Por Dante Liano
La aldea de Chimel está a nueve horas a pie de Uspantán, en el departamento de El Quiché, en Guatemala. Es una explanada verde que relumbra bajo la poderosa luz del sol. Algunos arroyos, casi invisibles, surcan el terreno alfombrado de una grama delicada, tan sutil que caminar sobre ella causa una especie de vago remordimiento. El aire es cristalino y una especie de estupor flota en el ambiente: es el asombro de no encontrar, en el horizonte, las cicatrices de la urbanización. Todo es primigenio, originario, sustancial. Uno diría: así era el planeta un momento después de la creación, cuando los dioses todavía no habían creado a los seres humanos.
En esa aldea vivía la familia Menchú, en una casa que no existe más. Allí distribuían, para las fiestas de guardar, vasitos de miel. Eran demostraciones de amistad a sus vecinos. De Chimel salían, a la madrugada, hacia el mercado de Uspantán, y fatigaban sus pies hasta la venta de los frutos de la tierra. Como no había luz eléctrica, contemplaban, por las noches, un cielo nutrido de estrellas. Su vida campesina transcurría en la serenidad de la fe: eran catequistas católicos, sin abandonar sus creencias ancestrales. No sabían que un cataclismo se iba a abatir sobre su existencia. En efecto, el Ejército de Guatemala, en su afán de acabar con la insurgencia revolucionaria, actuó, como todos sabemos, la política de la tierra arrasada. Merced a ella, la familia de Rigoberta fue exterminada: padre, madre y hermanos fueron asesinados por los militares. Rigoberta tenía 16 años. Se salvó, de milagro, del genocidio, y, como tantos compatriotas, en esa época, huyó por la selva y la montaña, hacia el territorio mexicano. Un millón de indígenas mayas se refugiaron en la densa selva guatemalteca, mientras que cientos de miles encontraron hospitalidad en Chiapas.
En Chiapas se encontraba un personaje legendario: el obispo Samuel Ruiz, quien asistía a los prófugos del horror y el exterminio. A su parroquia llegó Rigoberta, agotada de fatiga y de miedo. Lo que estaba ocurriendo en Guatemala era tan espantoso que don Samuel Ruiz le pidió que rindiera testimonio ante los obispos reunidos en la Conferencia Episcopal mexicana. Y aquí ocurrió uno de esos milagros difíciles de explicar. Rigoberta Menchú, casi una niña, al relatar los incidentes que la habían llevado hasta esa conferencia, demostró poseer un extraordinario don: el don de la palabra. Era el talento ancestral de la joven maya, dueña de la magia del verbo, como tantos antepasados suyos, que contaban las historias de los abuelos y las abuelas y con su relato subyugaban a su auditorio. No era fácil encantar a una asamblea conformada por profesionales de la palabra, pero Rigoberta lo hizo. Tal descubrimiento orientó su existencia. A partir de ese momento, comenzó a recorrer el mundo. Primero, México y luego Centro América. Su capacidad oratoria, su vivacidad, su sentido del humor cautivaban a la gente. De esa forma, llegó a París, en los primeros años ochenta del siglo veinte.
En París residía un formidable Comité de Solidaridad con el pueblo de Guatemala, formado por voluntarios de los derechos humanos. Al escuchar a Rigoberta, comprendieron la importancia de su testimonio, y la pusieron en contacto con Elisabeth Burgos, antropóloga venezolana. Burgos hospedó a Rigoberta por una semana, y durante ese tiempo, le hizo una entrevista grabada. De esa entrevista, con la imprescindible ayuda de un grupo de editores, nació un libro: Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. En 1982, el libro ganó el Premio Casa de las Américas, en la rama de Testimonio. Fue publicado, en español, en Cuba. Simultáneamente, la prestigiosa Editorial Gallimard publicó la versión francesa. Los editores quedaron sorprendidos: en poco tiempo, el libro se volvió uno de los más vendidos, y, a partir de ese dato, se multiplicaron las traducciones. De alguna manera, las cualidades oratorias de Rigoberta se habían transmitido al libro. La magia de la palabra, la cautivadora voz del relato, el prodigio del verbo estaba también en la página escrita. De ese modo, Rigoberta se volvió un personaje a nivel mundial. Hay libros que son clásicos al instante. Eso sucedió con Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. Después de haber sido un best seller, ahora es un libro que no deja de circular en todo el mundo y en todos los idiomas.
