Una obra teatral dedicada a la niñez desaparecida en Guatemala y a todas las infancias que, aún hoy, son atravesadas por los estragos de las guerras en distintos lugares del mundo.
Eligió volver: Memoria, Teatro, búsqueda, colectividad y resignificación
Por Isabel Mendoza
“Visibilizar, denunciar y sensibilizar, apelando a las conciencias a través del diálogo político y creativo; en este caso, el teatro.” Con esta premisa, el Museo de La Memoria en el Parque Intercultural, La Sona Encendida, Teatro Armadillo y la familia Molina Theissen inauguraron el Teatro de Marco Antonio con el estreno mundial de Yaxché y el pájaro corazón, una obra dedicada a la memoria de más de 5000 niños y niñas desaparecidos durante el conflicto armado interno en Guatemala, muchos de ellos provenientes de comunidades rurales cuyas historias nunca fueron plenamente registradas.
El Teatro de Marco Antonio abrió sus puertas en marzo de 2026 en el Polvorín del Museo de la Memoria en el Parque Intercultural de Quetzaltenango. El Polvorín se ubica en la antigua Zona Militar 17-15 de Quetzaltenango, un lugar donde se cometieron graves violaciones a los derechos humanos.

Teatro Armadillo. Foto Juan Esteban

Polvorín. Foto Juan Esteban
Hoy ese espacio forma parte del Parque Intercultural y de un proceso de recuperación y resignificación que ha permitido abrir el antiguo cuartel a la ciudadanía y convertirlo en el primer Sitio de Memoria ubicado dentro de una zona militar en Guatemala.
Para quienes impulsan este proceso, la memoria no es un relato fijo ni una conmemoración estática, sino una práctica viva que busca devolver presencia, dignidad y significado a aquellas vidas que fueron violentadas, arrebatadas y amenazadas por el olvido: “Cada atropello, abuso, intento de olvido o aniquilación se multiplica en respuestas creativas por parte de seres dispuestos a utilizar cuanto recurso esté a su alcance para hacer presente, no solo la acción miserable, sino también toda la bondad, dignidad y fuerza que esta intentó apagar”, declara el Museo de La Memoria.

Memorial Un muro lleno de ojos abiertos dedicado a desaparecidos de Quetzaltenango. Intervención El Color de la Memoria – Jose González e Isabel Mendoza. Foto Juan Esteban
Marco Antonio Molina Theissen tenía apenas 14 años cuando fue secuestrado en su hogar y desaparecido por miembros del Ejército de Guatemala en 1981, después de que su hermana Emma Molina Theissen escapara de la entonces Zona Militar 17-15 de Quetzaltenango, donde había permanecido detenida, torturada y violentada.
En el mismo lugar donde comenzó aquella tragedia, hoy un Yaxché ilumina la oscuridad. Bajo sus ramas, niños y niñas alzan sus voces para reafirmar su existencia y devolverle el vuelo al pájaro corazón. En la cosmovisión maya, el Yaxché — o ceiba— es el árbol sagrado que conecta distintos mundos, un puente entre la muerte, la tierra y la vida. El pájaro corazón quizá sea aquello que permanece cuando todo parece perdido; una fuerza silenciosa que insiste en seguir volando y se niega a desaparecer.

Marco Antonio Molina Theissen con Fox, Boby y Tuna. Fotografía de archivo de la familia.

Teatro de Marco Antonio. Foto: Juan Esteban.
Desaparición de la niñez, una historia silenciada
La desaparición forzada de niñas y niños formó parte de las estrategias militares del Estado durante la guerra, una realidad poco conocida para gran parte de la población, sin mucha información registrada. Quizá por eso una de las reacciones más recurrentes entre quienes asisten al Teatro a ver la obra es ese conmovedor asombro de descubrir que la violencia no solo persiguió a personas adultas, sino también a miles de niñas y niños cuyas historias permanecen, en gran medida, silenciadas.
En ese contexto, esta obra se convierte en una oportunidad para acercar a nuevas generaciones a la historia del conflicto armado interno, así como al reconocimiento y la defensa de sus propios derechos. Yaxché y el pájaro corazón es una adaptación teatral de la historia gráfica Viaje a la verdad, en cuya construcción participó Emma Molina Theissen.
La puesta en escena fue producida y dirigida por Teatro Armadillo, en diálogo y colaboración con artistas de La Sona Encendida. El universo visual de la obra se compone de escenarios, marionetas, teatro de sombras y objetos escénicos creados a partir de materiales orgánicos como madera, papel, semillas, cortezas y frutos, buscando que gran parte de la obra naciera de materia viva.

Una escena de la obra Yaxché y el pájaro corazón. Foto: Juan Esteban.
¿Cómo contar la amargura con dulzura?
El trabajo de la Sona Encendida en el Museo de La Memoria se fundamenta en la Justicia poética como marco conceptual y operativo. Esta noción permite activar formas de reparación simbólica y de imaginación política, no se trata de ocultar las heridas ni de suavizar el dolor, sino de hacerlas visibles, dignificarlas y abrir posibilidades de transformación y sanación a través del arte, la memoria y el encuentro colectivo.

