Los altos precios que asedian a campesinos, vendedores y consumidores en Chimaltenango 

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Créditos: Joel Solano

La escasez de lluvia y la pérdida de las siembras locales han disparado el precio de las verduras, el maíz y el frijol en los mercados de Chimaltenango, un escenario que obliga a las vendedoras a ajustar sus precios para tener una ganancia y a las familias del territorio a reducir las raciones de alimento en sus mesas para hacer rendir el dinero.

En el departamento no ha llovido al menos el último mes y medio y cuando cae la lluvia, solo son lloviznas. 

Por Joel Solano

Desde la madrugada, Lidia Tartón descarga bultos de cebolla y cajas de tomate en su puesto de la plaza, en San Juan Comalapa, Chimaltenango, calculando cuánto dinero debe recuperar antes del mediodía para volver a surtir su puesto. A pocos metros, Reina Simón y Leticia Cúmez acomodan manojos de hierbas y elotes pequeños en su puesto, un oficio que sostiene a sus familias en medio de campos golpeados por la escasez de agua en el departamento.

Las variaciones de precio en las plazas y mercados de Chimaltenango responden en gran medida a la crisis hídrica que afecta los cultivos de la región, donde el agua escasea cada vez más para mantener las cosechas todo el año. 

Tartón Chalí cuenta que la falta de lluvia seca los pozos comunitarios, lo que provoca que se pierdan las siembras y hace que el costo de producción suba considerablemente. Por el momento se mantiene el precio, varía un poco pero no se sabe qué va a pasar, enfatizó al señalar la incertidumbre climática y económica que rodea la disponibilidad de alimentos para las familias.

Aunque algunos esperan con ansias las primeras lluvias. Después de tanto tiempo, la sequía prolongada ya dejó estragos irreparables en las parcelas, donde cosechas tradicionales como el elote criollo o los güisquiles han desaparecido del entorno familiar. 

Chalí señala que el impacto del clima se sentirá directo en los bolsillos en las próximas semanas, pues la escasez de producción local impulsará un nuevo incremento de los precios en las plazas. 

Lidia Tartón Chalí, en el mercado de Comalapa. Foto Joel Solano

El fruto ya se echó a perder, lamenta la comerciante y agrega “solo Dios sabrá cómo va a estar, si va a seguir así o si va a bajar de precio o subir más”. 

La escasez de agua ha superado incluso la capacidad de los sistemas de riego en la región, dejando pérdidas significativas en cosechas de hortalizas y frutas que antes sostenían la economía local, como la cebolla o la fresa. 

Frente al desabastecimiento inevitable y el aumento en los precios de los alimentos, las familias en el pueblo enfrentan un panorama drástico en sus hogares: adaptarse a eso, ¿qué podemos hacer?, o minimizar un poco los tiempos de comida, concluye con resignación. 

Esta realidad no se limita a un solo punto del mapa, sino que golpea con distinta intensidad a cada municipio del departamento, una crisis generalizada por la falta de lluvias que afecta tanto a los valles agrícolas como a los poblados dependientes del abastecimiento externo. 

En cada plaza chimalteca, las comerciantes reportan cómo la sequía en las comunidades productoras encarece los fletes y reduce el volumen de carga que llega a los puestos, sumado a esto el alza al combustible, obliga a reajustar los costos a diario. 

En los mercados se evidencia la crisis con los altos precios de verduras y frutas. Foto Joel Solano

La variabilidad del clima ha generado un impacto destructivo: mientras en algunas localidades la falta de agua secó por completo las hortalizas, en otras la irregularidad de las precipitaciones arruinó la calidad de las cosechas, provocando un impacto en la cadena que afecta por igual a quienes cultivan y  a quienes comercian así como a las familias consumidoras de todo el territorio.

La tortilla y el maíz: el impacto en el grano vital

La marcada variación en el costo del maíz golpea con fuerza a los municipios de Chimaltenango. En lugares como Comalapa el quintal del grano criollo alcanza los 390 y 400 quetzales, empujando a muchas familias a comprar el maíz de costa que tiene un precio cercano a los 250 o 260 quetzales, aunque reconozcan que no tiene la misma calidad.

Ante semejante alza las personas que venden comida han tenido que ajustar sus precios : los tayuyos (tortillas gruesas de maíz que llevan un relleno como frijol) subieron de un quetzal a 1.25 cada uno, mientras que en las tortillerías la ración pasó de tres a solo dos tortillas por un quetzal, achicando además el tamaño de las tortillas. 

Si va a seguir subiendo, mejor ya no vamos a vender tortillas, indicó una vendedora en su puesto del mercado. 

Entre los vecinos de Comalapa crece el malestar hacia quienes incrementan el precio del maíz de reserva, una práctica que muchos consideran deshonesta al tratarse de granos cosechados el año anterior. 

