establece en la Declaración de las Naciones Unidas de 2007. Esta visión supera la vieja idea de raza y afirma la pluralidad de la humanidad. Otros instrumentos importantes para la defensa de los derechos de los pueblos originarios son el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre Pueblos Indígenas y Tribales en Países Independientes y, para Guatemala, el Acuerdo de Identidad y Derechos de los Pueblos Indígenas.

Aceptar que no existen razas no basta. Hay que combatir activamente el racismo que está impregnada en la sociedad guatemalteca de una forma tan profunda que sigue operando en la vida cotidiana y que ha excluido a los pueblos indígenas de prácticamente todo. Necesitamos combatir el racismo para sanar las huellas del desprecio histórico y recuperar el orgullo de los pueblos originarios.

Combatir el racismo no es solo en el campo de las ideas y desmantelar los prejuicios, sino eliminar los privilegios de unos pocos heredados del colonialismo y construir una sociedad donde se valore a todos los pueblos, donde cada Pueblo pueda vivir según su cosmovisión y aportar desde ella al bien común.

Reconocer que todos pertenecemos a una sola especie no implica uniformidad. La riqueza de la humanidad está en su diversidad. Pero esa diversidad solo florece cuando hay respeto, equidad y reciprocidad.

Los Pueblos Originarios han enseñado desde siempre que “la diferencia no es amenaza, sino complementación que enriquece”. Desde esa sabiduría podemos reconstruir la convivencia, sanar las heridas del racismo y afirmar que no hay razas, pero sí hay humanidad.

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