Por Dante Liano
Siempre es un placer regresar a la Feria Internacional del Libro del Zócalo, que es una fiesta de libros y lectores. Cada año, en la extendida plaza que se dilata frente a la Catedral Metropolitana de Ciudad de México, varias carpas se alzan, unas con libros y editoriales que los venden, otras con un tablado y, frente al tablado, un mar de sillas metálicas, de esas que se usan para las fiestas. Cada año me asombra el número de libros a la venta, esa demostración humillante de que el saber sobrepasa nuestras capacidades. Cada año me admira la cantidad de gente que compra libros y que asiste a las cuatro carpas en donde, simultáneamente, hay eventos relacionados con la cultura. Repetida y agotadora, la experiencia de recorrer los stands y el deseo de comprar muchos más libros de los que se está en capacidad de leer. Viene a la mente el sarcasmo de Schopenhauer: “Uno compra los libros con la ilusión de que, comprándolos, ya los leyó”. Entro y prometo que no adquiriré un libro más, porque ya no tengo lugar en casa. Sé que es una falsa promesa. Hay ediciones lujuriosas, sirenas cuyo canto merecería que uno fuera amarrado a un mástil, con los ojos vendados y cera en los oídos, y solo el suspiro de impotencia basta para no adquirir volúmenes para admirar y reverenciar en altares encumbrados de la biblioteca. Peores son las ediciones ligeras, delgadas, livianas, que con un guiño dicen: “Quepo en la valija, peso poco, cabré en un rincón”. Uno sobre el otro, esos pequeños libros se vuelven pesados y grandes, como volúmenes de linaje y consistencia.
He tenido el privilegio de conversar con Laura Restrepo, la gran novelista colombiana. Los organizadores de la Feria me habían colocado en una conversación con ella y con Medardo Maza. Muy escrupulosa, Restrepo me regaló su última novela, mientras ella leía algo mío. El relato me fascinó. Soy la daga y soy la herida cuenta la historia de Misericordia Dagger, sicario cortacabezas al servicio de Abismo, una especie de deidad cibernética y esotérica. Misericordia recibe el encargo de ejecutar a una condesa anciana, pero, accidentalmente, se topa con Dix, la nieta de la futura víctima, y se enamora de la joven. Ese incidente (está claro que el amor es un obstáculo para la muerte) crea el nudo del argumento, pues el que antes era un asesino serial va a comenzar a tener dudas sobre su oficio. La novela está escrita con un estilo directo y, al mismo tiempo, con un fuerte cuestionamiento del lenguaje. Varias veces se regresa a la etimología de las palabras o, también, se las deshoja para encontrar su significado más cercano a lo real. La conversación con Maza y Restrepo consistió en lo que se puede llamar una “ucronía literaria”. O sea, responder a una pregunta muy simple: ¿qué pasaría si….? Puesto que para llegar a la Feria tuvimos que atravesar una densa muralla humana que contemplaba un desfile de alebrijes, la primera pregunta fue: ¿si fueras un alebrije, qué alebrije serías? Y Medardo, más literario, se preguntó: ¿qué habría pasado si a Cervantes le hubieran concedido (como no le concedieron) establecerse en Soconusco, y convertirse en un gobernador americano? Él mismo traía la respuesta entre la bolsa: Don Quijote habría sido una gran obra de la América Hispana, y lo más probable es que el Caballero de la Mancha se hubiera rebelado contra la colonia, y Sancho, de seguro, habría sido un indígena de las partes de Chiapas.
Horas más tarde (o días más tarde: el tiempo se diluye entre los libros, bajo el transparente cielo mexicano) me siento entre el público para escuchar a Paco Ignacio Taibo II y Andrés Ruiz. Van a hablar sobre los liberales mexicanos que derrotaron a los franceses de Maximiliano. Paco retrata el “estoicismo liberal”, o, también el “franciscanismo liberal”. El público estalla en aplausos cuando Paco relata la anécdota del estipendio del general Riva Palacio. Finalizada la guerra, decide retirarse. Entonces, Benito Juárez le dice: “General, no puede jubilarse, porque el Estado se encuentra en deuda con usted. Hace seis meses que no le pagan su salario”. A lo que Riva Palacio responde: “¡A la patria se le sirve, no se le cobra!”. Naturalmente, he anotado en mi libreta esta y otras historias de ejemplar práctica política. De Guillermo Prieto, poeta, narrador, historiador y político, general del ejército, quien ante el sitio de Puebla escribió: “Si se toma un fuerte, quedarán los otros fuertes, los claustros, los cementerios, los patios, las torres de las iglesias, las celdas. En cada pieza se hace un castillo; en cada puerta, una muralla. Después, todas las aldeas. Y si esto se perdiera, las cavernas, las montañas. Y cuando todo ello se haya perdido, tendremos todavía por patria las tumbas, y por sudario, nuestra divina bandera hecha jirones». O de Benito Juárez, que tenía solo dos trajes: uno para los días de fiesta y el otro para el resto de la semana. O del general Santos Degollado (quien, como Aureliano Buendía, inició varias guerras y las perdió todas) para cuyo entierro hubo que vender los muebles de su casa. O la deliciosa anécdota de la canción “La Paloma”, por otro nombre, “Cielito Lindo” que se volvió símbolo de la resistencia contra los franceses, al punto que, en algunas regiones, se le cambió la letra y se decía: “Si a tu ventana viene un pajarito / trátalo con cariño, cielito lindo/ que es Don Benito”.
