Por Héctor Silva Ávalos
Estados Unidos es un lugar hostil con la gente cuyo color de piel no es blanco. Con Donald Trump, la actitud de desprecio racista es política pública que se ha extendido al recibimiento dado por este país a deportistas y aficionados no blancos en el contexto del Mundial de futbol, del que Estados Unidos, Canadá y México son sedes.
Ese racismo, no otra cosa, explica titulares recientes sobre el maltrato de las autoridades migratorias y consulares estadounidenses al árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, el mejor de África, al que Washington negó visa y, con ello, impidió participar en el Mundial; explica el vergonzoso trato a las selecciones de Uzbekistán, Senegal, Irak e Irán, a cuyos ayudantes y miembros del cuerpo técnico Estados Unidos también negó visas y sometió a humillantes interrogatorios durante horas; y explica la amenaza de desplegar al ICE, la policía migratoria del trumpismo, alrededor de estadios y hoteles en las ciudades en las que se jugará el torneo deportivo más importante del mundo.

No son accidentes, son consecuencias del racismo institucional que el presidente Trump ha normalizado y que está basado en esa concepción de que Estados Unidos -que no es América, porque América es un continente no un país – es para los estadounidenses y es, en realidad, para los estadounidenses blancos, descendientes de europeos del norte.
La FIFA supo siempre que el racismo sería parte de la ecuación en este Mundial, como supo que en Catar decenas de personas, la mayoría migrantes empobrecidos del sudeste asiático, murieron a causa de las condiciones de explotación e inseguridad en las que trabajaban cuando construyeron los estadios en los que el emirato celebró el Mundial de 2022. La FIFA lo supo y no le importó. Al final, el futbol y la alegría mundial por la Argentina de Messi terminaron salvándole los papeles a la federación hace cuatro años. Hoy, la FIFA presidida por el suizo Giovanni Infantino tiene un problema de relaciones públicas que ya se le salió de las manos.
A Infantino, como a sus dos antecesores, siempre les ha importado más extender la explotación económica de los futbolistas y del futbol, este noble deporte, el más hermoso del mundo como dice el narrador Luis Omar Tapia, que es cultura, urdimbre social y raigambre en decenas de países, de Argentina a Canadá, de Islandia a Turquía, del Congo a China a las Islas Mauricio. Lo diferente ahora es que la FIFA ha permitido al poder de turno en uno de los países anfitriones, el de Donald Trump, dinamitar todo y convertir esto en un despliegue más de los despropósitos del mandatario estadounidense, de su matonería y su racismo.
“El fútbol es el deporte más sano y más lindo del mundo, de eso que no les quepa la menor duda a nadie, porque se equivoque uno no tiene que pagar el futbol. Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”, dijo Diego Maradona en el estadio La Bombonera de Buenos Aires, el hogar mítico de Boca Jrs., su club, el 10 de noviembre de 2001, el día que se despidió de las canchas. Se refería este hombre, acaso el mejor futbolista de la historia, a su adicción a la droga. La frase se volvió dogma en la religión futbolera: lo importante siempre, lo que más importa, es la alegría y la pasión que él y quienes visten cada domingo un uniforme de futbol, sean blancos, negros, indígenas, musulmanes o cristianos, nos dan cuando están en la cancha. ¿Qué diría Diego ahora al ver a los popes como Infantino y los sátrapas como Trump manchar las vidas de tantos en nombre de este deporte universal?
La FIFA ha optado por guardar silencio respecto a los maltratos y violaciones a los derechos de los futbolistas africanos y asiáticos vejados, y, cuando ha dicho algo, la federación internacional ha dicho mentiras. Dijo que no tiene influencia alguna en las políticas de visados y admisiones de los países anfitriones. Es decir, Poncio, nos lavamos las manos. Es mentira: ya en el Inglaterra 66 la FIFA intervino ante un gobierno nacional, el británico, para forzarlo a entregar visas a la selección norcoreana en plena Guerra Fría.
Corea del Norte, entonces gobernada por Kim Il Sung, abuelo del dictador actual, había clasificado para ocupar el único puesto reservado entonces a Asia, África y Oceanía. Apremiada por la posibilidad de complicarse con su aliado estadounidense en plena Guerra Fría al aceptar a los norcoreanos, el gobierno de su majestad Isabel II amenazó con no dar visados a los asiáticos. Entonces sí, intervino la FIFA.

