Por Dante Liano
-¿Ve usted ese barril?
El gobernador de Santa Ana observó el objeto que le indicaba don Benito. Había llegado a San Andrés esa mañana, para consultar, como siempre, algunas inquietudes. Unas eran de la administración de la ciudad, otras eran personales. El gobernador confiaba en el juicio de don Benito Xocop, que parecía anciano aunque no lo fuera. Parecía anciano por la sabiduría, por los juicios reposados, por la reflexión incesante. Hay gente así: a fuerza de meditar o de escuchar con atención a los otros, concentran en su espíritu las antiguas enseñanzas, o quizá saben leer en las almas de los demás. “El tiempo pasa en un segundo, a veces”, había dicho don Benito. “Y a veces se tarda siglos en pasar. Depende de lo que estamos esperando”. El gobernador había meneado la cabeza, negando. “El tiempo es siempre el mismo, don Benito”, aseveró. “Somos nosotros los que cambiamos”. Discutían sobre la cantidad de esperanza que se requiere para que cambien las cosas. Don Benito le dijo que mayor era la fe en el cambio, más rápido ocurría. El gobernador, curtido de derrotas, sostenía que ni ellos ni sus hijos iban a ver un mundo mejor. La ceremonia de agradecimiento que habían terminado, con las candelas y el incienso y el fuego, que se avivaba o disminuía, según la intensidad de la predicción, había creado calor en la habitación, cuyas paredes estaban negras por el humo. “Tengo calor”, dijo el gobernador, con el rostro encendido por el fuego. Fue entonces que don Benito le indicó el barril.
— ¿Ve usted ese barril?- le preguntó.
El gobernador, como si obedeciera a una orden, se acercó.
— No lave solo la cara. Meta la cabeza dentro -le ordenó don Benito.
El gobernador obedeció. Tuvo la cabeza en el agua hasta que se sintió refrescar.
Era hora de regresar.
Saludó a don Benito, salió a la calle y se montó en el automóvil con el que había llegado. Enfiló el vehículo hacia la salida de San Andrés y notó lo poco que había cambiado el pueblo desde que había llegado la primera vez. Bueno, un cambio apreciable era que el camino hacia Santa Ana ya no era de tierra, sino de asfalto. A los lados, tupidos maizales adornaban la carretera, que se explayaba en el altiplano, para luego bajar, en un par de curvas, hasta el célebre balneario del lugar. De allí, se subía arduamente hasta el entronque para Santa Ana. Iba, pues, por esas primeras rectas cuando observó a un hombre a la orilla. Hacía señas de auxilio. El gobernador paró el vehículo.
-¿Qué le pasa, hombre? – dijo al agitado campesino.
– Señor, ayúdeme -suplicó-. Mis marranitos se han hundido en el pantano.
Casi lo arrastró hasta un claro entre los maizales, donde había un lodazal impresionante. Del lodazal emergían una sospechosa serie de colas de cerdo. Parecían, en efecto, animales sumergidos en el fango. El gobernador se asustó. Al lado del dueño de los marranos, estaba un ayudante, con aspecto de pordiosero. El gobernador observó el pantano, observó las colas de cerdo, observó al ayudante y preguntó: “¿Usted es Pedro Urdemales, verdad?”. El ayudante asintió. “Entonces, debajo de las colas no hay cerdos”. Y, dirigiéndose al dueño: “Pedro le ha robado los marranos, señor. Les cortó las colas y las sembró en el lodo”. Para comprobarlo, sacó una cola del fango. Pedro Urdemales salió corriendo y detrás el hombre, que le gritaba improperios. El gobernador regresó a su vehículo con la extraña impresión de estar dentro de una fábula popular. “No puede ser”, pensó. “Estoy viviendo lo que me contaba mi abuela, cuando niño”.
