Por Dante Liano
En la vida de cada persona existe aquella fortunosa ocasión en que, por el bondadoso azar o por la generosidad de los demás, se recibe un sorprendente elogio, un inédito premio o una inesperada promoción. Es posible que se haya luchado siempre por obtenerlo, pero casi siempre se tiene la umbrosa intuición de que hay una parte de fatalidad, de albur, de casualidad o destino. Así le pasó a Sancho Panza cuando unos duques le concedieron la ínsula Barataria. Estamos en la segunda parte de la obra, aquella escrita por Cervantes con la furia de haber descubierto que Alonso Fernández de Avellaneda había publicado una continuación apócrifa de su novela. Cervantes, aquí, hace un vertiginoso juego de espejos. Su protagonista descubre que sus aventuras han sido publicadas y que existe un libro que las relata. Es decir, introduce dentro de la ficción (esta historia que está contando ahora sobre Don Quijote) elementos de la realidad (la publicación de la primera parte del Quijote). Nos encontramos con personajes fantásticos, los duques, que han leído un libro real. El mismo Don Quijote se halla delante de un desdoblamiento: es él mismo y es el protagonista de un libro famoso. En ese juego en donde ya no se distingue qué es imaginación y qué es realidad, no resulta extraño que los Duques reciban a don Quijote como un verdadero caballero andante e inventen juegos que son episodios de una nueva novela, la que estamos leyendo. Todo lo que hemos comenzado a leer es ficción. Cuando los Duques crean, para Don Quijote, un mundo de fantasía, la ficción se eleva al cuadrado. Dentro de esa irrealidad potenciada, los Duques se inventan una ínsula, a la que llaman Barataria, y nombran a Sancho gobernador de ella. Cervantes introduce, aquí, un elemento con el que ha jugado en toda la novela: el tema del “loco sabio”. En efecto, Don Quijote, al que todos toman por demente, demuestra una sabiduría madura, como la que exhibió en su discurso sobre las armas y las letras, o aquel otro sobre la Edad de Oro. Sus palabras a Sancho son las de un hombre que ha vivido mucho, ha sufrido mucho y ha reflexionado mucho.
La primera consideración de Don Quijote, ante el honor que significa el nombramiento de Sancho como gobernador, tiene que ver con la volubilidad de la experiencia. Dice a Sancho: para obtener un cargo como ese, otros gastan esfuerzos, intrigas, tesón y astucias. Tú no has hecho nada para merecerlo, le señala, y lo remata: y te ha caído del cielo. Advierte a Sancho de un movimiento extremadamente humano: creer que uno merece lo que tiene. Como todos los potentes y adinerados, repetidores de un lugar común según el cual menudo trabajo les ha costado el poder y la riqueza. No es así: las coincidencias, que algunos llaman providencia, nos sitúan en el lugar justo y en el momento justo para recibir dinero y honores. Un parpadeo, un leve movimiento de la hoja del árbol del tiempo, la vibración de las alas de un insecto y nada tendríamos, a pesar del denuedo y el arrojo. “Da gracias al cielo, que dispone suavemente las cosas”, dice, suavemente, Don Quijote. Comienzan, aquí, una serie de consejos que, si bien hijos del tiempo, en su mayor parte siguen siendo válidos para aquellos que han sido designados para gobernar (un país, un reino, un equipo de trabajo, una modesta oficina).
