Estados Unidos, contra el racismo y la violencia por el cambio

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Créditos: Página 12

Por Miguel Ángel Sandoval

Desde Watts en el año 1965, a la fecha, muchas cosas cambiaron. He seguido con atención la evolución de las luchas de los negros norteamericanos por sus derechos en los momentos quizás más relevantes; por ello tengo idea de las movilizaciones sociales de ese gran país. Mi generación tuvo en Ángela Davis una especie de icono en las luchas por los derechos de las mujeres negras. Antes o simultáneamente, Eldrige Cleaver hizo reflexionar a muchos de nosotros sobre la necesidad de derechos para todos, en particular para los negros marginados.

No olvidar que esas expresiones tienen lugar en los “fabulosos” 60 que vieron la emergencia de los derechos civiles, de la lucha por la emancipación de las mujeres, de revoluciones sociales y guerras de liberación o revoluciones, del movimiento hipie, del rock, del antiautoritarismo, de los movimientos estudiantiles, y muchas cosas más, entre las cuales, la conquista del espacio.

Desde el movimiento de estudiantes negros, Stokley Carmichael quien estuvo invitado en la conferencia Tricontinental de la Habana, hasta la furia de las Panteras Negras o la lucha encabezada por Martin Luther King acaso el símbolo de los derechos civiles; y en otro registro, por MalcomX; el movimiento por los derechos de los negros ha pasado muchas fases, que sería difícil de enumerar en un artículo de esta naturaleza. Desde el cine hubo muchas versiones de esa epopeya. Selma es una de ellas, Mississippi en llamas, otra. En estos casos, son luchas aisladas, importantes ni duda cabe, pero aisladas.

En ese proceso, vimos en las Olimpiadas de México 68, luego de la matanza de los estudiantes mexicanos en Tlatelolco, a los atletas negros de EEUU levantando el puño cerrado, simbolizando el poder negro. Pasaron muchos acontecimientos como el rechazo de Mohamed Ali a enrolarse en la guerra de Vietnam denunciando de paso el racismo imperante en la sociedad norteamericana. O las movilizaciones antirracistas en Los Ángeles en 1992, para mencionar unas de las más relevantes.

Y muchos episodios más, hasta que Barack Obama llegó a la presidencia de los EEUU en el inicio del siglo XXI. En ese momento se pensó en muchos lugares que ese país había llegado a un nivel de madurez y de aceptación de las diferencias, que se abría una nueva era en los Estados Unidos y en la aceptación de los negros como ciudadanos a parte entera.

Pero en verdad, en eso que puede llamarse la Norteamérica profunda, el racismo sigue siendo moneda corriente, que por lo demás, se ha visto alimentada por el discurso del actual presidente que no ha ocultado su furioso racismo, y su apología de la Norteamérica blanca y el supremacismo blanco como se denomina a las expresiones más radicales de esa corriente. En regiones de ese país sigue vivo el KKK de ingrata recordación. Es algo que se niega a morir y que hemos visto de cuerpo entero en la política anti inmigratoria y de manera brutal, en esa idea perversa de construir el muro de la ignominia.

Ahora, con el asesinato de George Floyd, el país se ha visto estremecido de costa a costa, de sur a norte. No hay lugar importante o gran ciudad, que no haya sido conmocionado por movilizaciones cargadas de ira y de un categórico, ya basta, por el asesinato de un ciudadano, negro, por la violencia policial, blanca. En todo el país, blancos, negros, latinos, de todas las confesiones religiosas, de todos los alineamientos políticos protestan en las calles, a veces con represión y la consiguiente violencia, a veces de forma pacífica. Se llega a hablar de unas 140 ciudades con protestas y en unas 30 o 40 se han decretado estados de sitio. Mientras el presidente Trump amenaza una y otra vez con sacar a las calles al ejército, en una especie de guerra en contra del terrorismo que vive en su cabeza.

Es una revuelta nacional antirracista y en contra de la violencia, así como en contra de la crisis económica y el desempleo. Pero también en contra del empobrecimiento que resulta de las políticas neoliberales extendidas. Es importante no perder de vista el contexto en el que se produce esta sublevación en los Estados Unidos. En primer término, es uno de los efectos del mal manejo de la crisis del coronavirus que tenía a la población al borde de la paciencia, en especial, por las reiteradas muestras de soberbia y de ignorancia del presidente norteamericano. A ello se agrega los millones de desempleados que en ocasiones se llega a situar en unos 40 millones.

Es una crisis con más de cien mil fallecidos a la fecha, que ha dejado a miles y miles sin empleo, que ha reducido a los ciudadanos a la categoría de número, una baja más, un muerto más, pero alejado de la noción de salud pública, de ciudadanía que cuenta en ese país. Lejos del legado de Lincoln de una democracia, del pueblo por el pueblo y para el pueblo. Ahora es un país de corporaciones, por las corporaciones, para las corporaciones, encima de las mayorías de la sociedad norteamericana, el pueblo de los fundadores de la nación americana. Por ello un hecho de violencia racista ha sido el detonante de una rebelión sin precedentes en el siglo XXI en esa gran nación.

