El impostor desvelado

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Créditos: Prensa Comunitaria

Por Dante Liano

La iglesia de San Andrés, con su fachada blanca y las bandadas de palomas grises que se posaban en las monótonas estatuas y en los nichos destemplados, no era muy diferente de las demás iglesias del altiplano. La única novedad de la construcción era que, de los dos campanarios, uno era alto y el otro visiblemente enano, como si siempre estuviera con la ceja levantada o, de otro modo, como si siempre estuviera haciendo un guiño con el ojo. Esa falta de simetría no era casual, tenía su historia, como sucede con frecuencia a las edificaciones antiguas. Había sido construida en la época de la colonia por algún misionero que convenció u obligó a los habitantes del pueblo a edificar el templo. En otros lugares se habían esmerado al copiar las ilustraciones de los libros de arquitectura; en San Andrés, no. En otros lugares había volutas barrocas que parecían bigotes blancos o tildes inmaculadas; en San Andrés, no. En otros lugares los santos en los nichos parecían actores que declamaban enfáticos parlamentos; en San Andrés, no. Frente a la iglesia estaba el parque, que debería tener una grama espléndida, para jugar con el blanco de las paredes, y en cambio, el suelo era bastante pelón y polvoriento. Como compensación, altos cipreses se elevaban agujereando el cielo casi siempre azul. Del otro lado, se alzaba el palacio de la gobernación, que no era palacio sino una construcción de dos pisos con una lonja abajo, en donde se estacionaban vendedores callejeros y una variada vagancia humana. A su izquierda, otro edificio similar, con un corredor largo, en donde se hospedaban la municipalidad, el correo, la estación de policía y algunos inmuebles vacantes propiedad del gobierno. Cerraba el cuadrilátero el portal del comercio, con barbería, farmacia, tienda de chinos y una cafetería que vendía aguas, licores y chucherías. 

Cuando el comisario Paniagua pasó frente a la iglesia, los taxistas se entretenían jugando a la taba. Con una frase aprendida de su bisabuela, que tenía tienda, el comisario decía: “Ese juego es más viejo que la maña de pedir fiado”. Con propiedad añeja, en San Andrés no se decía “taxi”, sino “carro de alquiler”. Saludó a los choferes que apenas si le respondieron. “Gente sin educación”, pensó. Al llegar a su oficina, se sentó en su poltrona giratoria, y se disponía a leer el periódico del día anterior cuando el celular sonó. Paniagua le había puesto una música normal, de teléfono viejo, porque detestaba oír a la gente que le ponía la Tercera Sinfonía de Beethoven, música de salsa o alguna ranchera. “Paniagua”, contestó. “Comisario, lo llamo de la Muni”, reconoció la voz de su asistente. “Dígame, Secundino”. “¿Podría venir para acá? Tenemos un caso delicado”, dijo el muchacho. Al comisario le daba mucha pereza caminar los pocos metros que lo separaban de la alcaldía. Sobre todo, si ya estaba acomodado, listo para no hacer nada. “Bueno, allá voy”, dijo, y arrastró las palabras como si fueran los pies que le costaba mover. Se volvió a poner la chaqueta, verificó que la bragueta estuviera cerrada, metió la panza y se fue a la Alcaldía. Al llegar, notó a su asistente ligeramente nervioso (siempre estaba nervioso) junto con un empleado municipal. “¿Qué hay, Secundino?”, ignoró al burócrata. “Comisario, es que hoy se presentó aquí una señora bastante rara, y los señores”, indicó vagamente a los munícipes, “querrían que usted estuviera aquí mañana, para verificar su identidad”. “¿Y qué tiene de raro?”. El empleado lo miró desconcertado. “Pues nada, que es raro”, aclaró. “Vaya misterio”, comentó el comisario. “Voy a tener que verlo con mis ojos, porque con lo que ustedes me cuentan no se va a ninguna parte”. El empleado trató de aclarar: “Es que hay algo que no me cuadra. Por eso le dije que volviera mañana, así la miramos mejor”. En eso salió el alcalde quien, cuando vio a Paniagua casi gritó: “Comisario, ¡qué lo trae por aquí!”. Y sin dejar lugar a la respuesta, propuso ir a la cafetería para hablar de cosas importantes: el último partido de la selección nacional, las intrigas de la política de la capital y alguna que otra enfermedad, que a la edad de ambos, era tema obligado.

