Por María Luisa Cabrera Pérez Armiñan
Una dimensión del duelo es el desapego que te desprende de los lazos afectivos representados por los símbolos y los rituales, ya sea en forma de experiencias vivas compartidas, de memorias relatadas, de objetos significativos, de acontecimientos que dejan huellas.
La historia de una convivencia de pareja también está teñida de símbolos que sostienen los lazos, los recuerdos, los momentos. La despedida no es solo el duelo por la pérdida de los seres queridos, sino también el duelo por los arraigos abandonados. Dos tipos de duelos se me han entremezclado en los últimos años. La pérdida de mi compañero de vida en la vejez, y la despedida de mi anclaje a Guatemala, después de 38 años viviendo en el país. Así al duelo psicológico de la perdida, se suma el duelo cultural del retorno.
Retazos de muchas historias
Para mí fue un acto de amor muy serio compartir con los y las amigas más queridos los objetos de nuestra vida en común que representaban nuestro universo doméstico, lo que tenía pertenencia y sentido cargados de significados mutuos: las novelas más gozosas y comentadas, el poncho que nos traía recuerdos de los viajes con estancias memorables, los retratos de la alegría más tierna, las fotos de los momentos intensos de nuestros quereres, los tejidos cargados de historia, sus relatos minimalistas tantas veces leídos y comentados…y en ese baúl de los tesoros de humanidad escondida, los malos recuerdos se diluyen y se fugan de nuestra memoria. Lo que prevalece es que los objetos regalados a los amigos contienen un pedacito de nosotros, algo de nuestra historia común que se ha desprendido para que perviva en los amigos.
Por eso mi protesta frente a la benevolente intención de algunos amigos por ayudarme a vaciar la librera de nuestros libros preferidos…Mi primer ritual de desprendimiento repartido fueron los libros que más amamos, que tenían historia propia de cómo llegaron a nuestras manos y cuyos temas habían suscitado discusiones imborrables. Los libros daban sentido a nuestra vida en común, dado que ambos hemos sido lectores tenaces y críticos mutuos sin benevolencia. Escoger un libro significaba un ritual de desprendimiento doloroso, marcaba el inicio de muchos duelos, la resistencia triste de la partida, el desgarro de la perdida.
Celebro mucho la transformación de algunos de mis tejidos regalados más apreciados, representativos de la transición desde el diseño maya prehispánico tradicional al moderno, reutilizándolo como prenda de vestir novedosa y elegante, siempre cargada de historia. Tapetes de tejido clásico que hoy adornan mesas de comedor en países lejanos alimentando conversaciones políticas y culturales. También los cuadros de pintores no famosos pero tampoco desconocidos en las redes como Facebook, que forman parte de círculos pequeños de artistas guatemaltecos innovadores y que además de mostrar su propia evolución artística, contienen pedazos de historias compartidas entre amigos y amigas, que nacieron con el don del arte y lo multiplican sin la pretenciosidad de los maestros y maestras consagradas.
Fue un gozo inmenso transferir a manos de un artista uno de nuestros tesoros más sencillos, artesanales y representativos de una realidad en crisis, sobreponerse a la catástrofe, producto del trabajo que realizamos mi compañero y yo con Aso Seprodi en 2013. Era una arpillera colectiva sobre el deslave que enterró algunos caseríos del Municipio de Santa Catarina Ixtahuacán en el departamento de Sololá. El dolor de las pérdidas materiales fue reinterpretado con su toque de humor e hilaridad compartida por las mujeres que lo diseñaron y lo tejieron, poniendo a la vaca patas arriba junto a las casas y las siembras aplastadas. Con esta hermosura de trabajo colectivo, ellas desdramatizaban una tragedia anunciada por la vulnerabilidad territorial y agravada por la corrupción institucional que todo lo saquea. El despojo y la usurpación que ya es costumbre nacional en Guatemala, alimenta el humor irónico que ofrece un bálsamo de esperanza resiliente ante la tragedia.