Un memo interno del gobierno británico, desclasificado en 2010 y publicado por la BBC, da cuenta de lo sucedido. “Las consecuencias (de retirar las visas) podrían ser muy serias. Al parecer, la FIFA ha dejado claro a la FA (federación británica) que si se niegan visas a cualquier equipo que hay clasificado, el torneo se realizaría en otro lado. Esto sería un desastre… Se pueden imaginar lo que harían los periódicos con esto. Seríamos acusados de arrastrar la política hacia el deporte y de sabotear los intereses británicos…”.
Corea del Norte participó y se convirtió, durante unos días, en equipo local en Middlesbrough, la ciudad inglesa donde jugó sus partidos. Los hinchas locales se prodigaron en cariños y llenaron el estadio para animar a los norcoreanos según cuentan los anfitriones del podcast Realpolitik FC, uno de los mejores que he oído sobre política y futbol. El presidente de la FIFA era, entonces, Stanley Rous, un hombre al que el historiador inglés James Southern califica de autoritario y conservador y quien, en todo caso, se mantuvo firme ante las presiones. Imposible, se entiende, esperar lo mismo de Infantino, el hombre que se inventó un premio de la paz para congraciarse con Donald Trump.
El episodio norcoreano tenía un telón de fondo distinto al actual, el de la complicada geopolítica de la Guerra Fría. En este Mundial de 2026, el contexto principal son las políticas racistas de Trump. Rashida Tlaib, congresista estadounidense del partido demócrata, lo explica así: “Desde el principio a esta Copa del Mundo la ha consumido la controversia y ahora la administración Trump está mostrando todo su racismo.” Todo con la complicidad de Infantino y la FIFA.
Infantino pasará a la historia, entre otras cosas, como el federativo que se arrodilló ante el poder de Donald Trump, uno de los más divisivos en la historia reciente, y permitió al presidente de Estados Unidos manchar la pelota a discreción. Infantino es ya, alrededor del mundo, un fantoche.
El jefe de la FIFA se ha querido desmarcar, pero no, su responsabilidad en asuntos como el del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan o el maltrato a selecciones africanas y asiáticas es incontestable. The Athletic, el periódico deportivo de The New York Times, lo explica muy bien. “El desastre de los visados es, sobre todo, una historia sobre las políticas del gobierno estadounidense, por las cuales no se puede responsabilizar a la FIFA. Sin embargo, (la federación) está en medio de todo por la soberbia personal de Infantino y por su relación con el presidente Trump”, dice la publicación en un artículo reciente.
El diario francés L’Equipe presentó al presidente de la FIFA en su portada del martes 9 de junio como un títere de Trump. En una investigación que publicó hace poco, The New York Times reveló que Infantino alquiló durante un año una oficina que la federación nunca usó en la Torre Trump de Nueva York; el dinero de la renta, asegura el diario neoyorquino, fue a parar al bolsillo del presidente estadounidense.
Todo termina siendo una muestra más del racismo desvergonzado que dirige a este gobierno estadounidense, y también de la corrupción del entorno presidencial.
Es cierto que en el futbol, y entre sus aficionados ultra más radicales, el racismo ha estado presente, y que no puede responsabilizarse a Trump por eso. Hoy ocurre que, rotos todos los diques institucionales que en el gobierno de los Estados Unidos servían para evitar la validación oficial del odio racial, el mal está normalizado y está garantizada impunidad para los racistas que niegan visas o interrogan y maltratan a jugadores de razas y colores de piel diferentes a las de los anglosajones.
Es absurdo e inhumano. El futbol es global y en él a pesar de todo se han terminado difuminando, como en pocas expresiones culturales en la actualidad, las fronteras y los prejuicios raciales que han solido definir a los estados nacionales tras la descolonización del Siglo XX. Basta ver la composición de selecciones nacionales a lo largo y ancho de Europa cuyas columnas vertebrales están formadas hoy por franceses, españoles, suizos, alemanes, ingleses, suecos o belgas de segunda y tercera generación cuyos padres migraron a las metrópolis del Viejo Continente a buscar mejor vida.
No es, por ejemplo, que los hermanos Iñaki y Nico Williams jueguen el Athletic de Bilbao, un club vasco que solo acepta jugadores del entorno regional, por excepción o naturalización, es que los Williams son vasco-españoles de padres ghaneses nacidos y criados en la capital vizcaína, lo que les posibilita jugar en ese club, en la selección de su país natal, España, o el de sus padres, Ghana. Nico fue titular indiscutible de la absoluta española que ganó la Euro en 2024 y ha sido convocado a este Mundial e Iñaki es titular en la selección de Ghana, clasificada también para la Copa del Mundo.

En la selección francesa campeona del mundo en 1998 y en Rusia 2018 ocurría lo mismo: muchachos de ascendencia africana o caribeña, nacidos y criados en las periferias marginadas de las grandes ciudades de Francia, eran los representantes de otra gran ex metrópoli europea.
A todos ellos los acompañó el racismo institucionalizado en Europa, en sus clubes, en sus aficiones y en sus federaciones, pero a todos el futbol también los protegió de una forma u otra y algunos, los más valientes, se han convertido en voceros creíbles de las denuncias contra el racismo.
El mencionado Iñaki Williams, primer capitán negro del Athletic de Bilbao, ha usado su megáfono para denunciar el odio racial al referirse a las derechas políticas que siguen creciendo en Europa aupadas por el trumpismo. “Parece que la ultraderecha está de moda, así que los que tenemos voz intentaremos seguir trabajando para seguir callando bocas y tirando barreras”, dijo en una entrevista con El País.
Desde el progresismo europeo han surgido varias voces que piden a jugadores, selecciones y árbitros boicotear este Mundial. Eso no va a ocurrir. Sí ocurre que las voces de los protagonistas, de los jugadores, se siguen alzando, de a poco, como la de Williams, y otras como la del mítico Steven Gerrard, excapitán del Liverpool y de la selección inglesa, quien dijo en una entrevista: “Llega un punto en que la gente deja de sentirse bienvenida y empiezan a sentir que se les trata como sospechosos… Una Copa del Mundo debería unir al mundo, sin embargo, cada día llega una nueva historia que no tiene nada que ver con el futbol”. Gerrard tiene una esperanza, que es la de muchos, que “el futbol salve la competición porque la Copa del Mundo es más grande que cualquier país anfitrión”.
Las palabras y los gestos importan, más cuando las asumen y pronuncian atletas con alcance mundial como Gerrard, Williams o como Lamine Yamal, el adolescente español de origen marroquí que es estrella en la selección de su país y celebró el reciente campeonato de su club, el Barcelona, ondeando una bandera de Palestina a pesar de las advertencias que le hicieron los directivos azulgrana.
Todos, como Steven Gerrard, esperamos futbol ahora, pero algunos también queremos ver la dignidad que, está claro, no nos darán ni Infantino ni la FIFA ni Trump.
*Esta columna es parte de una serie que el periodista Héctor Silva Ávalos escribirá durante el Mundial México-Estados Unidos-Canadá. Va sobre futbol, estadios, anécdotas y periodismo.