El programa era tan tupido que uno arriesgaba perder conferencias o presentaciones de libros. No tanto como para no notar que el comandante César Montes presentaba un nuevo libro, que sigue a La guerrilla fue mi camino. No creo que haya necesidad de presentar a César Montes. Al menos no para el numeroso público que llegó a escucharlo, con un fervor que podría parecer reverencial. A sus ochenta y cinco años, César Montes es casi un monumento y su estatus legendario lo acerca al mito. Posee una gran virtud, al hablar. No se pierde en largos razonamientos, sino que ilustra sus conceptos con buenas anécdotas. Así, relata el nacimiento de este nuevo libro, intitulado Más allá de las rejas. Hacia 2020, Montes se hallaba en México tramitando la ciudadanía de aquel país. Las autoridades de migración lo capturaron y lo entregaron a Guatemala, en donde fue condenado a 175 años de cárcel. Allí, se dedicó a la dura tarea de sobrevivir. Sobre todo, en las prisiones de Guatemala. De ese modo, comenzó un diario, una página por día. Y cada día, a través de una serie de correos casi invisibles, esa página salía de la cárcel e iba a parar al Fondo de Cultura Económica. El resultado es el libro que acaba de publicar. Con sencillez, Montes relata las historias del penal y sus estratagemas para no sucumbir. Una de ellas: lo ponen en una celda junto a un kaibil (soldado de las fuerzas especiales del ejército de Guatemala, cuya particularidad es matar con saña y crueldad). El kaibil está condenado a miles de años de prisión, porque es responsable de la muerte de cientos de personas. Cuando ve entrar a César Montes, lo reconoce y le dice: “Comandante, usted me odia”. Montes le contesta, lapidario: “Un revolucionario nunca odia”, y lo abraza. Más tarde, le prepara una comida y el kaibil se echa a llorar, porque es la primera vez en la vida que alguien tiene ese gesto para él. Uno se quedaría todo el tiempo a escuchar las aventurosas historias de Montes. Cierra con una, extraordinaria. Después de la muerte del Che Guevara, Fidel Castro lo llama y le dice: “Cuando el Che se fue a Bolivia, le pedimos que dejara su Rolex aquí en La Habana, por motivos de seguridad. Ahora que ha muerto, quiero que lo tengas tú”. Coherente con el personaje es la manera en que llegó a México. Después de la condena, un tribunal le permitió, por motivos de salud, cumplir con la prisión domiciliaria. Dicho y hecho, una vez en casa, Montes recogió sus bártulos y escapó clandestinamente a México. Ahora vive allí, después de haber recibido la ciudadanía de ese país.
No me extrañó que, al final, el público se pusiera de pie y exclamara, tres veces: “¡Viva César Montes!”, en homenaje al luchador social, al descendiente de una estirpe que poco a poco se va extinguiendo: el guerrillero latinoamericano, que dedica su vida a la liberación de su país, aunque la empresa parezca desesperada. Cae la noche sobre la Feria del Zócalo. Saludo al comandante y atravieso la animada plaza, en donde se han encendido las luces de colores que iluminan la soberbia catedral renacentista, el Palacio Nacional, sobrio y memorable (en donde Benito Juárez dormía en la habitación del cochero), los portales decorados como en una eterna feria, como si la del Libro no se terminara nunca, y así parece, porque los puestos de libros siguen llenos de jóvenes, y en las carpas de conferencias orquestas de rock duro tocan resueltas y rabiosas, mientras el tiempo se pone frío, el sereno de montaña que desciende sobre la ciudad.



