La región ya está dentro de la disputa mundial por los semiconductores. El desafío no es escoger bando, sino construir talento, energía, agua y coordinación para conquistar un lugar digno en una cadena de valor que hoy dominan otros.
Por Josué Fiallo
Tome un grano de arena entre los dedos. Esa materia, común en Monterrico y Omoa, contiene silicio, sostén de la era digital. Purificado casi hasta la perfección, sirve de base a la mayoría de chips. Y un chip manda: en el teléfono de un joven en Totonicapán, en un respirador, en el dron que cruza una frontera.
Como plantea Chris Miller en Chip War, los microchips son el nuevo petróleo. Quien domine sus eslabones críticos podrá condicionar el futuro.
La pregunta para los ocho países del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) no es si esta disputa los toca. Ya los toca. La verdadera es si la enfrentarán divididos por sus alineamientos o como una región capaz de construir capacidades propias.
Mire la región no por sus volcanes, sino por sus embajadas. Una grieta diplomática la divide, sin explicar sus vínculos económicos y tecnológicos.
De un lado están Guatemala y Belice, únicos miembros del SICA que mantienen relaciones con Taipéi. Guatemala forma talento para el diseño y la verificación de circuitos con apoyo taiwanés, en la iniciativa que el Gobierno llama la Ruta del Chip. Del otro están seis países que reconocen a Pekín: Costa Rica desde 2007; Panamá desde 2017; El Salvador y República Dominicana desde 2018; Nicaragua desde 2021; y Honduras desde 2023.
Honduras es la pieza que se mueve. Bajo Nasry Asfura, Tegucigalpa revisa los acuerdos de su giro hacia Pekín. Las ventas de camarón a Taiwán cayeron de más de cien millones de dólares en 2022 a dieciséis millones en 2025, sin que China compensara el descenso. Honduras no ha vuelto con Taipéi, y su cancillería niega gestiones mientras Taiwán se declara dispuesto; la revisión, en todo caso, revela cuánto pesa aquella decisión.
Y aquí está la paradoja. Costa Rica reconoció a Pekín hace casi dos décadas y fue durante años un eslabón de la cadena estadounidense de semiconductores. Panamá reconoce a Pekín mientras su Canal vuelve al centro del pulso entre Estados Unidos y China. Guatemala sostiene su vínculo con Taipéi y ya envió a sus primeros ingenieros a formarse en la isla. El mapa diplomático y el tecnológico no coinciden. En ese desencuentro viven el riesgo y la oportunidad.
La Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC) fabrica más del noventa por ciento de los chips lógicos de vanguardia. Estados Unidos respondió con la Ley CHIPS, dotada de 52,700 millones de dólares, y con la expansión de TSMC, que eleva a 165,000 millones su inversión prevista en el país.
China produjo hasta el noventa y ocho por ciento del galio mundial en 2023. En diciembre de 2024 restringió a Estados Unidos las exportaciones de galio, germanio y antimonio. En noviembre de 2025 suspendió ese veto por un año, pero conservó el régimen de licencias. La llave sigue en sus manos.
El galio no es la sangre de todos los chips, pero resulta crítico para segmentos tecnológicos clave. La disputa ya no se libra solo por territorio, sino por materiales refinados, máquinas de precisión, conocimiento y las manos capaces de reunirlos.
América Latina vuelve a enfrentar el fantasma: exportar litio y cobre y recomprar tecnología. El acuerdo de febrero de 2026 entre Argentina y Estados Unidos deja una lección: el valor decisivo no está bajo la tierra, sino en lo que construimos sobre ella.
No necesitamos comenzar compitiendo con Taiwán en obleas de vanguardia. Una planta exige miles de millones de dólares, energía estable, agua ultrapura y una red de proveedores que la región todavía no reúne. Pero la cadena es una escalera, y algunos peldaños están a nuestro alcance.
El primero es el diseño de circuitos: depende del talento y exige mucho menos capital físico que una fábrica. Guatemala explora ese espacio con cooperación taiwanesa. Diseñar retiene valor; convertir el aprendizaje en empresas y empleos retiene cerebros.
El segundo es el ensamblaje, la prueba y el empaque: requiere energía confiable, agua tratada y logística segura, pero menos capital. Costa Rica acumuló experiencia en ese segmento, y República Dominicana apunta hacia él con su estrategia nacional de semiconductores de 2025.
En julio de 2025, Intel anunció el cierre de su planta costarricense de ensamblaje y prueba para trasladarla a Malasia y Vietnam, aunque conserva más de dos mil empleos de ingeniería y servicios. Atraer una operación no basta. La política pública debe crear capacidades transferibles, no dependencia de una empresa.
En enero escribí que esta conversación promete un futuro amplio mientras tropieza con una política estrecha. Lo mismo vale para los ocho miembros del SICA: antes de aspirar a la mesa de los grandes, faltan tres pisos.
El primero es la energía: estable y de costo previsible, en una región donde el suministro sigue siendo desigual. El segundo es el agua: tratada, recirculada y administrada con criterios de cuenca; prometer ecosistemas tecnológicos sin un plan hídrico es construir sobre arena movediza. El tercero, y más decisivo, es el talento: nuestras aulas arrastran décadas de rezago, y muchos de quienes llegan a la cima terminan haciendo maletas. Sin formar técnicos e ingenieros ni darles razones para quedarse, seguiremos recitando un libreto ajeno.
La salida no es el cinismo ni la ilusión de un Silicon Valley caribeño dibujado en una servilleta. Es ordenar cinco prioridades: presupuesto plurianual para energía, agua y formación; un corredor de talento con educación dual; socios diversos, sin convertir la política industrial en obediencia diplomática; metas verificables; y un proyecto piloto con empresa ancla, currículo y calendario.
Pero ningún país puede dar solo el paso más difícil: mirar juntos. Casi cuatro décadas después de Esquipulas II, la coordinación regional es frágil. El 10 de junio, tras dos años y medio de vacancia, los gobiernos eligieron a la diplomática costarricense Lina Eugenia Ajoy Rojas, primera mujer al frente del organismo, quien asumirá la secretaría general el 9 de agosto. Que una decisión básica costara tanto revela cuánto falta.
El primer encargo regional no tiene que ser grandioso: un mapa común de capacidades, estándares compartidos para certificar técnicos y dos o tres proyectos transfronterizos. Cada país negocia por separado lo que tendría más fuerza como plataforma colectiva.
Una oblea de vanguardia quizá no se fabrique aquí esta década. Pero el diseño, la prueba, el empaque y ciertos componentes sí pueden comenzar ahora.
No estamos condenados a mirar desde la grada. Debemos decidir si seguiremos exportando materias primas y talento disperso o si construiremos capacidades propias y comunes.
La arena está en las playas de los dos mares que abrazan la región; el valor no está en poseerla, sino en saber transformarla. Entre un grano de arena y un chip caben ciencia, capital, energía, agua y cooperación. Esa distancia no se cruza solos. Se cruza juntos.



