Por Héctor Silva Ávalos*
“Querida Roxane:
¿Te acuerdas de que solíamos soñar que nos mudaríamos a Francia? Que iríamos de compras y compraríamos nuestro propio apartamento. Que yo iba a ser un futbolista rico con carros y una gran casa, y que tú no tendrías que preocuparte por nada. Tú fuiste la que siempre creyó que yo podría ser el siguiente Cristiano cuando todos los demás se reían”.
Es un fragmento de la carta que un futbolista marfileño escribió a su hermana muerta. El jugador se llama Yan Diomande y es mediocampista titular en la selección nacional de Costa de Marfil que le ganó uno a cero a Ecuador en este mundial. La destinataria de la carta es Roxane, la hermana menor de Diomande, quien murió luego que alguien envenenó su bebida.
La de Yan es una de las historias más universales en la actualidad. Es la historia de un migrante. Tras un exilio económico en Estados Unidos y pruebas infructuosas en varios clubes profesionales en Europa, Diomande fue fichado por el Leganés español y luego vendido al Leipzig alemán, con el que marcó 13 goles e hizo 10 asistencias la temporada 2025-2026. El futbol llevó a Diomande las riquezas con las que él y su hermana soñaban, pero lo alejó de ella y le impidió, como él escribe en su carta, acompañarla cuando estuvo en peligro.
Cuando ya, después de pruebas fallidas en varios clubes, Diomande se había empezado a asentar en el futbol español, recibió la llamada telefónica que aterroriza a cualquier expatriado, la que anuncia la desgracia en la tierra dejada. Lo cuenta en su carta:
“Fue unas semanas después de que debuté con el Leganés. ¿Quién debuta a sus 18 años contra el Real Madrid? Era todo muy loco. Era un sueño. Y luego fue una pesadilla. Alguien me llamó varias veces desde casa. Me molesté. No entendía por qué me seguían llamando. Contesté. Ni siquiera lo suavizaron. Ya sabes como era en casa. Ninguna emoción. Solo…
- Tu hermana se ha ido.
- ¿Qué?
- Murió.
- ¿De qué estás hablando?
- Le pusieron algo en su bebida en una fiesta y nunca se despertó. Se fue.
“Tenías 15 años. 15… Quizá pude haberte protegido. No lo sé.”
Más adelante, Diomande cuenta que el dinero, cuando llegó, no trajo la felicidad. Y habla de los temas a menudo obviados por quienes romantizan la pobreza que empuja la migración económica, la cual en muchos casos es en realidad un exilio. Habla de la soledad de los expatriados que dejan sus hogares con el peso de saber que se convertirán en proveedores únicos de sus familias. Habla de los instintos más perversos que se riegan con dinero, incluso en los senos familiares. Y habla de la añoranza por las anclas afectivas que quedan atrás, como lo era la pequeña Roxane para su hermano, el futbolista.

“Me equivoque en algo. No quería ser rico. He visto lo que hace a la gente, aun a la familia. Cuando estuve en Leganés, envié a casa todo lo que ganaba. Llegó un punto en el que ya no quería dinero. Era una carga. Nunca dejaban de pedirme. Supongo que pensaban que ya era millonario. Ni siquiera tenía un apartamento. Vivía en el campo de entrenamiento en un cuarto sin televisión. Solo futbol y dormir, futbol y dormir”, escribe Diomande.
Es la historia repetida de millones de migrantes que son exiliados económicos. En estas épocas y otras los exilios suelen relacionarse solo con las persecuciones políticas emprendidas por los tiranos de turno. Esos son, claro, exilios forzados, pero los más comunes, los que en realidad han configurado el mundo en el que hoy vivimos son los exilios económicos.
El autor argentino Fernando Esteban es uno de los que identifican el exilio con la migración económica. “Se trataría de un exilio, puesto que se cuestiona la voluntariedad de una emigración que se efectúa en el marco de profunda pobreza o indigencia, producto estas de un ejercicio de violencia económica institucionalmente aplicada por el poder político”, argumenta este académico en un estudio hecho en 2012 para la Universidad Complutense de Madrid.
Yan Diomande, el mediocampista marfileño elegido mejor futbolista del partido entre Costa de Marfil y Ecuador que se jugó el 14 de junio pasado en Filadelfia, es un exiliado económico. Se fue de su hogar porque ahí, por la pobreza y la marginalidad sistémica, estaba condenado a dormir en el mismo cuarto con 25 familiares y a comer, hervidas, las papas que se robaba junto a sus amigos. Cuando estuvo lejos, solo, siendo un adolescente, su familia no paró de pedirle dinero. Y allá, lejos, tuvo que soportar el dolor de saber a su hermana muerta, de no haber estado con ella para, acaso, ayudarla a evitar el camino que la llevó a la fiesta en que la envenenaron.