Al día siguiente, hacia las diez de la mañana, el comisario entraba a la Municipalidad. Lo esperaban su asistente Secundino y el empleado del día anterior. “Ya tendría que estar llegando”, dijo el muchacho. Se sentaron los tres delante de la ventanilla, algo apretujados, como los niños que se apiñan para ver una serie de televisión. Después de unos minutos entro una señora bastante madura, con un cuerpo robusto de matrona romana. Vestía un traje sastre de color marrón que a Paniagua le pareció digno de empresario de pompas fúnebres. Los zapatos eran amplios, de venas varicosas, esos zapatones de hombre que usan las señoras de tarda edad. El empleado le hizo señas de que se acercara y la señora se sentó delante de ellos. Olía a un fuerte perfume, denso y violáceo. Tenía la cara completamente maquillada, con una pasada de fondo tinta que parecía de plástico. Excesivos polvos blancos y color rojo en las mejillas completaban el atuendo de payaso que, como muchas ancianas del pueblo, se había echado encima para engañarse a sí misma, que no a los demás. “¿Nombre?”, inquirió el empleado. “Sebastiana Estupinián viuda de Porres”, respondió. Al comisario Paniagua le bastó un vistazo para darse cuenta de todo. Dijo algo al oído de Secundino, que se levantó rápido, giró alrededor del mostrador y se puso detrás de la mujer. “¿Qué la trae por aquí?”. “Ya se lo dije ayer, quiero renovar mi carnet de jubilada”. Tenía una voz ronca, como la de las personas que han fumado toda la vida. “¿Y por qué lo quiere renovar, señora?”. “Porque se venció y si no lo presento no cobro la pensión”. “Déjeme ver”. La señora presentó el documento. La foto, a bien ver, era la suya o así lo parecía. Paniagua intervino y, al mismo tiempo, hizo señas a Secundino para que estuviera listo. “¿Y dígame, seño, se rasuró bien hoy por la mañana?” La pregunta cogió por sorpresa a la dama. “Sí… digo, no, no, no, qué pregunta, cómo quiere”. “Es que si usted es mujer yo soy mi abuelita en calzoneta”, profirió Paniagua. “Quítese esa peluca, hombre”. Y enseguida ordenó: “Está usted detenido por falsificación de documentos y suplantación de persona. Secundino, póngale las esposas a este señor”. El hombre se levantó de golpe. Eso hizo que tropezara con Secundino, y que, en el forcejeo, perdiera la peluca. Quedó al descubierto una cabeza medio calva, sin duda masculina.

Resultó que doña Sebastiana era don Sebastián, el único hijo de la señora. ¿Por qué había querido suplantar a su mamá? El misterio se resolvió cuando Paniagua y Secundino lo llevaron a su casa. Sebastián se agitaba nervioso y decía frases incomprensibles. Cuando entraron, casi los hizo rebotar el espeso olor del encierro, esa niebla repugnante cargada de olvido, de aburrimiento y frustración. Tazas, tenedores, cuchillos y ollas se amontonaban en el lavaplatos grasiento, y el polvo acumulado sobre los muebles atestiguaba el descuido general. Pero lo que causó asombro a Paniagua y a su asistente no fueron las alfombras manchadas, las cortinas raídas y los muebles despatarrados. Lo que causó asombro, casi espanto, fue hallar a doña Sebastiana sentada frente al televisor. Tenía los ojos bien abiertos, como el que ve a un fantasma; los cabellos canosos despeinados como si fueran pelo de ángel; la piel amarilla y seca como si fuera de pergamino amarillo; la boca abierta y fruncida, que dejaba al descubierto los dientes, en una sonrisa permanente; las manos esqueletudas de pata de pollo. Doña Sebastiana era una momia. El hijo confesó, sin mucho insistir. La señora se había muerto de repente, y, en lugar de descomponerse, se había momificado. Sebastián no dijo nada, porque siguió cobrando la jugosa pensión de la señora. Hasta que se venció el documento. Entonces decidió disfrazarse y renovarlo. Paniagua, sin respeto, ordenó a Secundino: “Y añada a los cargos el de estafa al Estado”. 

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