Versiones de Buda

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

El vasto y profundo territorio de la India ha producido una doctrina también vasta y profunda: el budismo. En una época remota, Siddharta Gotama nació en el ambiente de una familia acomodada, si no aristocrática. Comienza, con este dato, una serie de ambigüedades o de incertezas que enriquecen el misterio y el atractivo del Buda. Se podría iniciar con la fecha de nacimiento. Para algunos, vivió del 566 a.C. hasta el 485 a.C. Este sencillo dato es puesto en discusión por otros historiadores, que sugieren el nacimiento en el 563 y la muerte en el 483, siempre antes de la era cristiana. Otros, más imprecisos pero, paradójicamente, más exactos, optan por una vaga fecha a lo largo de la centuria del 400 a.C. más los años de su vida, para dejar, en la vaguedad sugerente de la historia, la fecha de la muerte. Igual cosa sucede con los nombres del Buda, que no es nombre, sino apodo. Para algunos, el verdadero nombre era Siddharta Gotama o Gautama, mientras que otros lo llaman simplemente Shakyamuni o Sakyamuni. “Buda” significa “el Iluminado”, sobrenombre que concentra toda la historia del personaje, pues su camino se orientó hacia la iluminación. Al azar, otros nombres: “El que nunca retornará a las impurezas”; “El maestro de humanos y sacerdotes”; “El que está lleno de gracia”; “El que es sabio y prudente”. Sobre su familia, parece dato cierto que su padre se llamó Shuddohana, y también el nombre de la madre: Mayadevi. Lo demás pertenece al reino del mito. Se dice que fue concebido de modo milagroso. Su madre soñó que un elefante blanco de seis colmillos entraba por su costado, y quedó preñada. En otra versión, el costado de la madre es el admirable lugar de donde nace el Iluminado. Mayor maravilla en los momentos sucesivos al nacimiento. El recién nacido dio siete pasos y dijo: “He llegado”.

La gestación asombrosa y el parto extraordinario poco se concilian con los primeros años de Buda. Como se ha dicho, nació en el seno de una familia pudiente, aunque otras versiones lo quieren príncipe de una realeza situada en la ciudad de Lumbini, en la frontera entre India y Nepal. Allí habitaba la etnia Sakia (de donde: “Shakiamuni: el sabio de los sakias) un grupo extraño a los hindúes, que dominaban el continente. En efecto, los sakias son caracterizados, por los otros, como bárbaros, en el sentido griego de “extranjero”, el que habla de modo grosero; también se les achaca orígenes poco nobles; por último, se les señala como fuera del mundo de las jerarquías tradicionales de la India. Fundamentalmente, no arios. Hay que decir que las primeras biografías del Buda se escribieron tres siglos después de su muerte, al recoger antiguas tradiciones orales. Pasados esos años, los hechos se recogieron en las colecciones llamadas Tres Canastas y es lo que ahora conocemos. Sea como fuere, de origen real o simplemente acaudalado, Siddharta Gautama se crio y creció en una familia rica y transcurrió su infancia y juventud entre plumas y almohadones, en la plena satisfacción de cualquier deseo y capricho. Como casi todos, a su edad, se casó con una mujer de nombre Yashodara y tuvieron un hijo al que llamaron Rahul. Poco tiempo después, a los veintinueve años, edad canónica de la crisis y el despertar, Siddharta, que había vivido dentro de las cuatro paredes del calor de la familia, se halló con la vida, con los demás, con el mundo. Quiere la leyenda que su guía, en esta salida, fuese el cochero del palacio. Sea como fuere, Siddharta se encontró, por primera vez, con un anciano. Asombrado de las injurias del tiempo, el príncipe preguntó si también a él le tocaría enfrentar los estragos de la edad. “A todos les toca”, le respondió el cochero, “porque el tiempo es, a la vez, misericordioso e implacable”. Poco después, se halló a un hombre enfermo. “¿Es mucho tu sufrimiento?”, preguntó. Era la primera vez que conocía la enfermedad. “Sí”, le respondió el hombre. “También tú enfermarás un día”. Más adelante, hallaron un cadáver. Siddharta desconocía el misterio de la muerte. “¿Moriremos todos?”, preguntó. El cochero asintió: “La muerte es el destino de todos los seres humanos”, confirmó. Desconcertado, el futuro Buda se halló, por último, con un monje que practicaba el ascetismo: “¿Por qué has renunciado a los placeres del mundo?”. “Porque es la única vía para vencer a la vejez, a la enfermedad y a la muerte”. Había encontrado el camino hacia la iluminación.