Justicia poética. Foto: Juan Esteban.
En este ejercicio colectivo de hacer memoria nace Yaxché y el pájaro corazón, una obra construida desde la imaginación y la poesía. Un Yaxché que vuelve a iluminar un lugar marcado por la oscuridad y un Pájaro Corazón que emprende un viaje en busca de aquello que se niega a desaparecer.
La obra tiene como uno de sus puntos de partida Viaje a la verdad, la historia gráfica en cuya construcción participó Emma Molina Theissen como parte del esfuerzo de la familia por contar la historia de Marco Antonio y acercarla a nuevas generaciones. A partir de este relato, Teatro Armadillo llevó la historia al lenguaje escénico.
Pero la relación entre quienes impulsan este proyecto y la familia Molina Theissen comenzó incluso antes de que el Teatro de Marco Antonio abriera sus puertas. Uno de los primeros encuentros ocurrió a través de una imagen: el rostro de Marco Antonio ondeando en una bandera dentro del Parque Intercultural.
Desde Costa Rica, Emma Molina Theissen encontró aquella fotografía en Facebook. El rostro de su hermano aparecía ahora en el mismo territorio donde comenzó la tragedia de su familia. Aquella imagen abrió una conversación y, con ella, un vínculo que con el tiempo se convertiría en colaboración. En aquella bandera había algo más que un homenaje. Había una búsqueda que continuaba.
Para Guillermo Santillana, el teatro puede convertirse en una forma pública de hacer memoria colectiva: “Hablar de la niñez desaparecida implica acercarnos a una historia profundamente dolorosa y muchas veces poco conocida: la de niños y niñas arrancados de sus hogares, separados de sus familias y cuyo paradero, en muchos casos, aún es desconocido. Desde el teatro buscamos dignificar esas memorias, nombrar esas ausencias y recordar que existieron, que tenían sueños, familias e historias”. Y agrega: “También creemos que el teatro puede ayudar a que esta memoria llegue a nuevas generaciones, especialmente a quienes no conocieron esta parte de la historia o crecieron sin acceso a ella. Recordar no es quedarse en el pasado; es reconocer lo ocurrido para no repetirlo. En ese sentido, hacer memoria también es una forma de cuidado, de dignidad y de defensa de la vida”.

Familia Molina Theissen. Foto Juan Esteban.
Para la familia Molina Theissen, recordar a Marco Antonio ha sido una forma de continuar buscándolo. Durante décadas han sostenido el compromiso de nombrarlo, contar su historia y mantener viva su memoria de todas las formas posibles. En ese camino, la apertura del Teatro de Marco Antonio representa también la materialización de un sueño largamente anhelado, como lo expresa Emma Molina Theissen: “Aquí empieza un camino de homenaje a la corta vida de más de cinco mil niños y niñas. Y también empieza el compromiso con la niñez de hoy y de mañana”.
Emma añade “este fue un lugar oscuro que hoy se llena de los colores bellos de una obra de teatro que va a decirnos qué pasó, pero también nos lo va a comunicar con muchísima belleza”.
A décadas del conflicto armado interno y a ocho años de la sentencia del Caso Molina Theissen — que instituyó oficialmente el Día Nacional de la Niñez Desaparecida cada 6 de octubre— el Estado de Guatemala mantiene una deuda de Verdad, Justicia, y Memoria con miles de niñas y niños desaparecidos.

El público. Foto Juan Esteban.
El impacto de la obra ya empieza a sentirse entre quienes asisten:
“Tiene todo para convertirse en un clásico, es como El principito, así de fuerte y de total. Es exacta,” escribió la poeta quetzalteca Carmen Lucia Alvarado después de ver la obra.
“Creo que estaremos contribuyendo a ser un país diferente, un país más humano y, por sobre todas las cosas, un país que dignifique la vida”, compartió una persona al finalizar la función.
“Porque la distancia que hay entre esos papeles manchados en la pared y esta historia es la diferencia entre que se olvide o no se olvide. Y no se puede olvidar, porque sigue sucediendo… Nos han conmovido, nos han llamado, nos han levantado, nos han alimentado. De veras, estoy tan feliz y orgullosa de mi gremio. Creo que estamos dando la buena lucha” expresó Margarita Kénefic
“Es raro decir que me gustó algo tan terrible, pero es mágico, doloroso, tenebroso y bello a la vez”, comentó otra persona. “La obra toca más allá de una herida; toca el corazón”.
Para muchos niños y niñas, la experiencia representó también una primera aproximación a una parte de la historia de Guatemala que pocas veces aparece en las conversaciones cotidianas y apenas figura en textos educativos oficiales: “¿Qué es el conflicto armado interno?”, preguntó un niño al terminar la función.
La memoria se siembra. Y quizá ahí, en esa pregunta sencilla formulada por una infancia, comienza a germinar uno de los sentidos más profundos del Teatro de Marco Antonio.
Entre las personas asistentes al estreno mundial, una mujer sentada en primera fila despertaba una pregunta silenciosa entre quienes creían reconocerla. No fue sino hasta el final de la función que gran parte del público comprendió la dimensión de aquella presencia. Pero esa es otra historia.



