Negritud

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Créditos: Dante Liano (1)

Por Dante Liano

Podría parecer una suerte de coincidencia que del mar Caribe surgieran dos movimientos de liberación: la liberación de los indígenas y la de los descendientes de las poblaciones africanas sometidas a esclavitud. El inconcebible y señalado sermón de Fray Antonio de Montesinos, el cuarto domingo de adviento, en diciembre de 1511, apostrofaba, vehemente, a los encomenderos: “¡Voz del que clama en el desierto! ¡Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes!” De allí partiría una extraordinaria toma de conciencia sobre la situación de los indígenas y una memorable conversión: la de Bartolomé de las Casas, hasta ese entonces fraile encomendero. Las Casas, nombrado Defensor de los indios por el mismo emperador, logrará en prolongadas gestas dialécticas que los indígenas americanos sean liberados, al menos legalmente, de la obligación de la esclavitud. Pero la necesidad de mano de obra para minas, haciendas e ingenios en el Nuevo Mundo (recordemos que para los indígenas tal mundo no era nuevo, y no se llamaba “América”, sino con toda probabilidad Abya Yala) generó otro mal: la trata de esclavos por parte de holandeses, franceses, ingleses y portugueses. 

Las islas del Caribe se llenaron de esclavos africanos y, a un cierto punto, eran más los africanos que los mismos europeos. En 1703, en Jamaica, los blancos eran 8 mil y los esclavos 45 mil. En 1740, el número subió a 74 mil africanos y en 1768, a 167 mil. De ese modo la huella del continente africano en América es indiscutible. También indiscutible que cada vez que una comunidad se desplaza, lleve consigo la propia cultura. De modo que a las culturas dominantes (inglesa, francesa y española) se mezclaron la lengua, las costumbres, la gastronomía y las artes que los africanos traían consigo. Fue un largo proceso que implicó mixturas étnicas variadas como ha sucedido siempre con las grandes migraciones humanas, voluntarias o forzadas. Si los hijos de los españoles se llamaron a sí mismos “criollos”, con orgullo hispánico, los nietos de los africanos trasplantados al Caribe dieron en llamarse créoles, y crearon un lenguaje que mezclaba su origen con una manera particular de hablar los idiomas europeos.

De esta cultura caribeña, en donde el mismo mar descansa en playas de nombres holandeses, franceses, ingleses o españoles, surge el segundo pensamiento liberador, a principios del siglo XX: la negritud. Ahora, como en un baile hipnótico, un paso atrás. No hubo, sino hasta la esclavización de los africanos en el siglo XVI (“la esclavitud atlántica”), ni blancos, ni amarillos, ni negros… Antes, por la manía humana de clasificar, a lo sumo se hablaba de asiáticos, de africanos, incluso de “bárbaros”. Los colores, con su carga positiva o negativa, no existían para ser aplicados a los seres humanos. No había blancos en Europa: había flamencos, hispánicos, longobardos, germanos, sajones, galos. Quizá por eso, una de las primeras preguntas ante la palabra “negritud” podría ser: ¿existe la “blanquitud”? No, por cierto. La abstracción de ser blanco, de pertenecer a una que podría llamarse, con equivocación, “raza blanca”, no se plantea a nadie. La conciencia de ser dominador, explotador, opresor no la tiene el dominador, el explotador, el opresor. Porque la maravillosa maquinaria de la autojustificación hace sentir a los dueños de la tierra que su condición es natural y que nadie la puede poner en discusión. Nadie siente el peso de ser blanco. Al contrario, siente el alivio y la ligereza de serlo, la levedad de ser él mismo y no ese aborrecido y temido “Otro”, en donde se concentra el oprobio, la miseria, la degradación. (La pesadilla de Gregorio Samsa, que se despierta una mañana convertido en un monstruoso insecto). Siente la autoridad de dominar a los otros que no son como él, y en algunos casos, atribuye a designio divino esa autoridad. 

Es el blanco quien se llama a sí mismo “blanco”. Como casi todo en el lenguaje, se trata de una metáfora. Nadie es literalmente “blanco”. Y luego de aplicar esa metáfora a sí mismo (metáfora cargada de significaciones y equivalencias) se ejercita en aplicar colores a los otros seres humanos: amarillos a los asiáticos, negros a los africanos y cobrizos a los indígenas americanos. Colón no poseía ese arsenal de colores, por lo que para designar a los nativos que encuentra en Guanahaní, los llama “del color de los canarios”. Es decir, de los habitantes de las islas Canarias. Metáfora sobre metáfora, el “amarillo”, el “cobrizo” y el “negro” estarán cargados de otras metáforas, que, en cierto sentido, vienen de la historia de esos pueblos. De allí, “negro” será palabra española para designar al ser esclavizado, abusado, torturado y explotado. No es palabra inocua. “Negro” nace ya como metáfora de abyección y miseria. Por eso, como metáfora del grado ínfimo en la escala humana, la palabra será exportada a otras lenguas, que ya tenían palabra para el color denotado. Noir, es el color negro, en francés, y lo es black para el inglés. En cambio, para el ser humano degradado y humillado, la palabra será, respectivamente, nègre nigger. ¿Cuesta tanto entender por qué una persona se siente ofendida si se le llama “negro”, nègre nigger? Los hay, incluso cultos e instruidos, que objetan, con deliberada ignorancia de los infinitos matices del idioma: “¡Pero si son negros, de qué otra manera quieren ser llamados!” De una manera que no sea insultante o humillante, sería la obvia respuesta.

