Vigencia de El Señor Presidente

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

Hacia 1932, Miguel Ángel Asturias regresaba a su nativa Guatemala, después de casi un decenio en París. Dejaba atrás una vida literaria, que de alguna manera podríamos llamar feliz. Había llegado a la Ciudad Luz en 1924, después de haberse graduado como Abogado y Notario. Imaginamos que ese viaje había sido una especie de premio y eso nos revela dos detalles: que el título universitario revestía una importancia extraordinaria en la época y que la familia Asturias poseía los recursos necesarios para permitirse ese premio. También hay que decir que los años 20, en París, fueron un momento privilegiado para estadounidenses y latinoamericanos. Francia salía de la Primera Guerra Mundial prácticamente en harapos y, como consecuencia, vivir en París estaba dentro del presupuesto de una familia medianamente acomodada. No por casualidad, esa ciudad se llenó de artistas extranjeros que se podían permitir comer en La Coupole y destapar abundantes botellas de champagne. Además, el surrealismo se afirmaba en el mundo occidental y el sueño de todo artista era codearse con André Breton o con Marcel Duchamp. Alice B. Toklas se encontraba con Hemingway y la librería Shakespeare and Co. publicaba el Ulises de James Joyce. Miguel Ángel Asturias debía justificar su mesada ante el padre, así que se inscribió en la Universidad. Decidió seguir los cursos de Georges Raynaud, ilustre mayista galo. No sabía que eso le iba a cambiar la vida. Como sucede con tantos guatemaltecos, Asturias descubrió, lejos de la patria, que los fundamentos de esa patria eran las culturas de los pueblos originarios. En modo particular, descubrió el Popol Vuh, que, para la época, no se conocía en lengua española. Raynaud mismo le encargo la versión al español de ese libro, extraída de la transcripción de Brasseur de Buorbourg. Nada como traducir un libro para entrar en contacto con sus íntimos secretos. Asturias mezcló las antiguas leyendas mayas, su concepción del mundo, con el surrealismo, del cual estaba conociendo las fuentes mismas. El resultado fue un libro excepcional: Leyendas de Guatemala. Con los párpados pesados del sueño, Asturias deambula en mundos imaginados, sugeridos, alucinados, con una prosa desencadenada que nada tiene que ver ni con el modernismo ni con el realismo de la prosa hispanoamericana de la época. 

Uno podría imaginar la vida de Asturias según la leyenda, que lo quiere en perpetua bohemia. Son esas fantasías que nos gusta contar. Obvio, un joven de veinticinco años habrá gozado su estancia en París. Por lo menos, sabemos que Asturias hizo amistad con Arturo Uslar Pietri, con Alejo Carpentier y otros jóvenes escritores latinoamericanos. Sabemos, también, que, en sus reuniones, solía contar historias de sus países, entre ellas, las anécdotas de sus feroces, sanguinarios y, simultáneamente, pintorescos dictadores. Los dictadores han sido una maldición para los pueblos latinoamericanos; una bendición para su literatura. Porfirio Díaz perdió su pierna en una batalla contra el ejército estadounidense. La hizo enterrar con honores militares, como si fuera una persona. En Chile, Diego Portales, comerciante hábil y excéntrico, todos los días, con un estruendo de cañón, obligaba a la población a levantarse para practicar los ejercicios de las milicias y una hora después todos debían estar en el trabajo. Quien no lo hacía, era castigado severamente. Gabriel García Moreno convirtió el Ecuador en un convento durante 15 años, consagró la República al Corazón de Jesús, entregó la enseñanza a los jesuitas y a las monjas, renunció a las prerrogativas del poder civil frente al poder eclesiástico, al punto que los obispos intervinieron en la expurgación de los códigos de la República para adecuarlos a los concordatos con la Santa Sede. El salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez declaró que contra el virus del comunismo, sólo el nazismo y el fascismo podían salvarnos. Rafael Leónidas Trujillo, se hace llamar doctor y generalísimo, hombre luz, inmenso como el mar, astro de primera magnitud, grave y rotundo como las olas, cóndor misterioso, sol sin ocasos, rugido de la tempestad, etc. etc. Seguramente, Asturias aportó las incontables y pintorescas anécdotas sobre Manuel Estrada Cabrera.