Así, estos recuerdos entrañables cargados de sentido se prolongan en el tiempo, en este ritual de desprendimiento, repartiendo fragmentos diversos de nuestras vidas. Andrea y Eduardo podrán sentir ráfagas de calor humano y del humor burlesco y transformista de Carlos al sentarse sobre el poncho huehueteco que ayer cubría su cuerpo y hoy cubre su sofá. Otras personas podrán apreciar las huellas del tiempo en la pérdida del brillo de la sedalina del viejo tejido ceremonial ixil, que me vendió una tejedora anciana hace casi 40 años para poder alimentarse ella y su familia. Fue la primera vez que me confronté con la dura y triste realidad de tantas mujeres ancianas que tuvieron que vender su patrimonio cultural para poder sobrevivir. Años después, esto se convirtió en debate nacional en defensa de la cultura frente al despojo despiadado del mercado textil de lujo de los tejidos antiguos.
Un volver ajeno
Tenerme que marchar no fue una elección escogida ni tampoco forzada. Fue una decisión compleja “porque no había de otra”, ingrata por las circunstancias inevitables de la jubilación y la pérdida de mi compañero de vida, que agravó mi fragilidad y soledad sin saber aún que el retorno también comporta soledades profundas y amargas, aunque también encuentros esperanzadores con nuevas líneas de horizonte donde proseguir construyendo los sueños y los deseos.
Estos símbolos constituyen la mirada de un pasado en común intenso y afortunado, con sus malestares, como en toda relación vinculante y peleada por nuestras individualidades y egoísmos, los de las personalidades autónomas enfrentadas al micromachismo, bajo el cual crecimos y aprendimos a querernos.
Las historias de amor, a cualquier edad, tienen un principio y un final, en mi caso abrupto e inconcluso pues teníamos proyectos de futuro juntos que nos ilusionaban. Pero yo tenía una vida antes de… y tengo una vida ahora, después de… por eso la despedida que no fue posible quedó suspendida en un deseo abruptamente finalizado, que me desgarró por dentro y en solitario se mezcló con otro desgarro y ruptura simultánea muy significativa, que aún estoy procesando.
Irme de Guatemala después de 38 años de vida. He pasado más de la mitad de mi vida de emigrante en un país donde el entorno y su gente se vuelven tuyos de manera imperceptible, arraigada a sentimientos tan entrañables como indescriptibles. Sin decidirlo nunca con determinación, me fui quedando. Irme no ha sido mi opción sino mi necesidad, tal vez por eso la añoranza más saudade me persigue, sin querer desprenderme de ella. El afecto errante guarda la melancolía del náufrago que anda a la deriva.
El retorno del emigrante es atormentado e inquietantemente incierto, el desarraigo contiene algo de destierro y exilio hasta que encuentras de nuevo tu lugar en el mundo, como reflexionaba María Zambrano. Encontrar un lugar en un mundo extraño, luchando contra el despojo de la identidad asumida como migrante, sintiéndome más latina que española y desolada en mi propia tierra que ya no lo es. Lo difícil es volver a construir una nueva identidad donde el intercambio fluya sin temor, horizontalmente, como riqueza de la pluralidad humana en las sociedades multiculturales que nos acogen. Todos y todas nos sentimos un poco extraños en el desarraigo de las poblaciones que circulan imparablemente. Pero se necesita el arraigo porque implica lazos sociales que nos unen en proyectos compartidos.
Fui ingenua en mi convicción de que podía mantenerme atada en el tiempo y sus inevitables cambios a mis raíces y afectos, manteniendo las amistades. Lo cierto es que sufro la diferencia cultural y me siento naufragando en la desolación percibida como rechazo. ¿Demasiado egocentrismo en este mundo convulso y acelerado? ¿Sin tiempo para sentir y pensar? ¿Sin poder compartir?, ¿Sin sentirme entendida?