Miguel Simón, agricultor, quien ese día permanecía en el mercado, señala que es una injusticia lucrar de esa manera con las familias del pueblo y recuerda que, en la pandemia en el año 2020 muchos se aprovecharon de su propia gente al dar productos a alto precio. 

Esta desconfianza, sumada a la incertidumbre climática que amenaza las próximas milpas, ha llevado a que varias familias duden entre vender las reservas que tienen guardadas o mantenerlas protegidas por temor a que la sequía agrave más la escasez de alimentos en el territorio.

La mayoría de las familias carece de un plan para afrontar la prolongación de las sequías, la mayoría depende totalmente de las cosechas anuales para alimentarse. Cuando el agua falta y las cosechas se pierden, el precio de las verduras se dispara; aun así, la gente tiene que ver de dónde saca dinero para poner comida en la mesa, indicó don Miguel.

Productos en el mercado de San Juan Comalapa. Foto Joel Solano

Este problema se agrava al sumarle el alza a los combustibles, un factor que encarece el transporte del campo a la ciudad o a los departamentos y deja a la población en una situación cada vez más crítica.

Frente a este escenario, Miguel Simón enfatizó que la mayoría de la población exige al gobierno medidas concretas para apoyar a los agricultores, un sector que ha permanecido en el olvido durante años. 

Recordó que tiempo atrás, al menos se entregaban un par de quintales de abono para aliviar la producción, mientras que ahora la ayuda se distribuye de forma selectiva: quien logra conseguir algo se beneficia, y quien no, queda a su suerte. Esta distribución desigual deja en evidencia el abandono institucional y la falta de garantías para quienes trabajan la tierra.

Costos al por mayor y el detalle en las ventas de verdura

Tartón por su parte habló sobre la inestabilidad que enfrentan a diario en el mercado, donde productos básicos como la cebolla oscilan entre los 7 y 8 quetzales, la papa se mantiene a 5 y las verduras de calidad varían según la plaza o mercado. 

No hay muchas frutas para que no se descomponga y muy carito de precio, explica al describir la cautela con la que deben surtirse para evitar pérdidas económicas. A esta escasez se suma el alza generalizada en los bultos y redes, pues mientras la docena y media de güicoy alcanza los 80 quetzales, la red de rábano de primera (de primera calidad) sube hasta los 100 quetzales, dejando las opciones más accesibles de menor calidad, a unos 75 quetzales.

Tartón detalla la cadena de costos de las verduras en la plaza, donde los precios por mayor se trasladan directo al bolsillo del consumidor: el bulto de cebolla blanca de 50 libras cuesta 300 quetzales y la morada mediana llega a 360 quetzales para dar la libra entre 5 y 6 quetzales; la caja de tomate oscila entre 200 y 225 quetzales para vender la libra a 5 o 6, mientras que la bolsa de pepino alcanza los 125 quetzales para dar la unidad a 3.50 o 4 quetzales. 

En el mercado, los precios se trasladan al consumidor. Foto Joel Solano

Reina Simón, otra de las comerciantes que sostiene el abastecimiento diario en el mercado de Comalapa, indicó que los costos por mayor determinan la venta al menudeo en su puesto, donde se limita a ofrecer hortalizas básicas como tomate, güisquil y elote. La comerciante señala que la caja de tomate la adquiere actualmente a 200 o 225 quetzales para despachar la libra a 5, mientras que por el güisquil invierte hasta 100 quetzales por costal. 

Las cebollas son unos de los productos que han aumentado de precio, hasta Q8. Foto Joel Solano

“Nosotros solo compramos por mano, nos cuesta a 15 la mano”, manifestó respecto a la distribución del güisquil para no recargar excesivamente el bolsillo de las familias, en un esfuerzo por mantener accesibles los productos indispensables para la alimentación a pesar del encarecimiento general.

La crisis de los granos básicos

El esfuerzo cotidiano de las comerciantes locales por amortiguar los constantes incrementos se enfrenta a la dura realidad del mercado, donde los costos del grano básico continúan en ascenso y limitan el margen de maniobra en las plazas de los municipios. 

En los puestos de abastecimiento, el quintal de frijol negro se cotiza a 600 quetzales, el blanco alcanza los 700 para despacharse entre 9 y 10 quetzales la libra, y el colorado asciende a 800 quetzales. La presión resulta aún mayor en el caso del frijol piloy, cuyo quintal se ubica entre los 800 y 900 quetzales, obligando a vender la libra a 10 o 11 quetzales, un escenario ante el cual las vendedoras absorben parte de los aumentos en las hortalizas para evitar que las familias del territorio dejen de llevar el alimento diario a sus mesas.

El quintal de frijol colorado se comercializa en Q800. Foto Joel Solano

El dilema de comerciar en tiempos de escasez

El temor a que la clientela piense que el aumento de precios es un abuso de los comerciantes marca la jornada diaria en el mercado, donde vender cuesta cada vez más trabajo. 