La publicación de su testimonio permitió a Rigoberta dar a conocer, con gran eficacia, la persecución que los mayas estaban sufriendo en Guatemala. Sin embargo, eso no bastaba para detener la furia de los homicidas. De manera que Rigoberta, incansable, siguió girando el mundo para denunciar la situación de nuestro país. Consciente de la importancia de su testimonio, transcurrió años y años en la sede de la Naciones Unidas. En una infatigable labor, siguió haciendo conciencia en la comunidad internacional. Esa labor, sostenida por la importancia de su libro, la hizo acreedora, en 1992, del Premio Nobel por la Paz. En un itinerario de vida casi increíble, Rigoberta había caminado, en solo 33 años, desde Chimel hasta Oslo. Y no había terminado, porque fue una de las protagonistas más importantes en la firma de los Acuerdos de Paz de 1996, de los cuales se cumplen treinta años. El resto de su vida ha sido la continuación de su lucha a favor del pueblo de Guatemala.
Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia abrió las puertas a una cuestión singular: la presencia de los mayas en la literatura guatemalteca. Recordemos que los mayas son indiscutibles protagonistas de ese libro fundacional que se llama Popol Vuh. En cambio, a partir de la literatura colonial, dejan de serlo para convertirse en personajes anónimos y secundarios, en parte del paisaje. En algunos casos, como en las novelas de José Milla, los mayas son invisibles. Simplemente no existen. Sustancialmente, los mayas se quedaron sin voz durante 500 años de dominación hispánica y ladina. Una de las grandes características de Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia es la recuperación de la voz de los mayas. Se trata de la reaparición del sujeto indígena en la literatura. Quiero decir con esto que Rigoberta, en los años 80, abrió la brecha para que tomaran la palabra los representantes de las diferentes etnias mayas. Y lo hizo con una indiscutible obra maestra. A partir del testimonio de Rigoberta, asistimos a una explosión de la literatura de autores de los pueblos originarios. En ese sentido, nos encontramos delante de una obra fundacional, como fundacional fue el Popol Vuh. Ese tipo de obras clásicas que concentran la épica de una nación y que abren las puertas a nuevos modos de expresión.
Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia forma parte de la gran literatura del continente americano. Podemos afirmar que Rigoberta Menchú es una gran autora dentro de una gran tradición literaria. La indiscutible fuerza épica de su palabra evoca la poderosa voz de los autores ancestrales que nos relatan la creación del mundo y las andanzas de los primeros seres humanos. La potencia de su voz rememora las inquietantes preguntas de los poetas nahuas, sus cantos y sus flores. El poderío de su mensaje sobrepasa la anécdota, para explorar las profundidades de lo humano. Entre las muchas virtudes que posee un ser humano, destaca la insumisa fuerza de la rebelión. En efecto, desde aquella época primordial en que nació la tragedia griega, la rebelión en contra de lo que se predicaba como un destino infranqueable e ineluctable se convierte en signo distintivo y característico de lo humano. Toda la obra de Rigoberta Menchú, desde la primera hasta la última, declara que, por mucha que sea la fuerza de los altaneros, de los soberbios, de los prepotentes, nuestro espíritu está llamado a reaccionar, a declararnos en contra de la opresión y la violencia. Rigoberta, en incontables ocasiones, ha hablado por nosotros y ha rescatado nuestra vergüenza y nuestra dignidad. Nos ha recordado que hay principios que no son negociables y que en su defensa nos va la vida. El verbo de Rigoberta nos certifica que somos humanos porque tenemos dignidad, porque no aceptamos la arrogancia, porque el signo de la piedad es el de la compasión: vivimos nosotros porque vivimos con los otros. Al mismo tiempo, ejercemos la solidaridad, la identificación con los demás, con la mirada del otro que se refleja en mi espñiritu. En fin, nos recuerda también que en el fondo del camino está el perdón, la reconciliación y el abrazo fecundo con la esencia de lo humano. La existencia de Rigoberta consolida nuestra esperanza de un mundo mejor, siempre mejor.



