El caso Mathías Grünewald

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

Al principio, parecía un pedazo de papel que se hubiera caído al suelo. Cuando me incliné a recogerlo, me pareció una etiqueta de comercio online, de esas que los vendedores le pegan a los paquetes, con la dirección del destinatario. Lo iba a cortar en pedacitos cuando, por curiosidad, busqué los datos que contenía. No. No era una etiqueta de venta por Internet. Era otra cosa. Leí primero el nombre del interesado. Mathías Grünewald. Me pareció inconcebible. ¿Qué hacía un documento de Mathías en mi estudio? Era verdad que nos conocíamos y que, de alguna manera, éramos amigos, pero de allí a tener ese papel suyo había una gran distancia. Entonces, decidí examinar con atención el papel. Era un certificado de registración de un vehículo a motor: Motor vehicle registration certificate, decía, en inglés. Los datos se referían a un Toyota Yaris 1999, con su número de chasís, el número de placas y las fechas de validez. El documento había sido expedido en Jerusalén, el año pasado y acababa de expirar. Quizá, por la fecha de expiración, el certificado ya no interesaba a Mathías. De todos modos, que esa etiqueta estuviera en mi casa, tirada en el piso de mi estudio, era un verdadero misterio.

Había conocido a Mathías hace algún tiempo. Uno de esos días anónimos en los que no pasa nada, recibí una llamada. “Me llamo Mathías Grünewald”, me dijo una sonora voz al otro lado del teléfono. “Me dio tu número Bibi Panofsky, me dijo que te buscara”. Entonces me recordé de Bibi, una amiga argentina que habíamos conocido en Florencia. Acabábamos de salir del correo y estábamos revisando las cartas que habían llegado al apartado postal. Curiosos, no habíamos esperado llegar a la casa, sino que nos habíamos sentado en las gradas del edificio de Correos. En eso pasó esa muchacha que se nos quedó viendo. Nos oyó hablar español y notó que llevábamos, muy a la vista, un libro de Borges comprado en la Feltrinelli. “¿Latinoamericanos?”, preguntó. Bibi era bastante enjuta, con el pelo castaño que le llegaba a los hombros, ojos verdes agudos, nariz importante, boca fina (“de mala gente”, diría mi madre) y una chispa de inteligencia que no podía esconder. La invitamos a comer a la casa, los eternos espaguetis que recetábamos a todos, y de allí nació una amistad más bien esporádica. Bibi era argentina, específicamente porteña, y eso provocaba que las conversaciones derivaran sobre temas intelectuales inevitables. En esa época, todos éramos aprendices, estudiantes, jóvenes que se iniciaban en la vida. Un día, Bibi nos anunció que se regresaba a Buenos Aires: abrazos, emociones y lágrimas. La amistad continuó por correspondencia. Por ella, nos enteramos que había regresado a romper con su novio, y, meses más tarde, que había decidido establecerse en Israel, para honrar sus orígenes. Es curioso: para nosotros siguió siendo argentina, quizá por el acentuado modo de hablar.

Recuerdo que la primera vez que Mathías llegó a la casa era un sábado. Recuerdo que era sábado por un detalle: le ofrecimos comer un tamal, con toda la familia. La tradición de Guatemala hace que se sirvan tamales para la cena del sábado. Otra curiosidad es que las tamalerías son casas comunes y corrientes, en donde, si mucho, ponen un letrero mal escrito en donde se anuncia la venta de tortillas, no siempre con lujo de ortografía. Además, está el famoso equívoco de concordancia: ¿se venden tamales o se vende tamales? Y para subrayar equívocos, las tamalerías encienden un farol rojo en la puerta, para indicar que el manjar está listo. Los tamales pueden tener chile, un hermoso y muy picante chile verde o rojo, adormecido en el centro del tamal, que los comensales ponen aparte por el poderoso picante del vegetal. Siempre recordaré el incidente con Mathías. Embebidos en la conversación, no nos dimos cuenta de que Mathías no conocía las costumbres del país, y, sin que lo advirtiéramos, se comió el chile. Bueno, nos dimos cuenta: Mathías se comenzó a poner rojo, comenzó a sudar copiosamente, y, a un cierto punto, estalló: “¡Un vaso de agua, por favor, un vaso de agua!”. “El señor se enchiló”, dijo mi madre. “¡No le den agua, dénle pan!”. En efecto, el agua aumenta la fuerza del chile, mientras el pan lo absorbe. En todo caso, Mathías también pintaba discretos cuadros, y quería que yo lo introdujera en los ambientes artísticos del país. Para eso, me lo llevé a cuanta exposición de pinturas conocía. Era una época en que, a pesar de la dura represión militar, el mercado del arte era florido, y a cada rato había vernissages con cuba libre y boquitas. Mathías era alto y rubio, el pelo cortado a lo militar, nariz afilada y ojos claros de agua turbia. No tenía pareja y las muchachas lo encontraban apreciable. Además, tenía un carácter entrador, por lo que pronto no necesitó de mi ayuda para circular en los ambientes artísticos. Vivía en una residencia de lujo, de esas que los extranjeros alquilan en las zonas acomodadas de la capital. Nunca estuve en su casa, por desidia mía y también porque nunca me invitó.