Aparte de reuniones y tertulias literarias, Asturias cumplió, con asiduidad y puntualidad, su papel de corresponsal ad honorem del periódico El Imparcial. Durante su estancia en París, envió 400 artículos, reunidos en un volumen de la Colección Archivos, bajo el nombre de Obra periodística. Como si no bastase, escribió Leyendas de Guatemala, que cuenta con el prestigioso espaldarazo de Paul Verlaine. Por último, escribió El Señor Presidente, una obra maestra sobre las dictaduras. Se sabe, por los estudios críticos, que la obra estaba terminada en 1932, y que Asturias llevó consigo un manuscrito cuando regresó a su país. Se abre, aquí, uno de los capítulos más dolorosos de la vida del autor guatemalteco. En efecto, el país tenía un nuevo tirano, Jorge Ubico, no menos feroz y sanguinario que sus antecesores. El Señor Presidente no podía ser publicada sin incurrir en la ira del sátrapa. Puede imaginarse la frustración del autor: saber que se tiene una obra genial y no estar en las condiciones de publicarla. De ese modo, el escritor guatemalteco conservó el manuscrito para mejores tiempos. Esos mejores tiempos llegaron en 1944, con el derrocamiento del tirano. Asturias se va a México, en donde ofrece su manuscrito a las principales editoriales. Con uno de esos errores de los que está llena la historia de la literatura, se la rechazan. La novela tenía como título Tohil, que es el dios de la guerra de los mayas. Un editor, al devolverle el manuscrito, le dijo: «Tenga su señor presidente». Con el fino oído que siempre tuvo, Asturias se dio cuenta que le había regalado el título definitivo. Al final, se tuvo que resignar a publicarla con su dinero. Bueno, era mucho decir, puesto que tuvo que pagar al editor Costa Amic con fondos que su familia le había enviado. Podríamos decir que fue una publicación sin pena ni gloria. Apenas si se escribieron algunas reseñas, no todas positivas. 

Habrá que esperar a 1948, cuando Asturias era representante diplomático en Argentina. Allí, el editor Losada reconoce la importancia de la obra y la publica. Con esa edición, Asturias obtiene el reconocimiento internacional. La publicación de sus obras sucesivas no hace más que refrendarla. Ahora bien, la edición de Losada difiere de la primera, porque el editor juzgó que el español de la obra era demasiado local, y, en algunos casos, prefirió versiones léxicas más generales. Lo hace notar Gerald Martin, para la edición de Archivos. Aunque Martin (y el mismo Asturias) preferían la versión original, la que se lee con más frecuencia es la de Losada. Con esto, señalamos el hecho de estamos conmemorando los ochenta años de la primera edición de El Señor Presidente. Y una buena pregunta para este aniversario es plantearse si la obra todavía está vigente.

Una primera respuesta viene del conocido íncipit de la novela: «¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!» Quien se aproxima a la novela por primera vez interpreta ese largo párrafo como una suerte de invocación a Satanás, puesto que se están abriendo las puertas de la entrada del infierno: el infierno de la dictadura. Como sucede con las obras maestras, hay otra lectura, y es la que nos interesa. Por esos años, Asturias cultivaba la jitanjáfora, esto es, la metáfora sonora. De ese modo, se nos revela que la oración de conjuro con que se inicia la novela es también, una metáfora sonora. Es la hora del Ángelus, y las frases de la extensa oración inicial no son otra cosa que la imitación del sonido de las campanas, que llaman a la oración y al recogimiento. Con esto, se quiere decir que toda la novela contiene una arquitectura del lenguaje asombrosa, de gran creatividad lingüística. Asturias pertenecía a una generación de poetas sonoros, que no solo releían sus obras, sino que las escuchaban en voz alta. Sabemos que llegó a conocer de memoria capítulos enteros de su novela. Como sucede con casi toda la literatura, su vigencia se la da su lenguaje. Hay capítulos maravillosos, como el del delirio del Pelele, que vaga herido y alucinado, perdido en la obsesión de la madre hacia cuyo refugio busca amparo. Asturias labora el lenguaje como una masilla de cerámica, desde los localismos acendrados hasta las fabricaciones poéticas, insertadas en la trama como engastes de piedras preciosas. También está vigente por la trama, romántica y política a la vez. Miguel Cara de Ángel, protegido del dictador, es encargado de dirigir el asalto a la casa del principal opositor, el general Canales. El imprevisto es que Cara de Ángel no logra capturar al general. En cambio, se enamora de la hija, Camila, con la que se casa en secreto. Cuando el tirano descubre el enredo, manda a Cara de Ángel a una bartolina, en la costa, en donde muere entre delirios y disentería. La lección de la novela es universal y todavía válida: la dictadura corrompe a sus víctimas, las hace cómplices y sicarios, a la vez. La dictadura no es una anomalía política, solamente, es también un descenso de civilización y humanidad. Preguntar si esta lección está vigente hoy resulta un eufemismo. Con la tendencia del mundo actual a los autoritarismos, al gobierno de la extrema derecha, con su indiferencia y sus crueldades, nos recuerda, hoy más que nunca, que la adoración del hombre fuerte y sus fáciles soluciones de fuerza nos conduce, de nuevo, a esos infiernos de degradación, corrupción e injusticia tan bien descritos en El Señor Presidente.

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