Por Juan José Hurtado Paz y Paz
“No más reyes.” Con esta consigna, se han movilizado millones de personas en los Estados Unidos para manifestar su repudio al gobierno actual de ese país que contraviene principios fundantes – al menos en declaraciones -, como son: libertad, igualdad, derechos, democracia con efectiva división y equilibrio de poderes. Algunos medios reportaron más de 2,700 protestas en un solo día – el 30 de septiembre pasado – en ciudades como Chicago, San Francisco, Los Ángeles, Washington D.C. y Nueva York, pero también en muchos lugares más.
Desde que Donald Trump asumió la nueva administración del gobierno de los Estados Unidos, el 20 de enero pasado, el mundo está presenciando terribles retrocesos. Ese mismo día adoptó más de 100 medidas ejecutivas, es decir, que no pasaron por el Congreso y el Senado, y muchas sí por encima de la Constitución, que tienen un carácter regresivo, entre éstas: la suspensión de la cooperación exterior de los Estados Unidos a través de USAID, medidas anti-inmigrantes que se han traducido en capturas, confinamiento en centros de detención y deportación de muchas personas, incluyendo a quienes ya tenían muchos años de vivir en Estados Unidos.
En Guatemala y en el mundo, hay múltiples señales que abonan al desánimo y pérdida de esperanza. En EE. UU. vemos el recorte a las instituciones democráticas, políticas migratorias represivas e inhumanas y otras acciones que conducen a mayores retrocesos.
También 2025 ha sido un año turbulento a nivel mundial con el ascenso de nuevas figuras regresivas, con guerras y crímenes de lesa humanidad, como los que comete el Estado sionista contra el Pueblo Palestino. Todo esto abona al abatimiento colectivo.
Sin embargo, “otro mundo es posible” y tenemos capacidad de cambiar las cosas. Cuando la concentración del poder, la corrupción, la impunidad, la mentira vuelve a mostrarse con descaro —sea en la Casa Blanca, sea en otros gobiernos o incluso en administraciones locales— la respuesta ciudadana vuelve a surgir con fuerza. Precisamente por eso comenzamos esta nota con la consigna: “No más reyes”; la resistencia al poder absoluto empieza a tener resultados.
En el municipio de Santiago Atitlán, Sololá, la población del pueblo Tz’utujil se movilizó para exigir la renuncia del alcalde municipal —elegido en 2023, representando al partido de Giammattei-, “acusado de autorizar 244 unidades de mototaxis sin consulta comunitaria, y de recibir al menos Q 105,000 por 35 de ellas”, así como favorecer la contaminación del lago. Se organizaron asambleas, ocuparon espacios, recolectaron firmas y protagonizaron plantones pacíficos que, durante semanas, mantuvieron la presión. La movilización pacífica sostenida de la población logró finalmente que el alcalde fuera removido de su cargo y el Tribunal Supremo Electoral (TSE) reconociera a un nuevo alcalde.
Este es un testimonio de que la autoridad ancestral junto con la ciudadanía organizada tiene voz, fuerza y decide. Es una luz de esperanza: que, desde lo local, lo comunitario, lo plurinacional, se puede cambiar cosas. Es expresión de la soberanía de los pueblos. “Quien pone a las autoridades también puede exigir su rendición de cuentas y, si corresponde, su relevo.”
Logros como estos nos deben fortalecer la esperanza, que no es fe sin fundamento, sino sustentada en la capacidad de los pueblos de ejercer su soberanía y alcanzar triunfos. No es una emoción pasiva, sino como han dicho “esperanza activa que necesitamos cultivar”.
El optimismo no es hacer como el avestruz que esconde la cabeza frente a los problemas reales, sino saber que somos capaces y que, unidos, tenemos fuerza. Es decir, debemos reconocer los problemas no para desmoralizarnos, sino para afrontarlos y superarlos. Mencionamos dos ejemplos en dos países distintos, pero los ejemplos son muchos más y que tienen que difundirse más para alimentar la esperanza.
Reiterando, la esperanza es el combustible que permite resistir. No es ingenuidad. No significa ignorar las dificultades como la desigualdad, el racismo estructural, la falta de justicia, las guerras, la crisis ambiental que nos siguen golpeando. Además, no es negar que “nadamos contra la corriente” y que muchas veces eso nos hace sentir impotentes. Pero cuando solo vemos lo negativo sin esperanza, perdemos fuerza y nos desgastamos; cuando vemos también lo que se está construyendo desde abajo por los pueblos, encontramos fuerzas. Si dejamos que la desesperanza nos paralice, el futuro lo escribirán quienes quieren tronos. Si encendemos la esperanza con trabajo comunitario, con transparencia y con alianzas plurinacionales, podremos disputar ese futuro y ganarlo. Sí a las asambleas, sí a la rendición de cuentas, sí a los pueblos que deciden. Sí a la democracia con justicia social.
En lo inmediato, debemos cerrar filas para impedir el golpe de estado. De cara a las elecciones de 2027 en Guatemala, el reto es construir un frente democrático plurinacional que realmente incluya a los pueblos indígenas, a las clases populares, a los jóvenes, a las mujeres, a todas las diversidades y las voces mestizas también. No es suficiente con votar; es necesario construir desde ya los espacios de deliberación, participación y control ciudadano que hagan que el “rey” (o la “reina” para nuestro caso) ya no tengan poder real.
La esperanza se convierte así en un acto de valentía, de práctica diaria. Es decir: participar, exigir, construir, reinventar. Aun en clima adverso, podemos decir firmemente: no más reyes. Y sí más comunidades vivas, más abajo-arriba, más democracia auténtica. La verdadera democracia se construye desde abajo.
Cuando permitimos que la desesperanza nos gane, estamos oscureciendo el futuro. Resistir con esperanza es encenderlo y encenderlo juntos.