Ahora que me había hallado su tarjeta de circulación, pensé que lo más adecuado era devolvérsela. Cuando se había ido del país, nos habíamos despedido con amistad, pero sin afecto. Él había hablado de otro lugar, quizá Colombia, o tal vez México, o Perú. La cosa quedó muy vaga. Yo tenía una dirección de correo electrónico a la que nunca le había escrito. Pensé que hay amistades así: un poco pasajeras, relacionadas con el momento, no con el corazón. Le escribí. Casi inmediatamente recibí el aviso: usuario inexistente. Entonces, acuciado por la curiosidad, acudí a Internet. Como era de esperarse, me salieron todas las informaciones sobre Mathías Grünewald, el pintor flamenco, y ninguna sobre el amigo o examigo. En la cola de los enlaces propuestos por Google, había uno interesante: “Mathías Grünewald, seudónimo de Lucas Nowak, presunto pintor”. Entonces se me reveló el misterio y se me revelaron otras circunstancias en las que nunca había pensado. Con mucha paciencia, pude reconstruir, con los pocos datos que tenía, la vida de Lucas Nowak, al que yo había llamado siempre Mathías. Descubrí que, en su país, era un miembro distinguido del ejército. Lo encontré en Ginebra, agregado militar de una oscura embajada; lo hallé en Arabia Saudita, entrenador de los servicios secretos; lo ubiqué en Líbano, gestor de operaciones estratégicas. Había estado en París, en Buenos Aires, en Cracovia, con diferentes nombres y diferentes oficios. Me di un golpe en la frente: ¿cómo era posible que yo nunca hubiera verificado si Bibi, mi amiga argentina, conocía a Mathías? Lo di por seguro, solo porque él me lo había dicho. Al leer todos esos datos, sentí una sensación de frío en el estómago, un estupor que se iba convirtiendo en naúsea. La conciencia de que, muchas veces, creemos en algo o alguien, y que la apariencia resulta una pared de engaños. La otra revelación fue más siniestra: desde que Mathías había comenzado a ir a las exposiciones y a relacionarse con algunos artistas, muchos de ellos comenzaron a desaparecer. Como era la época en que la dictadura militar hacía desaparecer a la gente, yo nunca había relacionado la amistad de Mathías con esas circunstancias. Quiero decir, en esas épocas de tiniebla, que la gente se eclipsara sin explicaciones se había vuelto una expresión de la normalidad. Entonces me vino a la mente que, poco después de que Mathías se había hecho uña y carne con el poeta Gilberto López, este había desaparecido. Un rosario de coincidencias se me hizo evidente. El mecanismo se repetía, pensándolo bien. Después de Gilberto, otro y otro y otro. Me di cuenta de que las amistades de Mathías finalizaban, casi siempre, con un final fatal. Fue allí cuando resolví el misterio de la tarjeta.

Hacía más o menos un año, yo había publicado mi primera novela. Los editores me dieron cien ejemplares como pago, y yo se los había regalado a los amigos, anulando, de esa manera, cualquier posibilidad de venta. Porque pensaba verlo pronto, escribí una dedicatoria a mi amigo Arturo García. Solo que estábamos en esas épocas de la vida en que uno trabaja furiosamente, sin pausas y sin tiempo para lo que vale la pena. Arturo era gerente de una empresa de aviación, y se mantenía de Herodes a Pilatos. Así que el libro dedicado se quedó en el estante. Cuando Mathías me reclamó que no le hubiera regalado mi obra maestra, saqué de la librera el primer ejemplar que encontré. Cuando se lo di a Mathías, me dijo: “Pero con dedicatoria, hombre, para cuando ganes el Nobel”. Tenía ese humor sarcástico. Cuando abrió las primeras hojas, nos dimos cuenta de que le estaba regalando el libro dedicado a García. “Mientras me das el otro, me quedo con este”, me propuso Mathías. Pocos días después, hicimos el cambio. Me parece evidente que Mathías había usado su tarjeta de circulación vencida como separador, y, cuando me devolvió el libro, la olvidó dentro. De ese modo, el inocente documento regresó a mi casa, se cayó al suelo y comenzó a hablar. De ese modo, descubrí que Mathías no se llamaba Mathías y que no era mi amigo. De ese modo, se me reveló cuál había sido su trabajo en el tiempo que estuvo en mi país.

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