Tan graves son las movilizaciones, que las fuentes del gobierno norteamericano, han confesado que durante la revuelta, que continúa ya por una semana en unas 30, 40 o muchas más ciudades de ese país, Trump, el presidente que se encuentra a la defensiva, fue llevado al Bunker presidencial, ante la idea que el remolino de ira podía incluso, llegar a somatar las puertas de la Casa Blanca. Son los tiempos que corren.

Es tan grande la sublevación nacional, antirracista, en contra de la violencia policial, que las expresiones de apoyo o de reconocimiento de la necesidad de cambios se han hecho presentes de múltiples formas. Así, policías se han arrodillado ante el clamor ciudadano y su homenaje al negro asesinado. Es un gesto hermoso, no se puede negar.

A diferencia del levantamiento de Watts, ahora el mundo no ha sido testigo mudo. Muchas expresiones de apoyo se produjeron al momento que escribo esta notas. Miles inundaron Londres o ciudades de Italia, Alemania, Canadá, deportistas negros hicieron lo propio en apoyo del movimiento inusitado e inesperado en los Estados Unidos, contra el racismo y la violencia. Mientras a nivel mundial las redes sociales estallaron desde el mismo inicio de las protestas y manifestaciones. Tiempos de cambios soplan en la nación americana.

Si hemos dicho en diversas ocasiones y en varios medios, que la crisis del covid-19 ha generado la necesidad de cambios en los comportamientos de sociedad y especialmente de gobiernos, la sacudida actual en los EEUU se revela como un ejemplo de como esos comportamientos deben ser diferentes.

Las imágenes de la policía arrodillada en actos de homenaje a George Floyd, dejan ver que si existe la posibilidad de nuevas actitudes. No es la policía blandiendo los garrotes en contra de la gente, es la policía que asume, al menos en parte, los sentimientos de la gente en una coyuntura excepcional. Ya lo habíamos visto en las protestas más recientes de Alemania.

En esta ocasión, esas actitudes de la policía, crean, se entienda o no, nos parezca importante o no, una especie de vacío de autoridad en el presidente norteamericano. Trump puede vociferar pero sus gestos histriónicos no convencen siquiera a las fuerzas de la policía, que es bueno decir, forman parte de las responsabilidades estatales. Por ello las contradicciones notables entre algunos gobernadores y el presidente norteamericano.

Es muy temprano para imaginar que va a dejar de nuevos comportamientos y de cambios la actual rebelión de los EEUU, pero si algo es cierto, es que ello apunta hacia la derrota electoral de Trump en las elecciones de noviembre de este año. Claro que siempre hay la posibilidad de un escenario autoritario, de corte fascista. Pero ello parece que está reñido con el tiempo que vivimos, con la maduración de muchas contradicciones y de manera simultánea en ese país.

Quizás sea importante dejar dicho, que si bien el tema electoral es uno de los escenarios que se pueden observar en el futuro inmediato, el alcance de la crisis debe desembocar en un cambio o giro de la política de salud, una de las puntas de lanza del credo neoliberal. Salud pública contra salud privatizada podría resumir uno de los desafíos que hay, sea para demócratas o republicanos, para los partidos políticos o la sociedad en su conjunto. El otro nivel que estará presente, es la reencontrada solidaridad entre muchos sectores de la sociedad de ese país.

Adicionalmente, en las manifestaciones, en los reclamos, los partidos políticos de ese país son los grandes ausentes, en expresión de eso que conocemos de diversas maneras en muchos lugares. Hay expresiones sociales que no hacen de lo político o de la política el inicio de sus demandas, que en última instancia adquieren esa forma. Es una gran contradicción entre las grandes mayorías y las cúpulas partidarias.

Se trata de las nuevas formas que asume la protesta social, que a diferencia de lo visto en la primera parte del siglo XX, ahora tiene muchos rasgos de espontaneismo, de explosiones sociales en medio de la tranquilidad que en ocasiones viven los países. Es una de las razones por las que se hace necesario ver con nuevos ojos los nuevos problemas. Las protestas se reinventan mientras que los políticos no se animan a ello y la academia lucha por encontrar explicaciones lógicas a lo que ocurre, mientras los movimientos sociales van y vienen. Es parte de lo que vemos en las demostraciones de furia social en los Estados Unidos.

Hace pocos años vimos las manifestaciones de los indignados en EEUU que tuvo en “ocupa Wall Street” un momento que atrajo los reflectores mundiales sobre las demandas en contra de las políticas neoliberales. Otros fenómenos se han producido como aquel de naturaleza electoral, que hizo crujir a los demócratas por una de sus expresiones que aglutino Bernie Sanders.

Seguro que la juventud está o ha estado presente en esas demostraciones, que hay en ellas muchos que votaron demócrata o republicano, y muchos que no votaron o se quedó simplemente en su casa. Ahora todos fueron a las calles, y lo hicieron en contra de la violencia racista y por el hartazgo de una situación económica y social que demanda cambios, profundos puede ser, limitados puede también ocurrir. En ello opera de manera importante el efecto en términos de la masividad, que pueda tener en el nivel de contagio del virus las muchedumbres en las calles. Pero los cambios están a la orden del día. Ese es de alguna manera el escenario y sus complejidades. Y no solo en Estados Unidos.

Autoría y edición

Escritor, activista social, catedrático, consultor y politólogo guatemalteco.

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