Nos da miedo porque uno se imagina la gente que compra, que piensa que solo uno sube, señala Lidia al explicar que la necesidad los obliga a comprar caro. 

Pese al riesgo constante de que las verduras se echen a perder y la inversión se pierda, los vendedores sostienen su abastecimiento en los puestos para que las familias no se queden desatendidas.

Para no perder por completo la inversión acumulada ante la poca venta, en los puestos prefieren rematar las verduras antes de que terminen de arruinarse. Cuando está muy caro y la gente no compra, para no perderle la inversión, le damos el mismo precio o a veces ni el precio, cuenta Lidia. 

La caja de tomate subió a Q300. Foto Joel Solano

Esta difícil situación demuestra cómo los pequeños comerciantes absorben el impacto financiero impulsado por los precios que fijan los abastecedores. 

Leticia Cúmez, comerciante, subraya que la disponibilidad de producto se sostiene gracias al esfuerzo campesino en otras regiones, pues en la zona la falta de riego impide la producción local. 

La comerciante detalla que la caja de tomate de primera subió a 300 quetzales para revenderse a 4 o 5 quetzales la libra, mientras que el quintal de cebolla alcanza costos de entre 640 y 650 quetzales para terminar despachándose a 7 quetzales la libra en el puesto. 

Señaló que muchos compradores desconocen la inversión y el trabajo que implica cultivar sin lluvia, un factor que se suma a la exportación de hortalizas hacia Estados Unidos lo cual eleva los precios en las plazas de la región.

Calidad reducida, regateo e incertidumbre sobre las cosechas

Cúmez indicó la difícil dinámica que enfrentan al abastecerse de elotes criollos por ciento, donde la calidad recibida determina directamente sus estrechos márgenes de ganancia en el mercado. La comerciante explicó que compran el ciento a 350 quetzales debido al reducido tamaño del producto, pues si estuviera bien desarrollado alcanzaría los 500 quetzales, una situación provocada por la falta de agua en las parcelas. 

Como no hay lluvia, por eso no crecieron los elotes, señala al comparar el panorama actual con el del año pasado, cuando el elote es de mejor calidad se vendió hasta a 8 quetzales la unidad. Ante esta escasez, sostiene que venden la unidad a 5 quetzales, pero que al buscar elotes de mejor tamaño deben pagar un precio más alto por ciento para despacharlos a 5.50 o 6 quetzales, pues sólo así gano, al tiempo que menciona que la libra de miltomate se mantiene entre los 6 y 7 quetzales.

Reina Simón indicó que al comprar por ciento deben aceptar el producto en las condiciones que venga, lo que desata reclamos directos en los puestos: la gente también escoge un poco, ya lo mira un poco mal, ya lo regatea, pero si no hay, ¿qué podemos hacer nosotras?, manifestó. 

Aunque las lluvias recientes han traído un alivio parcial en algunas parcelas del municipio, el panorama para las cosechas sigue envuelto en una profunda incertidumbre. Reina observa con cautela la situación en el campo, señalando que mientras algunos sembradíos lograron salvarse con las primeras precipitaciones, otros se secaron por completo. No se sabe porque allá cayó un poco de lluvia y hay unos sí se secaron y hay unos que no, indicó la comerciante quien agrega “sólo Dios sabe cómo va a estar”. 

A lo largo del año la inestabilidad en los costos ha marcado el ritmo del comercio comunitario, obligando a buscar un frágil equilibrio entre lo que cuesta abastecerse y lo que el bolsillo popular puede soportar. 

Los manojos de rábanos se comercializan entre Q2 a Q5. Foto Joel Solano

Lidia Tartón señala que la variación ha sido constante en la plaza, pero subraya el esfuerzo realizado desde las ventas locales: hemos tratado de ajustar un poco los precios para mantenerlos y que no nos afectemos todos, dice sobre la solidaridad entre vecinas ante la crisis colectiva. Sin embargo, mientras aguardan con incertidumbre la evolución del mercado en los próximos meses, la comerciante manifestó que la mayoría de compradores se abstiene de llevar verduras por cantidades o al por mayor, adaptándose a una realidad cotidiana donde el dinero simplemente ya no alcanza.

El alza constante amenaza con alejar a los compradores de los puestos, afectando de manera directa el ingreso diario de quienes sostienen el comercio en el territorio y a sus familias. Lidia advierte que la situación se complicará aún más si el clima empeora. 

Estos precios dependerán del tiempo, si se conservan cosechas o habrá más escasez, indicó. 

Al atardecer, Lidia, Reina y Leticia comienzan a recoger sus puestos, acomodando los canastos y las mantas para la jornada de mercados. En las milpas del municipio, los campesinos caminan entre los surcos medio secos esperando que las nubes se asienten antes del anochecer y traigan el agua que necesitan. Mientras tanto, en las cocinas del pueblo se ajustan los manojos de verdura para el almuerzo del día siguiente. 

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