Por Héctor Silva Ávalos
Una versión es que la selección haitiana se plantó ante el mundo como un ejemplo de resiliencia. Esa historia va así: de vuelta en la Copa del Mundo tras su única participación anterior en 1974, Haití le puso cara a Marruecos y, aunque perdió, le hizo dos goles a la selección africana; también: la diáspora haitiana residente en los Estados Unidos, que vive bajo constante asedio de los funcionarios migratorios de Donald Trump, encontró unos días de solaz en el Mundial. Todo eso es, al menos en líneas generales, cierto.
Haití es un país devastado por la violencia, por el racismo y la pobreza. Es un país inviable para quienes se han enfrentado a los poderes locales, sean estos políticos o criminales. Un país marcado por el exilio de sus gentes. Y es un país, como otros muchos en América Latina, cuyas poblaciones migrantes en Estados Unidos conviven a diario con el racismo sistémico y cotidiano.
Es, además, un país con una liga de futbol precaria. De los 26 futbolistas que jugaron la primera ronda del Mundial, 16 nacieron fuera del territorio nacional, y solo uno de los seleccionados juega en la liga local según un artículo de The Haitian Times.
Es, la de los haitianos, una historia parecida a la de otros países que juegan en esta Copa del Mundo, la de sus diásporas, sus migrantes, gentes que se fueron de la tierra madre a buscar algo mejor y encontraron, para sus progenies, cosas que nunca hallarían en su país, empezando por la posibilidad de verlos sobrevivir la primera infancia y de educarlos en escuelas con libros y techos. Y esas historias, las de los expatriados, son las mejor reportadas por el periodismo internacional, sobre todo el estadounidense, que sigue sorprendiéndose ante la pobreza del sur y, acaso por eso, aún hace caja romantizando la historia de esos pobres, en este caso los que visten de pantalón corto.

Una calle de Boston en la previa del partido Haití-Escocia de la primera ronda del Mundial. Foto Héctor Silva Ávalos.
Más allá de las letras, en las calles y escuelas devastadas de países como Haití, pero también en las de los Estados Unidos de América, en las ciudades en las que viven las diásporas, la realidad seguirá siendo dura, invivible a veces, para los millones que vistieron las camisas de sus selecciones durante el verano boreal. En la “America (sin tilde)” de Donald Trump, la cotidianidad seguirá marcada por el desprecio racial cuando se hayan terminado de limpiar los últimos vestigios de la fiesta.
Hoy sonreímos ante las hazañas de Haití en el Mundial, que perdió todos sus partidos pero le hizo dos muy meritorios goles a la poderosa Marruecos y cuyos ciudadanos inundaron de alegría las gradas de estadios en Atlanta, Boston y Filadelfia. A estas alturas, sin embargo, bien entrada ya la fase de eliminación directa, Haití es apenas un recuerdo para quienes no nacimos ahí. Silenciado también está, hace más tiempo, el desprecio de quienes gobiernan Estados Unidos, su crueldad hacia los haitianos.
El 25 de junio pasado, apenas horas después del último juego de la selección haitiana en la Copa del Mundo, la Corte Suprema de los Estados, controlada por una mayoría de jueces ultraconservadores, tomó una decisión que permite a la administración Trump eliminar el Estatus de Protección Temporal (TPS), un beneficio migratorio que amparaba a unos 350,000 haitianos, los protegía de la deportación y les permitía trabajar de forma legal en territorio estadounidense.
Sin el TPS, decenas de miles corren el riesgo de ser deportados, lo que, con toda seguridad, los moverá a volver a las sombras de la ilegalidad y el trabajo precario, a una condición en la que estarán expuestos, aún más, a los desmanes del racismo y la explotación. Comentaristas políticos en Washington prevén que esta decisión abrirá la puerta para que la Casa Blanca anule, también, el TPS del que gozan salvadoreños y otras nacionalidades.
Y más allá del acoso legal está el desprecio. En las actas de la infamia está escrita ya aquella participación de Trump en uno de sus debates con Kamala Harris, la malograda candidata demócrata, en el que el republicano acusó a los haitianos residentes en Springfield, Ohio, de matar gatos y comérselos, igual que cuando soltó que los mexicanos eran “bad hombres” y violadores. Lo que dijo Trump de los haitianos es, toca aclararlo siempre, mentira, y fue Mike DeWine, gobernador de Ohio y miembro también del partido republicano, uno de los que desmintió al entonces candidato.
Las acciones del máximo tribunal, el desprecio de Trump, el insulto diario, todo es parte del racismo sistémico que es rasgo predominante en el Estados Unidos actual.

Una aficionada colombiana toma fotos a tres haitianos en el Copley Square Park en el centro de Boston en la previa del partido de la primera ronda contra Escocia. Foto: Héctor Silva Ávalos.
Las imágenes del Mundial han distraído un poco a quienes más suelen disfrutar el futbol, que son quienes mejor lo juegan en Estados Unidos, los que hablan español, creole o inglés con acento caribeño, y quienes más sufren de ese racismo. Para los gringos, los blancos, los privilegios son más, las preocupaciones menos y los deportes son otros, los de siempre en este país, el béisbol, el futbol americano, el básquet y el hockey; el soccer que le dicen ellos es hijo menor. Pero el Mundial es, se sabe, un escaparate inmenso en el que está bien vender cerveza aguada, tacos que no son tacos y parafernalia deportiva, y si para hacerlo hay que meter pausas de hidratación y cortar el rollo a los que ganan y pierden en la cancha, pues, ni modo, aguante.
Así visto, como lujosísimo panfleto y puesto de venta, el Mundial es todo sonrisas, gestas épicas y lindas historias de superación, como la de Haití. La realidad es otra, claro. Es cierto que, vista desde el balón, en esos 90 minutos más agregado la cancha suele igualar a cheles con negros y premiar los talentos supremos, como el del joven hijo de africanos que vuela en la pradera derecha del ataque español o la del chavito de 19 años, hijo de la Chiapas profunda, que manda en la media cancha mexicana. Y también es cierto que todo eso tiene fecha de caducidad; termina cuando el escaparate se cierra y volvemos todos al mundo en el que un exparaco devenido presidente en Colombia o la vigésima guerra terminada y vuelta a iniciar por Trump agotan los titulares.
Es cierto que la realidad no debería privarnos del goce que será siempre ver a quienes acarician la bola y rompen defensas. También es cierto que, para la mayoría, la alegría de la cancha no suele tener réplica en las calles después del silbato final.
*Esta es la cuarta de una serie que el periodista Héctor Silva Ávalos escribirá durante el Mundial México-Estados Unidos-Canadá. Va sobre futbol, estadios, anécdotas y periodismo.



