Por Juan José Hurtado Paz y Paz
El tema de la identidad ladina no es fácil pues la hemos reflexionado poco. Más aún existe la discusión si debiéramos hablar de identidad ladina o identidad mestiza.
Primero, es necesario decir que no existe una sola “identidad ladina”: hay múltiples identidades ladinas. Puede variar según nivel socioeconómico, región geográfica, historia familiar, autoidentificación, mezcla de orígenes, grado de urbanización, etc. No es lo mismo un ladino acomodado a un ladino pobre, un ladino de la zona urbana capitalina que un ladino rural de Oriente, ni uno formado plenamente en la tradición occidental que alguien que, consciente o inconscientemente, mantiene elementos culturales indígenas heredados.
Sobre el origen del término, hay dos interpretaciones: una que se refiere a persona que habla un idioma de origen latino y que, con la colonización, se utilizó para designar al indígena que abandonaba su idioma propio, adoptando el idioma “castellano” y formas de vida “españolas”, lo que luego se amplió para designar a los mestizos en general. Otra es el significado que le da la Real Academia de la Lengua Española que dice que es alguien “astuto, sagaz, taimado”, lo que se interpreta como una persona que disimula y obra con malicia, por lo tanto, alguien en que no se debe confiar.
El concepto “ladino” en la actualidad se utiliza para decir que no es indígena, es decir, se define por negación, por lo que no es y no por lo que es.
Personalmente, no me identifico con el término ladino pues, en ambos casos, su origen es peyorativo. En la escala social colonial española, servía para designar a las personas por debajo de los llamados “peninsulares” y “criollos”.
Yo prefiero hablar de mestizo pues pone de relieve que tiene raíces castellanas, pero también indígenas. (Sin embargo, hay que decir que eso es cuestionado en otros países donde se ha construido una identidad nacional mestiza diluyendo así la identidad indígena, como es el caso de México. Asimismo, mestizo no define exactamente qué es.
Es importante recordar que el mestizaje, en la mayoría de los casos, tuvo un origen violento, muchas veces por violación. Los soldados españoles tomaron a las mujeres como botín de guerra y era una forma también de anular la voluntad de lucha de los pueblos. Asimismo, hay que considerar que los primeros españoles en llegar a América fueron hombres quienes hicieron uso de las mujeres indígenas como objeto sexual.
Desde mi opinión, el desafío principal de la identidad ladina es reconocer sus raíces indígenas. No reconocer la herencia indígena no fue decisión personal de cada persona ladina; fue un proyecto político para estructurar un Estado racista y dividirnos. Durante siglos, se nos dijo que la cultura dominante era la “correcta”, la “civilizada”, y que lo indígena era inferior. Se nos enseñó, explícita o implícitamente, que identificarse con lo indígena era “atraso”, “vergüenza” o “pobreza”. Hemos sido educados para negar nuestras raíces indígenas, creando una barrera contra los pueblos originarios, al extremo que todavía hoy se escuchan frases como “soy pobre, pero no soy indio”.
Una identidad construida en contra de y sobre la negación (“no soy indígena”) y no a favor de algo propio, resulta débil. Si una identidad se define por negación, queda vacía. Por eso hoy, para muchas personas ladinas, la pregunta es: ¿qué somos, si no somos indígenas, pero tampoco somos europeos?
El reconocimiento del mestizaje no debiera ser vergüenza sino punto de partida. Pero ese reconocimiento solo es posible si hay honestidad histórica y respeto mutuo.
Entonces, la identidad ladina o mestiza enfrenta tres dificultades principales:
- Muchos ladinos se sienten ajenos tanto a lo indígena como a lo occidental. Son “de aquí”, pero sin raíz visible. Hay una crisis identitaria.
- No existe un relato propio positivo; el referente sigue siendo “lo europeo” y la negación de lo indígena, no una identidad mestiza propia construida con dignidad.
- Una minoría de la sociedad ladina es la que se beneficia del racismo estructural y del despojo. Esto se oficializó sobre todo con la Reforma Liberal de Justo Rufino Barrios. Reconocerlo es indispensable para construir justicia.
Sin embargo, a pesar de siglos de negación, muchas prácticas ladinas conservan elementos indígenas, como es en nuestra alimentación pues comemos tamales, frijoles y tortillas; en nuestra forma de ser y relacionarnos; en nuestro idioma que ha tomado palabras de los idiomas indígena y tantas cosas más. Los ladinos o mestizos vivimos lo indígena sin reconocerlo y, más bien, negándolo.
Entonces el desafío es pasar de la negación al reconocimiento. Una identidad mestiza madura no reniega de su origen indígena ni de las influencias castellanas, sino que elige conscientemente:
- Reconocer la matriz indígena como raíz cultural principal.
- Aceptar la herencia castellana sin pretender superioridad.
- Construir convivencia basada en respeto, no hegemonía.
- Rechazar el racismo como estructura, ideología y práctica cotidiana.
- Entender que dignidad e igualdad no son concesiones, sino derechos.
Ser mestizo no debería plantearse como ser socialmente superior a costa del rechazo de lo indígena. Lo contrario, una identidad mestiza constructiva debe aportar al diálogo y la igualdad entre pueblos.
Los mestizos deberíamos reconocer nuestra raíz indígena sin vergüenzas y, más bien, reivindicarla. Debemos conocer nuestros orígenes y nuestra historia para entendernos y aportar. Deberíamos denunciar el racismo estructural y cotidiano para dejar de favorecernos por nuestra identidad cultural. Debemos aprender de la cultura de los pueblos originarios, sin renunciar a la herencia y el aporte de otras culturas en aquello que resulte útil para la construcción de vida digna para todas y todos. Debemos contribuir a la construcción de un país plurinacional que nos una sin borrar diferencias. Debemos rechazar privilegios para pasar a un país en que todas y todos tengamos los mismos derechos y oportunidades.
Una identidad ladina consciente y digna no significa diluir lo indígena. Significa reconocerlo, honrarlo y convivir. El mestizaje —si se asume con honestidad histórica, respeto y justicia— puede ser un puente entre mundos.
Démosle un contenido positivo a nuestra identidad ladina o mestiza, con raíces y no “contra lo indígena”. Nuestra identidad puede evolucionar hacia una identidad consciente, madura y constructiva.
La identidad ladina tiene el desafío y la oportunidad de dejar de negar, para empezar a construir. Y esa construcción se hace reconociendo el pasado, buscando aportar en el presente, reconociendo responsabilidades y contribuyendo con sencillez a un futuro justo, plural y humano para todos los pueblos.