Profundamente impresionado por la experiencia de los cuatro encuentros, Siddharta decidió abandonar la vida que llevaba hasta entonces. Dejó su palacio, dejó a su mujer, dejó a su hija y se lanzó a la búsqueda de la perfección espiritual. Como todo camino místico, el del Buda también tiene varias etapas. Herman Hesse, en una bella novela, cuyo título es el nombre del Iluminado, da una versión ligeramente diferente a la tradicional. En dicho relato, Siddharta se acompaña de su fiel amigo Govinda y ambos parten a la búsqueda de la verdad. Primero se encuentran con el Buda, cuyas enseñanzas son admirables, pero se dan cuenta de que la doctrina no sustituye a la experiencia. Entonces, se dedican a los placeres de la vida. Siddharta se convierte en un próspero comerciante y se llena de riquezas. Un día, se da cuenta que, teniéndolo todo, su alma está vacía. Huye apresuradamente de esa vida. Lo alcanza su hijo y la infausta relación le provoca un gran dolor. Solo entonces se da cuenta de que el tiempo es circular, de que el dolor existe y de que el secreto de la serenidad es la búsqueda la unidad. 

La tradición, en cambio, dice que Siddharta estudió con dos maestros. Ellos le enseñaron el secreto de la meditación, de la concentración, de las profundas inspiraciones que distendían el cuerpo. Sin embargo, tales prácticas no le fueron suficientes: los sufrimientos seguían allí, presentes como las pesadillas que se anidan en la memoria después del sueño. Fue más lejos. Se unió a un grupo de ascetas y castigó su cuerpo al extremo, privándose de cualquier satisfacción corporal. Después de seis año de ayuno, una doncella le ofreció, a orillas del río Nairanjana, una escudilla con leche y arroz. Bebió de esa escudilla y se retiró a la jungla. Luego de intensa meditación, Siddharta logró la completa iluminación cuando alcanzó tres conocimientos: el de sus vidas pasadas, el del karma y las cuatro nobles verdades. Dejó de ser Siddharta, el príncipe rico, para convertirse en Buda, el iluminado.

De la doctrina del Buda, interesa la afirmación de donde nace el resto: la vida es dolor, es sufrimiento, es lucha. Mejor aún: todo está sujeto a la ley del dakkha, esto es, todo es pasajero. La juventud es pasajera, la salud es pasajera, el placer es pasajero. Como dice el poeta: “solo lo fugitivo permanece y dura”. Debo una síntesis de esa doctrina al libro Las magníficas vidas precedentes de Buda, de Genevienne y Tea Pecunia (Le magnifiche vite precedenti del Buddha. I jatakaMilano, BUR, 2025): lo dicho antes abre el camino a las Cuatro Nobles Verdades. La primera es lo afirmado: la vida es dolor, es sufrimiento. La segunda estriba en que el origen del sufrimiento está en el deseo, no solo de bienes materiales, sino también de aspiraciones intelectuales. La tercera abre una rendija hacia la posibilidad de calmar el dolor y el sufrimiento: es la extinción del deseo, esto es, alcanzar el Nirvana. Es la célebre síntesis de la doctrina budista, que, de alguna manera, recoge Schopenhauer: para no sufrir, basta no desear. Para terminar, la cuarta Noble Verdad, encaminarse por el Noble Sendero de los Ocho Caminos. La palabra recta, las acciones rectas, el trabajo recto son los tres pilares que fundan ese laberinto. La recta visión implica comprender las Cuatro Verdades, mientras la recta intención se refiere a la renuncia de los bienes materiales. Por último, el recto esfuerzo consiste en vivir una vida saludable; la recta conciencia es buscar el conocimiento de sí mismos; la recta concentración es la búsqueda del Nirvana.  Tales y tan grandes virtudes, aun sin convertirse en religión, delinean el panorama de una vida serena y contemplativa, lejos de los afanes y las angustias del trajín cotidiano.

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