Durante mucho tiempo jugué con la idea de que ni soy de aquí ni soy de allá, tampoco fui acogida puesto que nunca fui expulsada. Elegí cambiar de vida porque pude hacerlo y ese fue mi privilegio. Por eso soy escrupulosa en usurpar la palabra migrante, porque he tenido la fortuna de no sufrir la violencia migratoria de tantas historias de vida que vamos conociendo. He compartido y lo sigo haciendo ese universo ideológico de las ideas que revolucionan la vida y transforman radicalmente a las sociedades para que no se pierdan los horizontes de humanidad, imprescindibles para una convivencia sana, justa y plural.
Me persigue con preocupación ética la consistencia entre el discurso y la práctica y agradezco a las personas que lo sostienen y lo hacen posible. Para mi sigue siendo un modelo de vida y de pensamiento.
Reciprocidad con dignidad
Quiero terminar sin que esta reflexión sea percibida triste y nostálgica, rindiendo un homenaje a Doña Tona. Primera mujer maya ixil anciana que tuvimos la fortuna de conocer y que hace poco reconstruimos trazos de su vida junto a mi amiga Maravillas Sánchez, pues ella también la conoció y entablaron amistad cuando vivió en Nebaj en el año 1989.
Doña Tona nos enseñó el valor de la ofrenda cuando nace del corazón dando todo lo que se tiene. Aun en medio de la pobreza más absoluta, con el temor de la guerra aun presente, la dignidad de su gesto espontaneo repetido en cada visita y la actitud de intercambio en un dar horizontalmente generoso, es una lección inolvidable. Ella venía a Antigua con la esperanza de vender a los pocos gringos que vivíamos allí algunos de los tejidos suyos o de sus vecinas, más queridos y antiguos para poder sobrevivir.
Entabló relación con nuestra casa en la que compartíamos convivencia un grupo de amigas y amigos españoles que llegamos a trabajar a Guatemala en los años ochenta. Venía una o dos veces por mes y nos pedía usar el baño que, por supuesto, le compartíamos. Cuando llamaba a la puerta, su sonrisa resplandecía su mirada y en sus manos ofrecía dos aguacates de su cosecha. Ni una sola vez, ya con mucha confianza ganada, llamó a la puerta sin traer entre sus manos algunas hierbas de su cosecha, algún fruto de su árbol, algún tamal cocinado por ella. Siempre traía algo para compartir, aunque ella no tuviera para comer.
Eran tiempos de conflicto armado interno a finales de los años ochenta y de especial ensañamiento contra la población maya ixil, que era vigilada y perseguida con rigor. Ya se conocía la existencia de las comunidades de población en resistencia en las montañas del territorio ixil. Don Tona era conocida porque su esposo había sido masacrado por el ejército y su hija guerrillera sobrevivió 13 horas con la cabeza y el cuerpo enterrado en las aguas gélidas de un rio caudaloso, mientras el ejército la buscaba en las orillas. No murió porque la resistencia heroica tiene más poder de vida que los milagros.
En el conjunto de la población ixil que sobrevivió a la guerra en medio de la miseria y del control militarizado de las poblaciones, hubo muchas mujeres sobrevivientes que tuvieron que buscarse la vida a como diera lugar. Y en ese contexto, conocimos los viajes de Doña Tona para vender sus pertenencias más queridas a los pocos turistas que había en Antigua.
Sirva este recuerdo como homenaje a la solidaridad más desprendida y genuina, a la generosidad aleccionadora de darlo todo a cambio de nada cuando no se tiene nada, pero siempre se encuentra algo que compartir. Y ese gesto de desprendimiento ofrecido desde la dignidad y el corazón, aun sufriendo hambre, está muy alejado del aprovechamiento que puede justificarse con la desigualdad o constituir el altruismo que da lo que le sobra. Y en la sociedad de la opulencia es mucho lo que sobra…
La conducta de doña Tona nos hace pensar en los oprobios de la opulencia ¿no podría ser ello un motivo de envidia poderosa, legitima y oculta para las migraciones que no cesan?
Dar y recibir es siempre un ritual de reciprocidad en las interacciones humanas, pero el sentido más profundo y diferenciador lo impregna el calor humano con el que damos recibiendo sin esperar nada a cambio. Una lección de vida difícil y desafiante.