Entonces, hacia los años ’30 del siglo XX, París era una fiesta. El final de la I guerra mundial, una catástrofe inesperada para los fatuos cientificistas de inicios del siglo, dejó una depresión económica impresionante y una depresión espiritual que Spengler refleja en La decadencia de Occidente. Debemos a la pluma de Hemingway, que acuñó otras conocidas expresiones devenidas lugar común (“¿Por quién doblan las campanas?”), esa otra de “París era una fiesta”. Lo era para todos, menos para los franceses. Derrumbada la economía europea, para norteamericanos y latinoamericanos vivir en París era estar en Jauja. Los jóvenes acomodados de toda América se fueron a vivir a la Ciudad Luz, en donde con pocos céntimos se iba a restaurantes de lujo y se pagaba el alquiler de posadas de estudiantes. De todas las Américas llegan poetas, pintores, músicos, narradores. Nos interesan los caribeños. Primero, Aimé Césaire, luego Édouard Glissant. Son los poetas antillanos de lengua francesa los primeros que oponen cultura “negra” a la cultura colonizadora europea. Llegar a la “madre patria” y descubrir, con amargura y estupor, que ser descendientes de africanos da motivo (ayer como hoy) a discriminaciones y desprecios, hace sentir a estos intelectuales todo el agobio de su pasado. Si, quizá, en su isla de origen, por su lugar en la escala social y por su formación intelectual, no habían sentido el significado de la marginalización étnica, en París saben lo que significa ser estigmatizados como “negros”. Toman conciencia de ser “otros”, respecto de la normalidad europea. 

La reacción podía ser la de una profunda depresión, el hundimiento en la abyección, el regodeo de la humillación. Pero, como suele suceder, da origen, en cambio, al orgullo y a la elevación espiritual. Como decir: “sí, soy negro, a mucha honra”. Y surge así la “negritud”, una reivindicación muy orgullosa de ser descendientes africanos, física y espiritualmente, con un rechazo violento de lo occidental y lo europeo. Césaire se hace amigo de Léopold Sédar Senghor, poeta y político, que llevará a su nativa Senegal el movimiento. Sartre celebra y consagra la negritud. Édouard Glissant, martinico, primero abrazará el movimiento y luego lo hará madurar en una concepción más articulada: la “antillanidad”, que celebra la confluencia de sangres y culturas en el Caribe. Ya no la oposición dialética con Occidente, sino la jubilosa celebración de la universalidad de lo africano. La madurez del movimiento. Agustí Bartra escribe: la negritud es “una pasión surgida de una conciencia que estalla y brilla en un verbo que tiene virtudes de anunciación y de creación, lengua reveladora y zarzal ardiente, alma y sangre, abierta mano de rayos, socializada semilla y estrella ritual”… 

Dice Césaire: «partiendo de la conciencia de ser negro, […] la negritud es el simple reconocimiento de este hecho, y no comporta ni racismo, ni negación de Europa, ni exclusivismo, sino al contrario: una fraternidad con todos los hombres”. Sin embargo, la negritud viene de constatar el desprecio, la negación, la humillación. Y se rebela y se opone. La esclavitud de los orígenes comporta la vergüenza de esos orígenes. Reconocer esa vergüenza es comenzar a combatirla. Las hondas raíces africanas suben, como un flujo potente de sangre, hasta el centro y se vuelven orgullo, soberbia, conciencia. Y se vuelven palabra en donde el idioma ancestral modifica la lengua toda, como en Nicolás Guillén.

La negritud es el orgullo de ser negro, la alegría de ser negro, la ostentación de ser negro, y es, al mismo tiempo, la rabia contra la opresión, la lucha contra el sometimiento, el ansia de revolución. Es el ritmo de África que recorre todo el Caribe. Bailable recorrido por todas las islas, mezclas y remezclas, la negritud es un Ulises criollo que siempre vuelve al fértil ombligo del mar, burbuja hirviente de gentes y de peces, la marítima cultura del Caribe. Opone Wole Soyinka: “El tigre no está consciente de su tigritud”. Tampoco de ser un animal. La negritud, en cambio, está consciente de su profunda humanidad. Y eso reclama.

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