El primer consejo tiene mucho que ver con el momento en el que se está escribiendo la novela. Cada época tiene sus recurrencias y sus obligaciones, sus obsesiones. Don Quijote aconseja a Sancho el temor de Dios, y no podría ser de otro modo, pues los ojos de la Inquisición estaban puestos sobre todo lo que se publicaba. La invocación divina era de cajón, aunque no debe excluirse una sincera fe católica en Cervantes, que la había defendido en Lepanto y por la que había perdido el uso de la mano izquierda. Nuestro tiempo tiene exigencias diferentes. Ahora estamos obligados a declarar la total creencia en la infalibilidad de la ciencia, en las bondades del Occidente y del capitalismo, mejor si extremado. Cervantes tenía un Dios; nosotros, variadas representaciones de lo divino. El segundo consejo lanza una bomba de profundidad: es menester conocerse a sí mismo, cosa difícil cuanto indispensable, no vaya a ser que el cargo recibido distorsione la percepción de quién soy. Ello se completa con otro consejo: no olvidar de dónde se viene. En el caso de Sancho, no olvidar que fue cuidador de cerdos, sin avergonzarse de los orígenes humildes. Entra aquí una consideración que, para el momento en que es expresada, requiere mucha valentía. Dice Cervantes: no son los orígenes nobles los que hacen al buen gobernante, sino la conducta virtuosa. “Porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale”. En una sociedad dominada por la “pureza de sangre” y la exasperada búsqueda de títulos de nobleza, el concepto es de una modernidad extraordinaria. Ahora, ya instalados en la postmodernidad, esta idea de Cervantes puede parecer resabida; en su tiempo dominaba, en cambio, el concepto de que eran el linaje y el abolengo, esos frutos podridos del árbol genealógico, los que otorgaban un lugar social. De esta consideración se deriva otra: si llegaran a visitarlo sus parientes, no debe maltratarlos. Al contrario, los debe recibir con fiesta, sin abochornarse de ellos, por humildes. Y para terminar con el tema de la familia: si el gobernador se hace acompañar de su mujer (cosa recomendada, pues no está bien que esté solo), esta deberá ser sutil y refinada, y, si no lo fuere, deberá desbastarse y afinarse, porque lo bueno logrado puede arruinarse con las acciones de una compañera impositiva, rústica y poco aguda. También deberá evitar que la esposa reciba regalos, pues serán atribuidos a él y pondrán en riesgo su fama de honestidad.
En el tiempo en el que Don Quijote aconseja a su escudero, los gobernadores se encargaban, también, de la administración de la justicia. Y a Sancho le tocará hacerlo, sea por gobernador, sea porque la tradición narrativa nos presenta, con frecuencia, casos en los que un rey, un juez o un sultán resuelven, con sagacidad, conflictos intrincados. La leyenda quiere que Salomón sea el mejor de todos. Ahora bien, cuando ocurre, emitir juicios se convierte en un trabajo de imaginación y sensibilidad. Porque la ley es la ley, y, sin embargo, a la hora de aplicarla, se descubre que todo depende de las circunstancias. Por ejemplo, un robo es siempre un robo, y el código penal establece el castigo. Pero no es lo mismo si un niño hambriento roba una manzana en el mercado que un asaltante armado se cargue con el botín en un banco. Una cosa es que el delincuente sea una mujer, un anciano, un banquero o un político y otra cosa es el objeto robado. No es lo mismo robarse una naranja de un árbol que sustraer un diamante de una joyería. Al conocido dicho Dura lex sed lex, habría que añadir, “depende”. Tal es el tema que Don Quijote aborda con Sancho. Delante del juzgador, el pobre tiende a ablandarlo con lágrimas, que otra cosa no tiene. El rico, en cambio, puede ofrecer dádivas, regalos, compensaciones. Ni lo uno ni lo otro: entre lágrimas y ofrecimientos materiales, hay que abrirse paso, como entre la maleza, y tratar de hallar la verdad de los hechos. Y una vez hallada la verdad, el buen juez aplica la misericordia, dice el caballero andante. Se ve que quien escribe ha trascurrido una vida llena de sinsabores y experiencias. El joven tiende a ser riguroso, porque su fresca edad conoce las reglas, no la vida; el hombre mayor sabe, como Cervantes, de amarguras y derrotas, de fracasos y dolores. Ejercita la virtud de la compasión, porque sabe que vale más la clemencia que la justicia. De allí que se desprenda otro consejo práctico: si vas a castigar a uno, no lo regañes ni importunes con palabras severas: le basta el castigo que le has dado. Dos consejos más cierran esta parte: si se ha de juzgar a una mujer hermosa, ciérrense los ojos a la belleza, las lágrimas y los conjuros, y se atenga el sabio a los hechos; y si se ha de juzgar a un enemigo, olvídese la pasión y el rencor, y concéntrese en “la verdad el caso”. En las páginas siguientes, como requiere la tradición literaria, Sancho seguirá los consejos de su patrón, y honrará, en los casos ficticios que debe resolver, la sapiencia de Cervantes que Don Quijote expresa con la severa suavidad de quien ha vivido y ha visto batallas, cautiverio, cárcel e injusticias.