Cuando perdió a Roxane, cuenta Yan, perdió los hilos invisibles que lo unían con su tierra natal. Cuando ella murió, el hogar que él conoció no existía más. Hoy, como ocurre con millones, el trabajo es el único lugar en que este futbolista se siente a gusto.
“La cancha es el único lugar en el que me siento en casa ahora. Es el lugar donde me siento calmado y desde el que te puedo hablar. Desearía que todavía estuvieses aquí para poder decirte… Lo hicimos”.
Historias como estas, de exiliados económicos como el marfileño Diomande, pueblan el futbol mundial cada vez más, y son la historia extrafutbolística más importante de este mundial que se está jugando en Estados Unidos, México y Canadá. No le falta ironía a esto: el mundial más diverso de la historia, poblado por equipos que hoy son potencias gracias a los hijos y nietos de sus diásporas, tiene como epicentro el país que gobierna el racista-en-jefe más poderoso del planeta.
Un columnista escribió, a propósito de expresiones racistas surgidas tras la alineación de jugadores de origen africano como Lamine Yamal y Nico Williams en la selección mayor de España, que ese equipo, en realidad, era una vitrina más del país, de ciudades otrora blancas en las que la negritud, el mestizaje y la diversidad étnica son cada vez más visibles.
Que Lamine, hijo de migrantes africanos, sea estrella del Barcelona y convocado en la selección española no es un apunte de exoticismo, sino reflejo de una realidad que, aun evidente, suele existir solo en murmullos en la narrativa oficial porque sigue siendo una verdad incómoda: la migración que alimenta economías urgidas de mano de obra barata ha creado mosaicos multirraciales que antes no existían o estaban invisibilizados en importantes porciones del norte global.

La migración es el hilo conductor en la mayoría de las historias como la de Yan Diomande. El exilio económico también es subtexto en el caso de Yasin Ayari, seleccionado sueco que metió dos de los cinco goles que Suecia le puso a Túnez, la tierra de su padre, el 16 de junio en Monterrey, México. Después del primer gol, Yasin no celebró, un gesto que la prensa internacional interpretó como una señal de respeto al lugar de origen; lo que sí hizo el futbolista, después de las dos anotaciones fue agradecer al dios del Islam, la religión familiar.
Azzouz, el padre, migró a Suecia para, según a dicho a los periodistas que lo entrevistaron, dar más oportunidades a sus hijos. El país nórdico es, dice, el de su hijo, que nació ahí, y, como respuesta a los racistas de turno que también cuestionaron la convocatoria del chico y sugirieron que debía de jugar para Túnez, Yasin respondió: “Mis hijos son parte de Suecia. Mis hijos nacieron en Suecia. Los amigos de mi hijo están en Suecia. Yo soy un inmigrante. Yasin es en sueco con ancestros tunecinos. Así que tiene el derecho de jugar para Suecia. Yo quiero que juegue para Suecia, y él debería de sentir que puede dar algo de vuelta a la nación que en realidad lo apoyó, que le abrió las puertas de una escuela y de las oportunidades, en el que comió sus albóndigas con papas”.
Cuando en 1998 la Francia de Zidane, de origen argelino, y de Patrick Vieira, nacido en Senegal y con antepasados de Cabo Verde, ganó la copa del mundo, la ultraderecha gala también los cuestionó. Igual le echaron pestes a Patrice Evra, un chico senegalés nacionalizado francés, crecido en los barrios duros de la periferia parisina, que fue capitán de Les Blues en 2010. Hoy, doce seleccionados de la Francia que es favorita para ganar la copa en el mundial 2026, son hijos o nietos de migrantes africanos, entre ellos Kylian Mbappé y Ousmane Dembele, actual campeón de Europa con el PSG y Balón de Oro vigente.
La mayoría de esas historias nacieron del exilio económico, de la migración forzada por la pobreza que desdibuja, hoy como nunca antes, las fronteras del mundo y el futbol.
P.D. Dejaré, en estas posdatas, algunos apuntes futbolísticos en el sentido estricto. No los tomen muy en serio, solo soy otro forofo del futbol que, como millones, cree que sabe algo. Aquí van: Impresionante la Inglaterra de Tuchel; ese es el futbol actual, uno que, me atrevo si me perdonan, empieza a trascender el guardiolismo. Alegre Colombia, quizá porque ya no es solo el equipo de James, quien, al mejor estilo Neymar, salió medio facho. Y enorme Messi -esto dicho por un aficionado salvadoreño que entiende al Brasil del 82, con Falcao, Zico y Sócrates, como el equipo que más lindo ha jugado en la historia.
*Esta es la tercera de una serie que el periodista Héctor Silva Ávalos escribirá durante el Mundial México-Estados Unidos-Canadá. Va sobre futbol, estadios, anécdotas y periodismo.