Siguió su camino por las rectas, hasta que una curva le anunció que estaba llegando al balneario. Estacionó el automóvil delante de una galera en donde se celebraba una fiesta. El gobernador entró y, por su cargo, sintió que, de cajón, estaba invitado. Había mesas con comidas típicas pero la mayor parte de la gente bailaba en el centro del salón. Una marimba se esforzaba por tocar piezas alegres, aunque la melancolía de las teclas de madera era invencible. Los invitados bailaban con poca convicción. Un mesero se le acercó. “¿Qué le puedo ofrecer, señor?”, le preguntó. “¿No me reconoce?” El mesero alzó una ceja. “No, señor. No nos conocemos”. “Soy el gobernador de Santa Ana”, se identificó. El mesero se rio, divertido. “Que señor tan chistoso”, comentó. Le ofreció una copa de champagne. El gobernador, apenas probó el licor, lo rechazó. “¡Es vino dulce!”, protestó. “Venga, señor, venga”, lo tomó de la mano una niña gorda, morena y de pelo rizado. Lo llevó a una mesa que resultó ser la principal de la fiesta. La niña llevaba un vestido blanco, como si se fuera a casar, una cufia vaporosa y un ramito de flores de plástico en la mano. “¿Es tu primera comunión?”, preguntó. La niña anunció: “¡Aquí les traigo a un nuevo invitado!”. Los familiares le hicieron espacio y el gobernador se sentó al lado de una hermosa muchacha.
La muchacha se llamaba Lucía, era hija del más rico comerciante de la comarca y a los tres meses ella y el gobernador se habían hecho novios. Un año después del baile en el balneario, el gobernador se casaba con Lucía y su suegro le daba el control de todos sus negocios. De la administración de Santa Ana a la administración de grandes empresas no había mucha diferencia. Tanto, que todo el mundo lo siguió llamando “el gobernador”. ¿Puede un hombre ser feliz sobre la Tierra? Tal vez sí. Tal vez, lo que sintió el gobernador en los años sucesivos se parecía mucho a la felicidad. Amaba a su mujer, se llevaba muy bien con su familia, y los negocios prosperaban. A lo largo de los años, tuvieron ocho hijos, que para la época y para la comarca, no parecían demasiados.
Un día de primavera, cuando el cielo estaba perfecto, el sol calentaba las paredes blancas de las casas, y las flores crecían espontáneas en los jardines, unos toquidos imponentes sonaron en el portón de la casa del gobernador. Era la policía. Se lo llevaron sin tantos miramientos, con un poco de brusquedad y algo de violencia. En el comisariato le leyeron un largo pergamino, en donde se le acusaba de haber cometido desfalco mientras ejercía su cargo de gobernador. Es más: se atribuía su fortuna de ahora al peculado de entonces. El gobernador pensó que es muy difícil ser decente; pensó también que es más difícil demostrarlo. Cinco años pasó en la cárcel, entre los delincuentes de la peor especie. En ese tiempo, su esposa pidió el divorcio y sus cuñados lo exoneraron del negocio. Cuando salió, no tenía ni petate donde caerse muerto. Fue entonces que sacó la cabeza del barril de agua.
Sacó la cabeza del barril de agua y se encontró, de nuevo, en la habitación en donde había hecho la ceremonia con don Benito Xocop. Había vuelto a ser el gobernador de Santa Ana, el amigo de don Benito Xocop y el hombre joven de antes. Don Benito lo observaba, con una expresión compasiva y amable. “Don Benito”, preguntó, alarmado: “¿Cuánto tiempo estuve con la cabeza en el agua?” “Cinco o diez segundos, nomás”, le respondió el sabio. “El tiempo de meter la cabeza, sentir el fresco y sacarla”. El gobernador se secó con una toalla, que olía a trapo de cocina, a humo, a recuerdos. No dijo nada. Terminó de secarse y fue a abrazar a su amigo. “Don Benito”, le dijo. “He comprendido”. Don Benito lo vio a los ojos: “Por la noche”, le dijo, “salgo a conversar con las estrellas. Ellas tienen formas y figuras y me confían secretos que no puedo decir. Veo los dibujos de flores, y de rostros, y de caballos, y de oscuros agujeros insondables. En ese misterio veo que el presente se deslíe en pasado y que ambos crean un futuro. Yo no creo en el tiempo: creo en el tranquilo resplandor de la serenidad, que ignora profecías y recuerdos y añoranzas. Como las aguas de los ríos o el viento entre las ramas, todo pasa y todo permanece. La palabra de las abuelas y los abuelos flota en el aire”. El gobernador no respondió. Se puso la chaqueta ligera con que había llegado y salió a la intemperie, a esa realidad que acababa de soñar y de la cual no se confiaba.



